
El esquema de interpretación de la verdad en que las sociedades, observan un fenómeno, comparan su compatibilidad con un limitado set de conocimientos y conforme a ello lo incorporan a los conocimientos o lo juzgan como barbárico, salvaje, inhumano, es muy antiguo, pero también insuficiente y merece los calificativos que él mismo otorga a los expulsados, es barbárico, salvaje, inhumano.
Entre el set de enormes vicios que tiene la cultura está la homofobia entendida como el miedo, aversión o prejuicio irracional hacia personas con orientaciones sexuales no heterosexuales. Este miedo, como muchos otros se instrumentaliza en discriminación, violencia y rechazos.
Dato: El término homofobia es relativamente nuevo, viene del psicólogo George Weinberg, que en 1969 se refirió así al “odio o repulsión injustificada. Incluye conductas como insultos, evasión o justificación de violencia”.
Las causas de la homofobia, además del esquema de construcción del conocimiento social que planteamos en el primer párrafo, están insertas en el mismo, machismo, patriarcado, religión, estigmas históricos, falocentrismo, crianzas autoritarias, aprendizajes familiares e institucionales, en fin, miles de excusas que buscan explicar (y a veces hasta justificar), el rechazo a lo que es diferente.
Por cierto, bastaría una vuelta por la historia para darse cuenta de lo ridículo que es creer que las conductas no heterosexuales son ajenas a la sociedad. Hay registros de homosexualismo desde la cultura clásica. Eventualmente se construyeron los lugares donde esas conductas eran “toleradas”, siempre como espacios ocultos, restringidos, clandestinos.
Salir del clóset fue salir de esos espacios restringidos, tomar las calles y las plazas, visibilizarse, reconocerse. Pero también rebelarse ante los autoritarismos medievales, dictatoriales, nazis, criminales.

Como se instaló como parte del sistema de creencias, la homofobia pronto llegó al Estado para institucionalizarse. Se insertó en los esquemas de control social, en leyes y recovecos jurídicos, y se fue imponiendo en el diseño decimonónico de los gobiernos como un intento de imponerse en las esferas privadas e íntimas, un esquema pernicioso de control absoluto. Así que la homofobia se presenta desde las escuelas hasta los asilos de ancianos.
La lucha contra la discriminación por orientación sexual no es un asunto nuevo, pero desde finales del siglo XX comenzó a darse más allá de las esferas personales y se radicó en la búsqueda de cambios institucionales que eliminen y sancionen la discriminación y la violencia que sufren las comunidades Lésbico Gay Bisexual Transgénero y demás (LGBT+).
El movimiento LGBT+ en todo el mundo sabe bien que su lucha requiere ser vista, entendida y apoyada por el resto de la sociedad. Probablemente por ello sea la gesta por los derechos humanos más visual del siglo actual, no sólo por sus marchas, desfiles y manifestaciones llenas de color y alegría (en una forma antigua del inglés gay significa alegre); sino también por los espacios a los que ha llegado profundamente públicos y ejemplares.
En esta lógica podemos ubicar la lucha contra la homofobia en los deportes.

Los deportes son un espectáculo ejemplar. Algunos los consideran fuentes de nuevas mitologías al narrar transversalmente las historias de grandes héroes que logran hazañas loables llenas de lecciones para los espectadores. Los narradores deportivos saben bien de lo que hablamos y conforme a ello construyen las historias, por eso importa la biografía de cada atleta, las privaciones que enfrentó, las gestas personales de las que salió triunfante, todo eso forma parte del gol, el touchdown, la canasta, el logro de unos segundos que le permite ver e intentar tocar el cielo, triunfante.
El Día Internacional contra la Homofobia en el Deporte (19 de febrero de cada año), tiene su centro en una de esas historias, la de Justin Fashanu, el primer futbolista profesional de élite que declaró públicamente su homosexualidad.
Jugador de la liga inglesa, alineó para 22 equipos entre 1978 y 1997. El 22 de octubre de 1990 en una entrevista con The Sun declaró abiertamente su inclinación sexual y a partir de entonces su brillante carrera como defensa empezó un profundo declive. En 1998 fue acusado falsamente de un ataque sexual, el caso no llegó a juicio pues Fashanu se suicidó el 13 de mayo de ese año. “Me he dado cuenta de que ya he sido condenado como culpable”, decía la nota suicida.
En honor de Justin Fashanu, se declaró el día de su nacimiento como el que visibilizaría la lucha contra la discriminación LGBT+ en el ámbito deportivo para fomentar la igualdad, la diversidad y el respeto. Así que cada año el 19 de febrero hay manifiestos institucionales y actividades para sensibilizar a los jugadores y las aficiones de todo el mundo sobre los peligros de la homofobia.
Porque con todas sus ventajas, glorias y ejemplos, muchos deportes promueven también una cultura machista, hipermasculina y competitiva que refuerza estereotipos de género y estigmatiza las orientaciones sexuales diferentes. Es cotidiano desde los entrenamientos hasta los estadios el acoso verbal contra diferentes orientaciones de género, aunque no vayan dirigidos específicamente a una persona (como los cánticos homofóbicos en los estadios de futbol de México, Chile y Argentina).
En contextos así, los atletas LGBT+ deciden no salir del clóset por miedo a esas presiones sociales, pero también a la pérdida de contratos o del respeto de sus compañeros y la afición.
A ello tendría que sumarse que la mayoría de los clubes y federaciones deportivas no educan contra la discriminación, algunos hasta la alientan como forma de identidad.
Eso vuelve mucho más notable la decisión de deportistas que han declarado sus inclinaciones sexuales diversas, como los futbolistas Josh Cavallo, Alondra González y Richarlyson Barbosa; Carl Nassib, jugador de futbol americano; la tenista Daria Kasátnika; la nadadora Lia Thomas; y Luke Prokop, jugador de hockey sobre hielo.
De todos ellos, sólo Cavallo y Nassib recibieron apoyo expreso de sus ligas deportivas, la Australiana de Futbol y la National Football League, de americano. El resto guardaron silencio.
Otros atletas han recibido toda clase de manifestaciones homofóbicas, voleibolistas, beisbolistas, patinadores, waterpolistas, jugadores de rubgy, han denunciado múltiples de casos de acoso y discriminación debidas a su orientación sexual.
Michael Sam, defensivo de futbol americano salió del clóset antes del draft de la NFL, fue seleccionado por los Rams, pero lo liberaron en la pretemporada en la etapa de cortes de la alineación, luego fue reclutado por los Cowboys quienes lo tuvieron sólo en la escuadra de prácticas antes de ser despedido. Luego jugó una sola temporada en un equipo de la liga canadiense. Pese a su prometedor inicio en el colegial, Michael Sam no pudo tener éxito en la liga a la que todos los jugadores aspiran llegar.
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La homofobia debe dejar de ser una práctica que limite a la comunidad LGBT+ de las posibilidades de desarrollar sus talentos y alcanzar sus anhelos, y que estorbe a la sociedad para gozar de esos aportes y glorias.
Para acabarla, es fundamental, no solo en el deporte, educar sobre la diversidad sexual desde escuelas, familias e instituciones para combatir prejuicios. Promover políticas públicas inclusivas, como armonización legal y programas contra discriminación, fomentar inclusión laboral, participación comunitaria y representación positiva en medios. Y en los casos más extremos ofrecer terapias psicológicas para deconstruir los arraigados sesgos individuales.


