

Nunca aprendí a jugar ajedrez. Me parecía un juego de adultos aburridos, con más reglas que risas, con piezas que no podían perder la compostura ni aunque les tumbaran una torre. Siempre rígidos, como aristócratas inmutables. Para mí, era un juego que no te invitaba a jugar, sino a observar en silencio, sin permiso para mostrar emociones… como en misa o en un funeral, donde solo cabía el silencio y la compostura, aunque te estuvieras muriendo por dentro.
Yo era más de UNO con mi familia. Ahí sí se podía gritar, dar golpes en la mesa, sobre todo cuando alguien pretendía cambiar las reglas. Las carcajadas se mezclaban con las mentadas de madre, y un inocente “¡UNO!” podía acabar en drama, con portazos y primos llorando. Ese sí era un juego de mesa como Dios manda.
Pero ya sabemos cómo es la vida —terca, caprichosa y muy sabia—, tanto, que me puso de pareja de vida a alguien que ama el ajedrez. Y poco a poco, casi sin querer, me enseñó que ese juego que yo miraba con desprecio guardaba más secretos y sabiduría de los que imaginaba. Y, sobre todo, que no era exclusivo de genios despeinados ni de cerebritos con calculadora mental. Era, más bien, un refugio para quienes saben observar, callar a tiempo, resistir.
Porque el ajedrez, aunque se juegue en blanco y negro, está lleno de grises.
No sé los nombres de los campeones de ajedrez y, para ser honesta, ni siquiera me sé bien el de todas las piezas. Pero a veces, en sobremesas, me gusta soltar un “jaque mate”. Lo hago más por drama que por certeza de lo que significa realmente.
Esta mañana, mientras le contaba a mi esposo que iba a escribir mi columna sobre ajedrez, él —con cara de niño al que le dieron permiso de hablar de su videojuego favorito— empezó a lanzarme datos que solo sabe alguien genuinamente enamorado del juego.

—¿Sabías que dicen que hay más combinaciones posibles en una partida de ajedrez que átomos en el universo? ¿O que “jaque mate” viene del persa shāh māt? Significa “el rey está atrapado”. No es un grito de victoria, es simplemente aceptar que ya no hay salida.
Quise decirle que no iba a hablar de historia ni tecnicismos, pero ya estaba encuerdado y no había poder humano que lo detuviera.
—En la Edad Media, la Iglesia prohibió el ajedrez. Decían que era peligroso para el alma, lo consideraban subversivo… solo por invitarte a pensar por ti mismo.
Lo escuché entre fascinada y divertida, y mientras lo hacía entendí por qué tanta gente se refugia en ese juego. Porque el ajedrez, como la vida, va de decidir, de intuir, de sacrificar cuando toca y de quedarse quieto cuando es mejor no mover. Dicen que, cuando estás realmente en una partida, sin distracciones, entras en un estado que los psicólogos llaman estado de flujo. Y eso, en estos tiempos de hipervelocidad mental y pantallas que nos bombardean con vidas perfectas, es como meterse en un spa para el cerebro.
El estado de flujo es ese momento raro y único donde el tiempo desaparece, donde nada duele, nada interrumpe, nadie grita tu nombre. Los más modernos lo llaman meditación activa. Yo lo llamo paz. Y no sé tú, pero yo ando urgida de eso.
Vivo entre listas de pendientes sin tachar, cafés recalentados, ropa que no se dobla sola y pensamientos que corren como si entrenaran para los 100 metros planos de una Olimpiada. A veces solo quiero cerrar los ojos como quien cierra mil pestañas en la computadora. Y desaparecer, aunque sea por cinco minutos.
Me acuerdo de Gambito de dama, esa serie donde la protagonista —una pistola jugando ajedrez— se quedaba viendo al techo, como poseída, visualizando jugadas flotando sobre su cabeza. Confieso que cuando vi eso, sentí una punzada de envidia. No por el talento ajedrecístico (que también), sino por esos momentos tan suyos, tan internos, donde parecía completamente conectada con algo más grande que ella.
Yo también he sentido eso escribiendo, restaurando muebles, o cortando flores para floreros. Instantes en los que mi mente, por fin, se calla.
Y creo que todos hemos tenido esos momentos. No necesitas jugar ajedrez para encontrar lo que el ajedrez da. Hay quienes lo descubren tocando el piano, bordando, cultivando tomates o armando rompecabezas. Lo importante no es el tablero, es que lo encuentres.
Porque además de paz, el ajedrez te enseña resiliencia. Puedes creer que vas ganando y —zas— te tumban a la reina. Como la vida, que te lanza una crisis un lunes a las ocho de la mañana, justo antes del primer sorbo de café, sin decir “agua va”, y sin hacer drama, te obliga a reajustar todo.
Eso, mi terapeuta lo llama regulación emocional… pero yo prefiero decirle “el bendito arte de no mandar todo a la chingada”, aunque traigas el corazón hecho polvo y el alma pidiendo esquina.
Porque el ajedrez —como la vida— no premia al que mueve más rápido, sino al que sabe esperar. Al que aprende en cada partida, al que respira hondo y vuelve a mover, incluso cuando todo se le está yendo al carajo.
La verdad es que, en la vida real, no siempre hay jaques mates gloriosos. Hay cenas quemadas, jefes que no te ven, amigos que traicionan, amores que se van, domingos que duelen sin razón. Y, aun así, sigues moviendo lo que queda, jugando con lo que tienes, sosteniéndote como puedes.
Para quienes estamos atravesando una etapa complicada —cuando la adultez te arrastra, cuando no ves la salida— tampoco hay jugadas maestras. No hay atajos.
Lo que hay es una coreografía silenciosa de pequeñas decisiones que nadie aplaude y que quizá nadie nota. Cosas que parecen mínimas, pero cuestan un mundo, como levantarte, aunque no quieras, dormir, aunque el insomnio se burle cada noche en tu cara, decir que no, aunque tiembles, llorar, aunque incomode, o luchar por ese sueño en el que nadie cree… excepto tú.
El truco, si existe, no está en tener respuestas, sino en buscar ese pedacito de mundo donde todo deja de joder y, por fin, te escuchas sin filtros. A eso yo le llamo encontrar tu ajedrez.
Y si un día te dan jaque mate, tampoco pasa nada. Cierras el tablero, te haces un café —o te tomas un tequila, eso va al gusto del consumidor— y al rato, vuelves a empezar.
Sin embargo, lo más mágico y brutalmente honesto del juego para mi es el peón.
Esa cosita mínima, frágil, sin corona ni armadura, que casi siempre “muere” en el intento. Pero que, si logra cruzar todo el tablero, puede convertirse en lo que quiera, en reina, en torre, en caballo… en lo que se le dé la regalada gana.
A veces siento que eso somos muchos de nosotros.
Los que empezamos desde abajo, sin padrinos, sin apellidos, sin herencias… o quizá volviendo a levantarnos después de un revés. Apostando por lo que nos mueve, aunque no sepamos exactamente cómo se gana.
Y cuando logras hacer las paces contigo, cuando dejas de pelearte con tu historia, trabajas duro y te atreves a ver tu grandeza, entonces estás del otro lado. Porque puedes convertirte en lo que tú quieras.
Y eso, créeme, es un verdadero jaque mate en la vida.

Imagen: Netflix

