

A principios de la década de los ochenta del siglo pasado, la humanidad enfrentó un reto que sacó a relucir tanto su propensión a ser víctimas de su miedo a lo desconocido, como su genialidad para enfrentar con la ciencia retos que parecían insuperables. Dos caras de la misma moneda que representa al género humano.
El Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) fue identificado en 1983 pero, en retrospectiva, se sabe ahora que llegó a Estados Unidos, por lo menos unos veinte años antes y, a nivel mundial, existe un registro de 1959 de un fallecimiento en el Congo Belga que, décadas después se verificó que era positivo al VIH.
Pero en los años 80 comenzó a identificarse la acumulación de casos de infecciones oportunistas y con sarcoma de Kaposi, para 1981 en el respetado boletín norteamericano Morbidity and Mortality Weekly Report, de los entonces llamados Centros para el Control de Enfermedades se da a conocer la coincidencia de cinco casos de neumonía por Pneumocystis carinii (actualmente jirovecii), asociadas a inmunodepresión celular severa y candidiasis oral en varones homosexuales, lo que permitió identificar casos similares en diversas regiones. Y estalló la bomba.
Que, al inicio, la mayoría de los casos documentados correspondieran a hombres homosexuales, reforzó la creencia errónea de que se trataba de una afección exclusiva de ese colectivo. La falta de información científica -pues hasta entonces se comenzó a estudiar el padecimiento de forma sistemática y por diversos frentes-, combinada con prejuicios existentes hacia la comunidad LGBT+, facilitó que la sociedad y los medios de comunicación asociaran el virus con la homosexualidad como una enfermedad “propia” de ese grupo. El miedo hizo el resto: se pensaba que la enfermedad se podía contagiar por nadar en la misma alberca que un enfermo o con saludarlo de mano. Además, estaba el hecho de que padecerla era casi una sentencia de muerte. Hacia 1985, tan solo en EU se habían registrado oficialmente 8 mil muertes por VIH -aunque se cree que, por los mismos prejuicios, se ocultó la naturaleza de muchas más defunciones; además, se comenzó a registrar la aparición de casos a nivel global.
En todos lados, los enfermos pronto perdieron empleos, amigos, familia y su perspectiva de “futuro”, segregados por la ignorancia compartida y miedo a la “peste rosa” o “cáncer gay”, incluso algunos grupos la consideraban un castigo divino contra aquellos que se atrevieran a desviarse de las prácticas sexuales “normales”. A pesar de que muy pronto -1985- se documentó la primera evidencia sólida de transmisión heterosexual del virus y su aparición incluso en niños y en mujeres, el daño estaba hecho y el prejuicio generalizado prevaleció durante años -y aún no se supera del todo- tanto así que en 2013 el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) propuso que cada año, el primero de marzo, se conmemorara el Día de la Cero Discriminación, que se realizó oficialmente en 2014, con un evento internacional organizado en Beijing, China, con lo que se marcó el inicio de lo que se ha convertido en un movimiento global de solidaridad contra la discriminación, en todas sus acepciones.

Cero Discriminación

El Día de la Cero Discriminación respondió a la urgencia de visibilizar una de las expresiones más dañinas de injusticia social cuando, por prejuicios o estereotipos, se trata de manera desigual a una persona o a grupos enteros por su apariencia, género, orientación sexual, identidad de género, origen étnico, nacionalidad, religión, edad, discapacidad, estado de salud (como el VIH), condición socioeconómica o cualquier característica personal. Este trato diferencial no solo vulnera la dignidad humana, sino que obstaculiza el acceso a derechos básicos como educación, salud, trabajo y participación social plena.
Con esta conmemoración se busca que las comunidades logren superar estas injusticias y reflexionen en la importancia de construir herramientas colectivas que permitan enfrentarlas, promoviendo la inclusión y el respeto a los derechos humanos como valores fundamentales.
El Día de la Cero Discriminación se ha convertido, más que una fecha relacionada a una enfermedad específica o a un grupo humano determinado, un recordatorio de que la justicia social no se logra sin un esfuerzo compartido y constante por superar prejuicios y construir entornos más equitativos para todas y todos.
La experiencia que vivimos con la aparición del VIH/SIDA nos debería enseñar que la ignorancia y los prejuicios pueden ser tan dañinos como la propia enfermedad. El estigma que inicialmente sufrieron ciertos grupos no solo fue injusto, sino que retrasó respuestas de salud pública y agravó el sufrimiento de incontables seres humanos. El recorrido desde el miedo irracional hasta la comprensión científica y social demuestra que la educación, el respeto por la dignidad humana y la solidaridad comunitaria son elementos insustituibles para enfrentar no solo epidemias, sino cualquier desafío público.
La lucha contra el estigma asociado al VIH evidenció que cuando una sociedad discrimina, no solo vulnera derechos individuales, también obstaculiza encontrar soluciones colectivas a problemas comunes, con lo que se comienza a ir en reversa, en dirección a los tiempos en los que la ignorancia y la superstición prevalecían sobre la ciencia y el conocimiento. Hay que aprender de nuestra propia experiencia y ésta no es muy lejana.


