
Cuauhtémoc, el último Tlahtoani
Mixcoátl Mikistónal*
Cuauhtémoc (Cuāuhtemōc, en náhuatl clásico o Kwāwtemōk, en náhuatl moderno), su nombre significa literalmente «águila que desciende» (del náhuatl clásico: cuāuhtli «águila», temō «descender», -c PRETÉRITO); la forma honorífica de Cuauhtémoc es Cuauhtemoctzin (el sufijo -tzin se usa para designar una dignidad similar a «Don» o «Señor» en el idioma español). Nació en México -Tenochtitlan, el 14 de julio de 1496 y de acuerdo con las fuentes oficiales, murió en las Hibueras (actual Honduras), el 28 de febrero de 1525), los españoles por su mala pronunciación de la lengua nativa le llamaban Guatemuz o Guatimocín, fue el último Tlahtoani independiente de México-Tenochtitlan. Asumió el poder en 1520, un año antes de la toma de Tenochtitlan por Hernán Cortés y su ejército de españoles e indígenas.
Cuauhtémoc fue hijo de Ahuízotl y Tlilancapatl, princesa de Tlatelolco. Nieto de Atotoztli y descendiente de Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, primo de los emperadores Moctezuma Xocoyotzin y de Cuitláhuac. Asistió al Calmecac, escuela para los hijos de los nobles mexicas. Por su valor y agresividad le dieron el título de Cuauhtlatoani o gobernante águila. En 1515 fue nombrado gobernante de Tlatelolco y estuvo casado con Isabel Moctezuma (Tecuichpo), hija de Moctezuma II.
A la muerte de Moctezuma (Motecuhzoma), le sucedió en el cargo su hermano Cuitláhuac, quien se destacó en organizar sus ejércitos y librar fieras batallas contra los españoles y sus aliados, destacando la denominada por los españoles «Noche Triste», “Noche de la Victoria” para los tenochcas, lo que dio lugar a su desastrosa expulsión; en estas confrontaciones, Cuauhtémoc, se distinguió como un gran líder militar de los mexicas, obteniendo el cargo de Tlakatekohtli (jefe de armas).

El último Tlahtoani

Cuitláhuac fallece por la entonces incurable enfermedad de la viruela, traída por los españoles y que, por ser totalmente desconocida, los nativos no tenían ninguna defensa inmune contra ella, por lo tanto Cuauhtémoc asumió el poder, siendo elegido Huey Tlahtoani en el mes de julio de 1521, durante Izcalli, que fue el último mes del año «2 tecpatl»; los españoles y sus tropas ya habían sido expulsados de Tenochtitlan, pero la Ciudad estaba devastada por el hambre, la viruela, y la falta de agua potable, por lo que se dio a la tarea de reorganizar el ejército mexica, reconstruir la ciudad y fortificarla para la guerra contra los españoles y sus aliados indígenas, pues suponía que éstos regresarían a pelear contra los mexicas. Envió embajadores a todos los pueblos de sus vastos dominios, solicitando aliados y apoyos militares, disminuyendo sus contribuciones y aun eliminándolas para algunos.
No le faltaba razón, pues los españoles regresaron un año después de haber sido expulsados, totalmente restablecidos, con más elementos europeos, más armamento, caballos, cañones, con nuevas estrategias y mayor conocimientos de las zonas, tomando en cuenta las malas experiencias sufridas anteriormente, contaban además de todo esto, con un enorme contingente de más de cien mil aliados nativos, la mayoría de ellos tlaxcaltecas, históricamente enemigos de los mexicas, construyeron también trece bergantines, que son unas naves de poco calado, ideales para desplazarse en las aguas poco profundas de los lagos que circulaban la gran Ciudad de Tenochtitlán.
Con todo este ejército y después de sitiar Tenochtitlán por 90 días, finalmente el 13 de agosto de 1521, los españoles y sus aliados comandados por Hernán Cortés, capturaron a Cuauhtémoc en Tlatelolco.
Según Bernal Díaz del Castillo en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Cuauhtémoc fue capturado en la canoa en la cual huían de Tenochtitlan él, su familia y sus más allegados guerreros, fueron alcanzados por un bergantín español pilotado por García Holguín. Cuauhtémoc exigió ser llevado ante «Malinche» (así llamaban a Cortés los mexicas, siendo este un término patronímico de Malintzin o doña Marina, su traductora indígena).

Derrota y suplicio
Una vez en su presencia, señalando el puñal que el conquistador llevaba al cinto, le pidió que lo matara con él, pues no habiendo sido capaz de defender su Ciudad y a sus vasallos, prefería morir a manos del invasor. Entre los guerreros mexicas, como el propio Cuauhtémoc, se asumía que el derrotado y capturado por el enemigo debía aceptar morir en sacrificio a los dioses para así alcanzar como destino final acompañar al sol en su travesía diaria, por lo cual la petición de Cuauhtémoc a Cortés pudo no ser simplemente una petición de ejecución, pero prevalece la interpretación del hecho por los cronistas europeos que no consideraron las normas de honor de los ejércitos indígenas. Este hecho fue descrito por el propio Hernán Cortés en su tercera carta de relación a Carlos I de España:
“…llegóse a mi y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos hasta venir a aquel estado, que ahora hiciese de él lo que yo quisiese; y puso la mano en un puñal que yo tenía, diciéndome que le diese de puñaladas y le matase…”
Tercera carta de relación, Hernán Cortés
Por su parte, Bernal Díaz del Castillo, describió el suceso de la siguiente forma:
“… Señor Malinche: ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él». (y el mismo Guatemuz le iba echar mano dél)…”
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
Sin embargo, Cortés no le quitó la vida en ese momento, sabía -como ya lo había hecho antes con Moctezuma (Motehcuzoma)-, que era mejor utilizar su dignidad de Tlatoani, ante el pueblo mexica, ahora subsidiaria del emperador Carlos I y del propio Cortés. Así lo hizo, aprovechando exitosamente, la iniciativa y el poder de Cuauhtémoc para asegurar la colaboración de los mexicas en los trabajos de limpieza y restauración de la ciudad. Sin embargo, al poco tiempo, la desconfianza y los temores de Cortés, le llevaron a torturarlo y tiempo después a ejecutar al último tlatoani mexica prehispánico.
“…tenían sospecha que por quedarse con el oro Cortés no quería que le prendiesen a Guatemuz, ni le prendiesen (…) ni diesen tormentos y porque no le achacasen algo a Cortés sobre ello, y no lo pudo excusar, le atormentaron en que le quemaron los pies con aceite, y al señor de Tacuba, y lo que confesaron que cuatro días antes que les prendiesen lo echaron a la laguna, así el oro como los tiros y las escopetas que nos habían tomado.”
Bernal Díaz del Castillo, Cap. CLVII
Primero fue el tormento, surgido de la codicia del oro: Bernal Díaz del Castillo narra detalladamente cómo cundió la desconfianza entre los españoles, al desmentir tercamente la realidad de sus soñadas riquezas. El oro que habían obtenido en total (83 200 castellanos) no era suficiente para repartir de forma satisfactoria entre toda la tropa española, por lo que iniciaron suposiciones por parte de los mandos para obtener más oro.
Algunos españoles juzgaron que después de la Batalla del Canal de los Toltecas, los mexicas habían recuperado el botín y lo habían echado a la laguna o lo habían robado los tlaxcaltecas o bien los propios soldados españoles. De ahí que fueran los oficiales de la Real Hacienda, y sobre todo el tesorero Julián de Alderete, y no Cortés, que se limitó a consentirlo, los que ordenaran el tormento de Cuauhtémoc y Tetlepanquetzaltzin (Bernal Díaz y López de Gómara así lo argumentan).
Las crónicas de Díaz del Castillo y de López de Gómara, coinciden en que fueron torturados quemándoles los pies con aceite, y por el testimonio de Cristóbal de Ojeda durante el juicio de residencia a Cortés, se sabe que también se le quemaron las manos.
Fuentes posteriores atribuyeron a Cuauhtémoc un estoicismo pleno mostrado en ese trance. El libro escrito por López de Gómara refiere que el «señor» que le acompañaba en la tortura le pidió permiso para hablar y cesar el tormento, a lo que Cuauhtémoc le respondió: «si estaba él en algún deleite o baño». Una novela histórica escrita por Eligio Ancona en 1870 popularizó la variante «¿Estoy yo acaso en un lecho de rosas?».
Tras el episodio de la tortura, Cuauhtémoc quedó tullido y cojeó, las heridas de Tetlepanquetzaltzin fueron peores. El doctor Cristóbal de Ojeda fue quien curó las heridas al Tlahtoani. Años más tarde el médico declaró, durante el juicio de residencia de Cortés, que en el incidente se dio tormento a Cuauhtémoc «quemándole los pies e las manos». El Huey Tlahtoani vuelve sorprendentemente a su papel de noble mexica respetado y bien tratado, pero cautivo, cuyo prestigio y autoridad utiliza Cortés para el gobierno de los vencidos.

Supuesta conspiración y muerte
En 1524, Cortés emprende un viaje a las Hibueras (Honduras), llevándose consigo a Cuauhtémoc y su primo Tetlepanquetzal señor de Tacuba; va en busca de uno de sus capitanes: Cristóbal de Olid. No es un viaje de rescate, sino de persecución, Cortés tiene constancia de que Cristóbal de Olid se pudo haber confabulado con su viejo enemigo, el gobernador de Cuba Diego Velázquez, para poblar, conquistar y sobre todo obtener oro y otras riquezas en el sur, pasando por alto su autoridad, por lo que se siente traicionado, de la misma forma en que él traicionó seis años antes a Diego Velázquez.
Durante el viaje y a un año del mismo, Cortés toma una decisión controvertida, criticada por sus soldados según cuenta Díaz del Castillo: le llegan rumores de que Cuauhtémoc está conspirando en contra de los españoles, decidido a atacarlos. Según Cortés, un tal Mexicalcingo («Ciudadano honrado de esta ciudad de Temixtitlan» escribe Cortés a Carlos V, aclarando además que tras su bautizo se llama Cristóbal) se dirigió al capitán español para narrarle una larga, y un tanto fantasiosa, historia de conspiración de Cuauhtémoc, que se iniciaría con el asesinato de Cortés, continuaría con la rebelión contra los españoles en todo el país, y terminaría con el bloqueo de México… «hecho esto, pondrían en todos los puertos de la mar recias guarniciones de gente para que ningún navío que viniese se les escapase». No se sabe si Cortés magnificó en su quinta carta de Relación el alcance de la conspiración, para justificar la ejecución una vez consumada. El hecho es que sintiéndose vulnerable, decidió mandar ahorcar a Cuauhtémoc y al cacique de Tacuba, Tetlepanquetzal, que volvieron a encontrarse ante el verdugo.
Sin embargo, no se tiene certeza precisa del sitio ni de la fecha exacta de cuando murió Cuauhtémoc. Los dos testigos presenciales de los hechos que dejaron testimonios escritos, Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, no lo precisaron y se limitaron a decir que “habían pasado cuatro años desde el fin del sitio de Tenochtitlan”. Tanto las fuentes españolas (Bernal Díaz) como las indígenas cuestionan los motivos aducidos por Cortés. Según Prescott, el propio Mexicalcingo negó posteriormente haber narrado la historia de la conspiración tal como la reflejó Cortés en su quinta carta al emperador.
… estando para ahorcar al Cuauhtemoc, dijo estas palabras: «O capitán Malinche, días ha que yo tenía entendido, él había conocido tus falsas palabras: que esta muerte me habías de dar, pues yo no me la di, cuando te entregaste en mi ciudad de Méjico; porque me matas sin justicia?»…
Conquista de Yucatán, Diego López de Cogolludo.

El debate por los restos
En 1949 la maestra Eulalia Guzmán, jefa del Departamento de Arqueología del Museo Nacional, descubrió unos restos humanos que atribuyó a Cuauhtémoc, debajo del piso de la iglesia del pueblo de Ixcateopan de Cuauhtémoc (denominación que recibió en 1950) en el estado de Guerrero. El descubrimiento se basó en una serie de documentos resguardados en el mismo pueblo por la familia Juárez, papeles de todas las épocas, que la familia Juárez fue acumulando con el tiempo. Pero entre todos esos documentos, algunos sin valor documental o arqueológico, había tres del siglo XVI que probarían el tránsito de los restos desde el sureste de México hasta Ixcateopan, uno de ellos incluso con la firma de Motolinía autentificada por los expertos del laboratorio del Banco de México, en esos días el laboratorio más avanzado de Latinoamérica. Los estudios del papel realizados en el mismo laboratorio confirmaron que eran del siglo XVI. Debido a estos resultados, Eulalia se decidió a buscar los restos ahí donde los documentos decían que se encontraban.
En 1950 se dictaminó que los restos eran auténticos, pero el INAH se negó a reconocer estos resultados alegando que no había prueba científica para determinar que los restos pertenecían al Tlahtoani. No aceptaron ninguno de los resultados químicos y forenses del laboratorio del Banco de México y el propio Cuarón, que encontró que el hueso del «Atlas» mostraba indicios de que la persona había sido ahorcada. El Comité Estatal para la Alianza de Comunidades Indígenas del Estado de Guerrero manifestó su indignación ante el fallo, y la comisión determinó que los restos y las fuentes documentales que presuntamente respaldaban la autenticidad podían dejar la puerta abierta a futuras investigaciones.
En 1976 se abrió nuevamente la polémica y se formó una comisión multidisciplinaria de antropología física, social, etnohistoria y arqueología que analizó de nueva cuenta todas las pruebas disponibles, negando que dichos restos encontrados fueran auténticos
Como apunta Anne W. Johnson, «la controversia alrededor de los restos excavados en Ixcateopan en 1949 involucró ideologías rivales acerca de la historia y esencia del pueblo mexicano, intereses locales, estatales y nacionales, y conflictos filosóficos y metodológicos entre visiones antagónicas del pasado».
Sin embargo, más allá de la polémica, hoy en día, miles de personas peregrinan anualmente hasta Ixcateopan, el pueblo mismo conserva el apelativo de Cuauhtémoc e incluso hay eventos oficiales conmemorativos.
Cuauhtémoc es uno de los personajes más reconocidos por los mexicanos como héroe nacional. En todos los rincones de México su nombre se usa en toponimia y onomástica, y su imaginada efigie aparece en monumentos, que hacen alusión a su coraje en la derrota, al pedir la muerte por el puñal de Cortés, o en el tormento, al reclamar estoicismo a sus compañeros de tortura. El 28 de febrero de cada año, la bandera mexicana ondea a media asta en todo el país, recordando la muerte del prócer. A partir del siglo XIX su figura fue usada con fines nacionalistas, teniendo máximo ejemplo en la inauguración del Monumento a Cuauhtémoc obra de Miguel Noreña durante la dictadura de Porfirio Díaz.
El poeta mexicano Ramón López Velarde lo designa como el joven abuelo de México, y lo califica como único héroe a la altura del arte.
Cuauhtémoc para propios y extraños, es un símbolo de identidad, resistencia, valor, coraje y orgullo nacional.
*Gobernador Indígena y Pluricultural en Morelos y Coordinador General y Representante de la Organización de las Naciones Originarias (O.N.O.) en México.

