

Mi familia emigró igual que millones lo hacen cada año, porque quedarse ya no se sentía como vivir. Se parecía más a jugar una partida de ruleta rusa en la que tú no decides cuándo se aprieta el gatillo. La violencia dejó de ser un rumor lejano y empezó a reconocer nuestras rutas, nuestras rutinas, nuestras sombras. Y cuando el miedo se te instala hasta en la cocina, no queda otra que agarrar lo que puedas y correr.
Salimos con maletas a medio llenar y con el corazón lleno de cosas que no sabíamos nombrar. Uno se dice que está dejando objetos, pero lo que en verdad abandona son versiones completas de sí mismo. Llegamos a un lugar donde todo funcionaba, aunque nada nos pertenecía. Al principio caminas con ojos de turista porque la novedad anestesia, pero cuando la magia se cae empiezas a sentir la grieta. Estás lejos, estás solo y no encajas en ningún lado.
El desarraigo casi siempre entra primero por el estómago. Un día descubres que en tu nueva ciudad no existe el taco al pastor, ni el pozole, ni la cecina de Yecapixtla. Y entiendes que extrañas la comida, sí, pero más extrañas a la persona que eras cuando podías comértela rodeado de los tuyos. Ahí empieza el hueco que nadie te explica cómo llenar.
En la escuela me pusieron en un salón especial para quienes hablaban de todo menos inglés. Era un mapa humano lleno de acentos y de historias que no cabían en un solo país. Había chicos de China, de Medio Oriente, de Argentina, Venezuela, Colombia, Guatemala, El Salvador y México. Nadie estaba ahí por gusto. Algunos venían de cruzar desiertos. Otros habían perdido compañeros en el camino. Otros habían dejado cuerpos atrás porque no había manera de cargarlos.
Mientras tanto, en mis otras clases, con los gringos, se hablaba de videojuegos, de vacaciones en el caribe, de tenis nuevos. Existían dos mundos bajo el mismo techo. Uno preguntaba cuál consola era mejor. El otro preguntaba quién logró sobrevivir. Esa fue mi primera lección sobre la migración. No es un solo fenómeno, cuando la vives, emigrar es la suma de muchas fracturas.
Con los años entendí que hay migraciones visibles, llenas de imágenes que se vuelven símbolo. Chalecos salvavidas, deportaciones, muros, desiertos interminables. Y luego están las migraciones discretas, esas que no salen en los periódicos porque no cargan drama visual. Migraciones con maletas de lujo, no con mochilas rotas, las que huelen a perfume caro, no a miedo. Pero las migraciones silenciosas que también hablan de un país roto.

Hoy México vive una de esas migraciones pudientes que nadie quiere nombrar. Es la de los ultrarricos que están huyendo a España. Y sí, digo huyendo, porque irse dejando atrás tu país siempre es un acto de huida, aunque lo hagas desde un avión privado y no desde la caja de un tráiler.
Los números no mienten. Este año más de veintiocho mil mexicanos obtuvieron residencia en España y nueve mil más lo hicieron en Portugal. Casi todos compraron propiedades de medio millón de dólares para conseguir la residencia. Y si eso ya parece inquietante, el informe de Knight Frank, una de las consultoras inmobiliarias y de riqueza más serias del mundo, termina de dibujar el panorama completo. Ese reporte muestra que cerca de cuatro de cada diez mexicanos con patrimonios superiores a treinta millones de dólares planean irse antes del dos mil treinta. Incluso superamos a Venezuela en esa tendencia. Esa cifra debería haber detenido el país entero, pero no pasó. México sigue diciendo que todo está bien, que exageramos, que somos unos “fifis” dramáticos. Tal vez sí. Pero la verdad es más simple. Se está yendo la gente que construye, invierte, financia y genera trabajo. No porque sueñen con vivir en Europa, sino porque México dejó de ser opción.
Para entender hacia dónde se van basta caminar por el barrio de Salamanca en Madrid. Un lugar limpio, ordenado, seguro, donde nada parece fuera de lugar y todo funciona. Los departamentos cuestan millones de euros y los áticos alcanzan cifras irrisorias. En esas calles empieza a escucharse un español distinto, un español con acento Whitexican, más Mexa, más nuestro.
Y México no es el único país viviendo una fuga así. Los ucranianos ultrarricos están refugiados en Mónaco mientras en su país los jóvenes mueren en trincheras. Los oligarcas venezolanos se instalaron en Miami hace años mientras Venezuela se quedó sin voces capaces de presionar por un cambio. Cuando quienes tienen poder real para influir en algo se van, lo que queda es silencio y tarde o temprano, el abandono.
México está entrando en esa misma zona gris. Y es aquí donde la marrana tuerce el rabo. No se trata de defender a los ricos ni de llorar por ellos. Se trata de entender el significado profundo de su salida. Los pobres migran por hambre o miedo. Los ricos migran por miedo también. Esa coincidencia debería ser suficiente para que México entero dejara de hacerse el ciego.
Un país que expulsa a los pobres está en crisis. Un país que expulsa a los ricos está en peligro. Un país que expulsa a ambos está entrando en colapso. Porque si la clase alta, que era la que financiaba, invertía, presionaba y exigía, decide irse, la pregunta es quién queda tomando decisiones. Y la respuesta es la que nadie quiere escuchar. Quedan los narcos, los corruptos. Quedan quienes solo saben gobernar desde la violencia.
México se parece hoy a una casa que se está incendiando sin que nadie quiera aceptarlo. Los de arriba ya saltaron por las ventanas. Los de abajo nos hemos escapado por el sótano, y la clase media sostiene las paredes como puede, e intenta apagar las llamas con cubetas llenas de agua. Y nadie quiere aceptar que necesitamos ayuda del exterior. Bomberos de verdad.
México puede seguir diciendo que todo está bajo control, que la violencia está disminuyendo, que el país está “cambiando”. Podemos seguir repitiendo mantras de optimismo barato mientras el incendio avanza.
Un país no colapsa de un día para otro. Se derrumba en silencio poco a poco. Primero se van los que pueden pagarse el boleto. Luego se van los que venden todo para comprarlo. Después se queda una mayoría atrapada bajo un sistema que ya no funciona. Y al final, cuando el país se vacía de futuro, lo ocupan quienes jamás han tenido interés en construir nada.
México está entrando a esa fase. La fuga de cerebros ya lleva años. La fuga de capital ya empezó. La fuga de esperanza se siente en cada familia, en cada conversación donde alguien dice que ya no sabe si quedarse o irse. Lo que viene después no es metáfora, es historia. Es Venezuela. Es Sudáfrica. Es Ucrania. Es cualquier país donde el crimen y el Estado son uno mismo.
Y aquí está la parte que más cuesta aceptar. México no puede salir solo de este hoyo. No es falta de orgullo ni de identidad. La violencia, la corrupción, el lavado de dinero y la captura del Estado han crecido más rápido que nuestra capacidad de enfrentarlos. Necesitamos apoyo externo. Necesitamos alianzas reales, intervención técnica, cooperación en inteligencia, presión internacional. Necesitamos que alguien más ponga un pie en la puerta antes de que los malos la terminen de cerrar desde adentro. No se trata de entregar la soberanía, se trata de admitir que solos no podemos.
Si algo no cambia pronto, el México que amamos va a seguir existiendo, pero solo en la memoria de quienes emigramos, de los que añoramos desde lejos. Será un México imaginado, un México fantasma, un México que fue. Un país convertido en recuerdo mientras los que queden tendrán que sobrevivir como se sobrevive en territorios sin libertad, con miedo y en silencio.

© AFP – Frederic J. Brown

