Vicente Quirarte y María Helena González*

A la memoria de Diego, siempre vivo.

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Hamlet es el prototipo de la duda existencial. Su poderoso mensaje llega hasta nosotros sin que podamos darle una respuesta definitiva. “Ser o no ser” es la premisa fundamental de la obra y la utilizamos en cualquier momento; se amplía su sentido al de “actuar o no actuar”, “vivir o no vivir”, cuando nos enfrentamos a los desafíos de la existencia. Esto convierte a William Shakespeare en un clásico: retrata una parte de la condición humana que no cambia. El otro asunto permanente con el que lidiamos es la experiencia emocional, hoy tan actual gracias a las neurociencias y el desarrollo de talleres para gestionarlas.

Paul Ekman, quien exploró este campo a través de estudios transculturales, explica que en principio son 6 las emociones básicas que nos mueven a actuar: ira, asco, miedo, alegría, tristeza y sorpresa. Según él, las experimentamos biológicamente y no se pueden evitar, dado que sirven para salvarnos la vida. Otras, como la nostalgia, la melancolía, la consternación, la indignación, etc., han sido clasificadas por los expertos con modelos que integran factores cognitivos. Así, los celos estarían compuestos de asombro, desilusión, sensación de pérdida y miedo y se complementarían con procesos mentales como la memoria, el pensamiento crítico y la imaginación. Martha Nussbaum añade que las normas y los valores sociales influyen, por lo que la gestión emocional contiene sutilezas que problematizarían su universalización. 

Imagen : Universal Pictures

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La película Hamnet es obscura como lo era la época de Shakespeare, pues no existían los avances tecnológicos y científicos de hoy, pero la falta de luz también metaforiza la dificultad de encontrar los motivos por los que el autor escribió varias versiones existentes de la tragedia, además de que se sabe que perdió un hijo de once años llamado Hamnet. El filme incluye metalenguajes y guiños de otras obras literarias, como sucede en la escena inicial de Macbeth, actuada por tres personajes infantiles.

No se trata solo de un juego onomástico entre Hamlet y Hamnet, sino de una propuesta de Chloé Zhao y Maggie O’Farrell, novelista y directora, quienes logran un impecable trabajo al narrar una historia que incluso alude a los discursos de género sin obviedades: la madre naturaleza, el maternaje y la maternidad se exaltan visualmente -las raíces se destacan varias veces en primeros planos-, mientras que las relaciones entre abuelas, madres e hijas aumenta en valor conceptual a lo largo de la película.

Imagen : Universal Pictures

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Al final, el gran tema al que nos enfrentamos es el duelo. En esta versión de la tragedia isabelina, el motor de las actuaciones es el remordimiento. Chloé Zhao y Maggie O’Farrell trasladan ese complejo sentir  compuesto de arrepentimiento, enojo, frustración y tristeza más allá del ámbito íntimo y doméstico; lo convierten en el principal motivo de la película. La protagonista, interpretada por Jessie Bucley, logra la catarsis cuando ve -y vemos- a su hijo muerto en escena. Pero no está sola: el público la acompaña. La escena culminante es un homenaje al teatro y la importancia del público para el mismo.  

Así, Hamnet no reescribe Hamlet: lo rodea, lo antecede y lo explica desde la fragilidad humana, mostrando cómo la gran tragedia metafísica nació también de un duelo concreto, privado y ferozmente reconocible. Estamos ante una de las obras más perturbadoras del canon occidental. Por eso ha permitido tantas paráfrasis y adaptaciones.

*helenagonzalezcultura@gmail.com

Imagen : Universal Pictures
La Jornada Morelos