

En el ir y venir de las calles de Cuernavaca, entre el zumbido de los motores y las conversaciones dispersas, hay un ritmo distinto: el de las manos de Cristian Hernández Sotelo, que no dejan de tejer. Sus dedos recorren la palma verde con la precisión de quien conoce los tiempos exactos del material: ni demasiado fresca para que se doble con facilidad, ni reseca para que se rompa. En pocos minutos, la hoja se transforma en un colibrí, una libélula, un grillo o una estrella. Pero esta ave no es popular solo en nuestra época, hay registros que demuestran el valor mesoamericano que se les dio, hace miles de años.
Cristian ofrece estas figuras caminando por banquetas soleadas, en rutas, restaurantes, negocios, “en donde me den permiso”, explicó en entrevista para La Jornada Morelos. No pone precio fijo: la gente decide cuánto quiere cooperar. “Es la manera en que me gano un taco honestamente”, resume. Debido a que realiza estos tejidos aun con movimiento de las rutas, hace pensar que lleva toda la vida en este oficio, pero en realidad comenzó hace apenas dos años y medio. Un amigo hondureño, al que conoció en un semáforo, le enseñó a tejer. Desde entonces, sus días transcurren entre calles, palma fresca y pequeños animales trenzados que se llevan en la mano como amuletos.
El colibrí como emblema
Entre todas las piezas que hace, el colibrí es la más solicitada. Para él, no es solo una figura bonita, sino un símbolo que ha aprendido a valorar: “La resurrección de nuestras almas. Es símbolo de amor, amistad y suerte… es una de las aves más pequeñas, pero de las más veloces, con 80 aleteadas por segundo, y la única que puede quedarse flotando en el aire”, comparte lo que recuerda haber leído en algún libro.
En la Revista Arqueología Mexicana, edición especial 120, se describe que el colibrí ha estado presente en el arte y el pensamiento mesoamericano desde tiempos remotos. Recibió nombres diversos: chupaflor, chuparrosa, zumbador, pájaro mosquito; en náhuatl, huitzilin; en purépecha, tzintzuni; entre otros. Representaciones de esta ave se encuentran en escultura, cerámica, pintura mural, códices, textiles y piezas vegetales. Un ejemplo destacado es la magnífica copa decorada de la cultura teotihuacana, donde un colibrí azul parece beber el líquido contenido en ella. También se documenta un vaso trípode esgrafiado con la escena de un colibrí acercándose a una flor de cuatro pétalos, obra de gran delicadeza donde los alfareros lograron “capturar el fugaz instante y paralizarlo en el barro”.
El colibrí como modelo de arte mesoamericano

En “Colibríes en México”, edición especial de la revista Arqueología Mexicana, se relata la existencia de una serie de 42 motivos pintados con color rojo sobre el piso de la Plaza de los Glifos. Entre ellos, hay cuatro aves que podrían ser representaciones esquemáticas de colibríes: uno en vuelo, otros en cestos o recipientes, y uno más acompañado de una flor. También se menciona un vaso policromo trípode del barrio de Teopancazco, donde un colibrí se posa sobre otro animal, ambos perfilados y enmarcados por una banda verde.
En el occidente de México, particularmente en Colima, Nayarit, Jalisco y el suroeste de Zacatecas, las culturas prehispánicas modelaron piezas de cerámica con soportes en forma de colibrí, parte de la tradición Comala (100-500 d.C.), conocida por sus superficies bruñidas en tonos rojizos, anaranjados y marrones. La importancia del ave no se limitaba a lo estético: sus plumas tenían valor ritual y social, como lo documenta fray Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino. En el libro XI, dedicado a la historia natural del mundo náhuatl, los colibríes aparecen como aves de “pluma rica”, solo precedidos por el quetzal.
Conservación de un ave milenaria
En la misma edición de Arqueología Mexicana, se recuerda que México alberga 58 especies de colibríes, de las cuales 13 son endémicas. Tres están en peligro de extinción, nueve amenazadas y seis sujetas a protección especial, según la Norma Oficial Mexicana (NOM-059-SEMARNAT-2010). Las amenazas incluyen la transformación de hábitats, el cambio climático que altera los ciclos de floración de las plantas de néctar, y el comercio ilegal para amuletos. Todas las especies están protegidas por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES) debido a que corren el riesgo de ser utilizadas para rituales o como amuletos, ya sean vivos o muertos.
Los colibríes es que poseen una visión tetracromática, lo que les permite ver colores que los humanos no percibimos. Esta capacidad les ayuda a elegir flores, asegurando así su alimento y la polinización de las plantas.
Desde la época prehispánica hasta hoy, han sido símbolos de vida, amor y resistencia, presentes tanto en códices como en jardines urbanos (Arqueología Mexicana, edición especial #120, “Colibríes en México”.
El presente tejido
Cristian no solo vende sus piezas; también enseña la técnica a estudiantes de primaria y secundaria, e incluso a visitantes extranjeros. “Me gusta compartir lo que sé… es algo que puede ayudarles”, dice mientras sus manos terminan otro colibrí. En su mundo, la palma fresca sustituye al metal de los motores, pero la paciencia y la precisión siguen siendo las mismas.
Antes de dedicarse a las artesanías, Cristian trabajó toda su vida como mecánico. El oficio lo heredó de su abuelo, sus tíos y su padre. “Casi toda mi familia es de ese rubro… aprendí desde chico, porque iba a los talleres. Me gusta mi trabajo, y si veo a personas con problemas con su carro, les ayudo sin cobrarles; ya de la persona sale la ayuda que me pueda brindar”. Ese vínculo con la mecánica no se ha perdido: de cada venta guarda un poco para cumplir su sueño de abrir un “tallercito” propio, con el que pueda “solventar bien a su familia y ser su propio patrón”.
Como las aves que Cristian Hernández representa a través de sus tejidos, también vive en constante movimiento. Recorre calles, busca espacios donde mostrar su trabajo y guarda, en cada venta, la esperanza de un futuro distinto. Su vida, entre la herencia mecánica y el arte efímero de la palma, es un recordatorio de que, a veces, los sueños se sostienen en el aire, como un colibrí que no se detiene.

Cristian Hernández entrelaza las palmas para formar piezas artesanales, como el colibrí, un ave muy valorada desde hace miles de años. Foto: Malu Medina

En cuestión de segundos teje sus piezas, sin importar que esté a bordo de una ruta en movimiento. Foto: Malu Medina

Algunas representaciones que resguarda el Códice Florentino, libro XI. Imagen: Arqueología Mexicana, edición especial #120.

Colibríes en el piso de la Plaza de los Glifos (sector 2), La Ventanilla, Teotihuacán. Imagen: Arqueología Mexicana, edición especial #120.

