Sopapos a la Francesa

Elsa Sanlara

¡Ay, qué bonito es el amor! Y si no me creen, pregúntenle a Emmanuel Macron, presidente de Francia, esposo de Brigitte y, desde hace unos días, protagonista del chisme político más inesperado del año.

Todo parecía una visita oficial más. El avión aterriza, las cámaras listas, las sonrisas en su lugar… hasta que se abre la puerta sin aviso, sin un “agua va”, y el protocolo se va al carajo. Lo que debió ser un acto protocolario terminó convertido en un capítulo no autorizado de La Rosa de Guadalupe, a la francesa.

Lo que vimos no fue una escena diplomática, fue a Brigitte Macron poniéndole las manos en la cara a su esposo y dándole un empujón con la puntería de quien, claramente, ya tiene práctica. “Lo empujó con firmeza”, dirían los más finolis. Pero no, lo que yo vi no fue firmeza… fue un sopapo violento.

Emmanuel no gritó, no se quejó, no respondió. Se recompuso en un nanosegundo, levantó la mano, saludó a las cámaras y sonrió con esa expresión que conocemos bien, la de un niño al que su mamá le acaba de soltar un “estate quieto” frente a todos y que, entre la dignidad y el ardor, finge que no le dolió.

La versión oficial fue que estaban jugando. Pero nadie contaba con que un experto en lectura de labios iba a regalarnos el chisme completo y lo que descifró no decepcionó.

Porque aquí hay tomate y mucha plancha.

Mientras Macron le ofrecía el brazo para bajar juntos las escaleras, Brigitte lo miró de reojo, lo esquivó y le soltó entre dientes:

“Dégage, espèce de loser.”, que traducido a la lengua de Cervantes es algo así como: “Quítate, pedazo de fracasado.”

Él intentó una última súplica: “Essayons, s’il te plaît.” (“Intentémoslo, por favor”)
Ella respondió con un “Non.”

Y él, resignado, murmuró: “Je vois.” (“Ya veo.”)

Y sí, Emmanuel… todos vimos.

Ahora, si ese empujón se lo hubiera dado él a ella, si fuera Macron quien hubiese puesto las manos en el rostro de su esposa en público, las portadas gritarían “violencia de género”, “abuso geriátrico”, “presidente agresor”. Las feministas —yo incluida— estaríamos exigiendo justicia y renuncia inmediata.

Pero como fue al revés, no pasa nada, muchos se rieron. Me incluyo.

Porque cuando algo nos da risa tan rápido, a veces es porque no queremos mirar de frente lo que realmente significa. Y quizá por eso vale la pena volver al principio.
No al principio del viaje, sino al verdadero inicio de esta historia, al año 1993. Ella, Brigitte, era profesora de teatro en una secundaria privada; tenía 39 años, estaba casada y era madre de tres hijos. Él, Emmanuel, tenía apenas 15, era su alumno, y para terminar de hacer la cosa más surrealista, era compañero de clase de la hija de Brigitte.

Ella lo eligió para una obra escolar, él la admiraba, ella le dijo que era brillante, especial, distinto, y desde ahí —según la versión oficial— nació el amor.

Así lo cuentan, como si fuera una historia de amor improbable, pero ese “amor” tiene otro nombre, mucho menos romántico, se llama grooming.

No hay traducción exacta al español, pero ocurre cuando un adulto con poder o autoridad —alguien que ya vivió, que ya eligió, que ya sabe cómo se mueve el mundo— crea un vínculo emocional con un menor, generando dependencia y confusión.

No siempre hay violencia. No siempre hay delito. Pero siempre hay desequilibrio.

Y ese desequilibrio no desaparece con el tiempo.

Puede maquillarse con etiquetas como “parejas poco ortodoxas”, pero la raíz sigue siendo la misma, la historia que empezó cuando uno apenas sabía quién era, y el otro ya había decidido por los dos.

El mundo entero convirtió su historia en mito y puso la banda sonora de Edith Piaf. Porque nos encantan los cuentos que parecen improbables, nos gusta creer que el amor todo lo puede, que si dos personas se aferran con suficiente fuerza pueden vencer cualquier diferencia.

Pero la realidad es que esa cachetada no solo es violencia, es símbolo de una estructura desigual que, aunque haya durado décadas, nunca fue pareja.

Macron insiste en que estaban bromeando, que fue una exageración mediática, que sus enemigos políticos usan el video como si fuera una crisis geopolítica. Y puede ser.

O puede ser que, por fin, después de tantos años de guion perfecto, la verdad se les escapó en vivo y a todo color.

Que ese “quítate, pedazo de fracasado” no fue una frase suelta, sino el epílogo de una novela que siempre fue más abusiva que romántica.

Y no, Brigitte no es la villana de esta historia, ni Emmanuel es un mártir. Pero hay algo que ya no podemos ignorar, y es que muchas de esas historias que nos contaron como amores valientes o fuera de lo común en realidad esconden formas de abuso disfrazadas de romance.

Lo que empieza entre un adulto y un menor nunca es una historia de amor. Es abuso. No hay que normalizarlo. Y mucho menos romantizarlo. Nunca.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara