

“De qué noche despierto a esta desnuda
noche larga y cruel noche que ya no es noche
junto a tu cuerpo más muerto que muerto”
Xavier Villaurrutia
En los mercados y en los tianguis de este pluriétnico y multicultural Morelos hace días que el aroma a cempasúchil, calabaza, piloncillo, copal, mirra, incienso, barro y toda esa colección de efluvios de temporada acompaña las compras de marchantas y marchantes. Además de llevar todas las cosas del mandado, las familias compran los elementos y empiezan a preparar desde por lo menos una semana antes las ofrendas a sus difuntitos para reunirse con ellos en uno de los jolgorios más alegres de nuestro muy amplio calendario de fiestas; el Día de Muertos (que en realidad son seis jornadas -inician el 28 de octubre y concluyen el 2 de noviembre- dedicadas cada una a las formas y edades de los fallecidos).
“¡Ya huele a Muertos!”

La celebración de los difuntos empieza realmente desde la planeación y preparación de las ofrendas que se colocarán, para lo que uno tiene que ir a los mercados y algunas plazas (los más fresas a supermercados y plazas comerciales) para adquirir los diversos elementos que toda ofrenda que se respete debe incluir: velas y veladoras; flores de cempasúchil; papel picado (este se puede hacer en casa, pero los artesanos crean maravillas); bebidas tradicionales; sal; pan de muerto; calaveritas de azúcar (también hay de chocolate o deliciosas de dulce de amaranto); copal, incienso y otros perfumes; figuras y trastos de barro como ornato y para servir los alimentos; y las cosas de las que disfrutaban los muertitos a quienes se dedica la ofrenda.
Porque la ofrenda es la parte central del reencuentro que los mexicanos queremos, solemos y hasta debemos tener con nuestros difuntos porque en ello nos va, mucho más que una arraigada tradición, el alma; porque el espíritu de cada mexicano está armado en gran parte por sus ancestros lo que nos explica nuestra devoción por las catrinas, las calaveras, que se muestra desde la poesía hasta el dicho popular; desde el barrio a los residenciales; desde la época prehispánica hasta la actualidad digital en que las calaveritas son hasta gifs de WhatsApp.
Mucho cuidado debe tener el consumidor si quiere que su ofrenda sea realmente mexicana, la invasión de productos chinos ha llegado al mercado del Día de Muertos y casi la totalidad de lo que venden supermercados y plazas comerciales alusivo a nuestra fiesta de muertos es Made in China. Tampoco es que sea tan difícil diferenciarlas, las catrinas mexicanas suelen estar pintadas a mano y suelen crearse con barro, yeso o cartonería; mientras que las imitaciones chinas son todas idénticas y se adornan con horribles estampas.
El Día de Muertos no tiene raíces prehispánicas
Pero, apropiación cultural aparte, el Día de Muertos es más mexicano que hasta el nombre de la República.
Las culturas prehispánicas celebraban rituales dedicados a la muerte
y ya tenían la creencia de que los muertos regresaban a convivir con sus vivos por lo que colocaban altares con copal, agua, sal, cempasúchil, golletes (un pan en forma de rosca dura), petates y semillas.
Estos rituales no tienen relación con el Día de Muertos, según el arqueólogo Víctor Joel Santos Ramírez del Instituto Nacional de Antropología e Historia, quien advierte que: “en sentido estricto tampoco es producto de un sincretismo indígena y europeo. En efecto, las festividades de los días 1 y 2 de noviembre (no confundir con las prácticas y celebraciones funerarias ancestrales mesoamericanas cuyas características eran otras y se realizaban en fechas distintas), tuvieron su origen en la Europa medieval, fueron instituidos por la Iglesia católica — el día 1 de noviembre— para celebrar a ‘Todos los Santos’… para que ninguno se quedara sin fiesta y así reunidos en un solo día… Mientras que —el 2 de noviembre—, Día de los ‘Fieles Difuntos’, como su nombre lo indica, fue dedicado a quienes ‘reposan en Cristo’, pero no alcanzaron la vida beatífica (el cielo), debido a que fallecieron sin haber cumplido las penitencias que les fueron impuestas en vida o fueron insuficientemente cumplidas, así como a quienes mantuvieron apego a la vida material. Las almas de estos difuntos (de acuerdo con la escatología cristiana), se hallan en el Purgatorio, esta fecha fue concedida para que los vivos, a través de oraciones, súplicas y sufragios ayuden a estas almas a limpiar sus pecados y así logren su salvación”.
En su texto El Origen del Día de Muertos de Especiales INAH, explica que “las festividades del 1 y 2 de noviembre llegaron a México en el siglo XVI, de forma inmediata, poco tiempo después de la conquista española, fueron celebradas en las primeras iglesias fundadas por los franciscanos en Texcoco, Tlaxcala y en el convento grande de San Francisco en la ciudad de México. De acuerdo con Fray Toribio de Benavente “Motolinía”, entre los años de 1535 y 1540, ‘el día de los finados [Día de Muertos], casi por todos los pueblos de los indios dan muchas ofrendas por sus difuntos. Unos ofrecen maíz, otros mantas, otros comida, pan, gallinas, y en lugar de vino, dan cacao. Y su cera cada uno como puede y tiene, porque, aunque son pobres, liberalmente buscan de su pobreza y sacan para una candelilla’. La fiesta de los Fieles difuntos, al igual que otras ceremonias católicas, fueron impuestas en las comunidades indígenas por los religiosos cristianos, destacando en sus crónicas la respuesta inusitada de los indígenas”.
Pero la tradición de la ofrenda es antiquísima
Mientras los europeos en la edad media rendían culto a las reliquias de santos y beatos de quienes se paseaban pertenencias y piezas de esqueletos que eran recibidas con música y fiesta; en la América prehispánica se ofrendaba a los difuntos. Tradiciones paralelas que a través de muchas décadas evolucionaron en los rituales paganos del Día de Muertos y fueron modificando las ofrendas y las fiestas hasta volverlas la más colorida tradición mexicana, que se daba en los panteones igual que en las casas de la gente.
Si bien la creencia de que las almas regresan a la tierra a compartir los alimentos ha casi desparecido en España; en México es el centro de toda la celebración que, todavía en nuestro tiempo y con los componentes profundamente comerciales que impusieron el capitalismo y la globalización, sigue siendo la fiesta nacional de mayor tradición familiar.
Y si la ofrenda, con todo su simbolismo, es el elemento central de la celebración es importante saber cómo montarla. Si bien los difuntos no suelen ser muy exigentes y no parecen molestarse de que en las casas se coloquen solo veladoras, vasos con agua y algún elemento del gusto del fallecido; las ofrendas tradicionales se montan en niveles que representan el cielo, el purgatorio y la tierra.
Las ofrendas deben incluir velas para guiar a los espíritus (colocadas de forma que no representen riesgo de incendio con las telas y el papel picado que las rodean); también el delicioso pan de muerto como símbolo del ciclo de la vida y la muerte; calaveritas de azúcar con los nombres de los difuntitos; agua para purificar, sal para conservar los cuerpos, pulque, mezcal, tequila o la bebida de preferencia, a la tía Cuca le ponían una cerveza Superior: objetos personales y fotografías del difunto; copal o incienso para purificar el ambiente y llevar al cielo los rezos de los rosarios; cruces y rosarios para proteger la ofrenda, redimir el espíritu y no acaban invocando a quiensabequién, y muchas flores de cempasúchil que, dicen sus productores, atraen con su perfume a las almas; y lo más importante, la comida que se compartirá con el muertito y debe ser su favorita, al fin sólo viene una vez al año.
En algunos lugares de Morelos suelen añadirse arcos de flores y papel picado a la entrada del domicilio o alrededor de la ofrenda; animales de barro y juguetes para los niños difuntos; guayabas, tejocotes, calabaza y otras frutas de temporada.
En Morelos son días de fiesta y turismo

Ofrenda de Muertos en Coatetelco. Foto: Cortesía

La comida es fundamental en las ofrendas. Aquí una en el pueblo de Ocotepec en Cuernavaca, cuyas fiestas de Día de Muertos son consideradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad, por la Unesco. Foto: Cortesía

Catrinas y calaveritas artesanales en venta en un tianguis de Cuernavaca. Foto: DMC

Catrina con destapador Made in China. Foto: DMC

Calaveras de yeso pintadas a mano. Foto: DMC

Catrina de cartonería, detalle de una pieza de Flavio Gutiérrez Falfán. Foto: Cortesía

Calabazas y cempasúchiles para la ofrenda. Foto: DMC

