

Gonzalo Lira Galván
Rumbo a la temporada de premios 2026, ‘La Máquina’ -The Smashing Machine- irrumpió en el panorama cinematográfico como una sacudida. Dirigida por Benny Safdie, la cinta biográfica sobre Mark Kerr, uno de los primeros titanes del MMA, nos mostró a un Dwayne Johnson irreconocible. Pero más allá de la historia de un luchador —ese cuerpo forjado entre la gloria y el dolor—, la película se convierte en un acto de desnudamiento. En ‘La Máquina’, Dwayne no es La Roca, sino un actor que decide romper su propio mito.
Durante décadas, Johnson fue el rostro del cine de acción más reconocible del planeta. Su nombre, sinónimo de franquicias millonarias, músculos esculpidos y sonrisas a prueba de derrota ahora son la carcaza de un alma frágil y sorprendentemente vulnerable.
“Vi otro lado de Dwayne. Y descubrí que no estaba en contradicción con lo que ya conocíamos de él”, explica el director Benny Safdie. “Al igual que sucede con Mark, se trata de un tipo que es físicamente imponente pero que tiene una vida interior compleja. Es algo que yo quería explorar. Quería mostrar el lado profundo de Dwayne. Que él público conociera su espíritu reflexivo y emocional”, continúa el director.
Safdie, fiel a su estilo, filma la violencia como una especie de oración. La cámara no celebra los golpes; los sufre. Los planos sudan. Las escenas fuera del ring son más brutales que los combates: adicciones, heridas invisibles, relaciones que se desmoronan con la misma intensidad con la que antes se celebraban los triunfos. Kerr, el personaje, es una fuerza rota; y Johnson, el actor, parece entender que para interpretarlo no bastaba con esconderse detrás del maquillaje y las prótesis faciales. Había que arrancarse la piel de superhéroe y mostrar las vísceras del humano.
El proceso fue físico y espiritual. Johnson entrenó hasta el agotamiento para replicar el cuerpo de un luchador real, no el de una figura de acción. Pero lo más importante fue lo que no se ve: el trabajo interno. Él mismo lo dice: “Tuve que desaparecer”. Y en esa desaparición hay una revelación: la vulnerabilidad también es un músculo y se debe fortalecer.

“Le debo mucho al director. El primer día de filmación Benny se me acercó y me dijo que en esta película dejara de pensar que había más gente dependiendo de mí”, explica visiblemente emocionado Dwayne Johnson. “No sabes lo que eso significó para mí. Porque en mis otras películas, que me encanta hacer, pero todo el tiempo eres consciente de cuánto peso cargas encima y cuánta gente depende de que lo cargues responsablemente. Aquí simplemente me hicieron sentir que confiaban en mí. Y eso me liberó”, confiesa el actor.
No es casual que el propio Johnson dijera sentirse “encasillado”. Safdie le ofreció una salida —no una más luminosa, sino una más humana. ‘La Máquina’ lo muestra en carne viva, en un terreno que pocos actores de su talla se atreven a pisar: el de la imperfección.
“La imperfección y el fracaso lo son todo. No hay camino al éxito sin fracasar”, continúa Dwayne. “No es posible lograr el éxito sin antes haber perdido. Porque aunque el camino puede parecer rápido a ratos, con una gran aceleración, eventualmente habrá un tropiezo. Y hay que estar preparado para ello. A Mark Kerr le pasó. Él era el campeón invicto e indiscutido. No tenía ninguna relación con la pérdida o el fracaso. Y es la dificultad de reconciliarse con ello lo que acaba por derrotarlo”, concluye.
Resulta curioso escuchar a Dwayne hablar del fracaso cuando en en Estados Unidos la película no conquistó la taquilla como suelen hacerlo sus trabajos más populares y comerciales. Con apenas 5.9 millones de dólares en su primer fin de semana, fue el estreno doméstico más bajo en la carrera de Johnson. Pero quizá esa cifra, más que un fracaso, sea una purificación. En tiempos donde los números dictan el valor del arte, Johnson parece responder con algo más simple: “No controlo la taquilla, pero controlo mi entrega”. Y eso es lo que The Smashing Machine representa: un cambio de paradigma.
Un cine que no busca la euforia del público, sino el temblor del alma. Un retrato del cuerpo como cárcel y del éxito como peso. Una reflexión sobre lo que cuesta sostener la imagen de invencible cuando, por dentro, se tambalea todo. Al final, la película no trata solo de Mark Kerr. Trata de Dwayne Johnson, y de cualquiera que haya vivido atrapado en su propia leyenda. Porque hay algo profundamente humano en ver a un hombre tan grande quebrarse. Y quizá ahí, en esa grieta, esté la verdadera fuerza.

Foto: Gonzalo Lira

Foto: Gonzalo Lira


