
Cada 14 de febrero, el Día del Amor y la Amistad aparece rodeado de flores, corazones y promociones comerciales, junto con la Navidad y el Día de las Madres, es un día que el comercio espera con ansiedad. Sin embargo, detrás de la celebración, se encuentran dos experiencias humanas profundamente complejas: el amor y la amistad. Ambas atraviesan la historia de la humanidad, pero, lejos de ser universales e inmutables, han sido interpretadas, reguladas y jerarquizadas de maneras muy distintas según la época, la cultura, la religión y la organización social. Son vínculos que, por asombroso que parezca, aún no se definen de manera final y que, con la globalización, las redes sociales y el aislamiento de los individuos, en el futuro podrían entenderse de una manera diferente a como lo hacemos el día de hoy.

“Amar es querer el bien del otro, en cuanto otro”: Aristóteles (Ética a Nicómaco)
Pocas palabras han sido tan usadas, idealizadas y discutidas como “amor”. Desde la antigüedad, distintas culturas han intentado clasificarlo para comprenderlo mejor. En, El Banquete, Platón lo describió como un impulso que eleva el alma hacia la belleza y el bien.
En aquellos entonces los filósofos distinguieron diversas formas de amor, categorías que aún hoy resultan reconocibles: Éros, el amor pasional y erótico, ligado al deseo y a la atracción física; Philia, el que existe amor entre iguales, basado en el afecto, el respeto y la afinidad, como en “amistad”; Agápe: el amor desinteresado, compasivo y altruista, y Storgé: el amor familiar, particularmente entre paternidades y su descendencia.
La civilización romana heredó buena parte del pensamiento griego, pero lo adaptó a su sociedad, profundamente jerárquica y pragmática. El matrimonio, por ejemplo, no se basaba en el amor entre una pareja, sino en alianzas familiares, herencias y continuidad del linaje, con una función social y económica más que emocional, en un contexto en el que las pasiones intensas podían verse con recelo. Los romanos distinguían varios tipos de amor: Amor coniugalis, asociado al deber, la fidelidad y la estabilidad doméstica; Amor passionalis o libido, el deseo, considerado peligroso si no era controlado, y Amicitia, vínculo de lealtad y apoyo mutuo, especialmente entre hombres libres, de nuevo, “amistad”, pero de ella nos ocupamos más adelante.
En el Antiguo Egipto encontramos una concepción sorprendentemente cercana a la moderna. Existen poemas amorosos personales (como “mi corazón se acelera cuando pienso en ti” Papiro Chester Beatty I, Imperio Nuevo, ca. 1550–1070 a. C.) que celebran el deseo, la ternura y la atracción mutua entre hombres y mujeres.

En la cultura faraónica, el matrimonio admitía afecto y elección personal, las mujeres gozaban de mayor autonomía legal que en Grecia o Roma y, uno de los aspectos más importantes, el amor trascendía la vida terrestre y se vinculaba a la continuidad en el más allá, como ejemplifica el mito de Isis y Osiris que consolidó la idea del amor como fuerza capaz de vencer incluso a la muerte, un rasgo que siglos después retomaría la tradición occidental.
En la China clásica el amor individual se supeditaba a la armonía familiar y social; la pasión personal era menos central que el deber hacia el clan y la comunidad. Confucio defendía el control y la moderación de las emociones como forma de orden social (“gobernar las emociones, es gobernar el mundo”). Los matrimonios se fraguaban en acuerdos familiares, no entre individuos, el afecto se subordinaba al deber filial (xiao) y la excesiva pasión era, más bien, un elemento desestabilizador.
En las civilizaciones mesoamericanas y andinas, el amor también estaba estrechamente ligado a la comunidad, el cosmos y lo sagrado. Entre los mexicas el matrimonio era una institución social y ritual, el amor romántico existía, pero debía someterse al orden comunitario y como escribió el mismísimo Nezahualcóyotl, el amor, como la vida, podía ser intenso, pero era efímero por definición. Entre los incas, el amor estaba integrado a la reciprocidad (ayni) y al equilibrio social. El deseo individual nunca fue el eje del vínculo, lo central era la armonía colectiva.

“El amor verdadero rara vez se da entre esposos”: Andreas Capellanus (De Amore)
Con el cristianismo, el amor adquirió un fuerte componente moral. Se estableció una jerarquía clara, había amor a Dios (caritas), supremo y obligatorio; conyugal y legítimo, pero regulado. El deseo carnal era sospechoso, y hasta censurable, si se convertía en lujuria, uno de los siete pecados capitales.
Paradójicamente, en este contexto, surgió el amor cortés (siglos XI–XIII) un amor idealizado, imposible, generalmente adúltero, un amor que no buscaba consumarse, sino sublimarse, generalmente con sufrimiento y sacrificio, como lo ejemplificaría Dante y la mayoría de las telenovelas mexicanas del siglo pasado.
Más adelante, el Renacimiento recuperó la herencia clásica y colocó al individuo en el centro. El amor comenzó a verse como experiencia personal, aunque aún limitada por la religión y la estructura social. “Por medio del amor, el alma recuerda su origen divino”, escribió Marsilio Ficino (1433-1499) al reinterpretar a Platón.
Sin embargo, el matrimonio siguió siendo una institución económica y política. El amor, aunque valorado, no era condición necesaria para casarse.
Diversos historiadores coinciden en que el amor romántico como lo entendemos hoy —basado en la elección individual, la exclusividad emocional y la realización personal— aparece hasta los siglos XVIII y XIX, gracias a la Ilustración, el Romanticismo, el ascenso de la burguesía y la noción moderna del “yo”.
Desde entonces, el amor dejó de ser complemento para convertirse en expectativa central, que explica tanto su idealización como las frustraciones contemporáneas.

“Erotismo y amor: la llama doble de la vida”: Octavio Paz (La Llama Doble)
“El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida” escribió Octavio Paz, pero, como hemos visto, esa es la definición moderna.
Más que una emoción universal e inmutable, el amor ha sido una experiencia históricamente moldeada. Comprender su evolución nos ayuda a desmitificar el modelo actual y abrir la puerta a formas más conscientes, diversas y menos idealizadas de vivir ese sentimiento.
En el mundo globalizado del siglo XXI, el amor romántico suele presentarse como un ideal universal, pero, aunque todas las sociedades desarrollan vínculos afectivos, no todas los entienden ni los jerarquizan del mismo modo.
En las sociedades occidentales contemporáneas (Europa, América, gran parte de Oceanía), el amor hoy se concibe como una elección personal, es la base legítima del matrimonio y la pareja y un elemento central de la identidad y la felicidad individual.
En La Transformación de la Intimidad, el sociólogo Anthony Giddens define este modelo como “amor confluente”, una relación que se sostiene mientras satisface emocionalmente a las partes, pero en donde el amor no es destino ni deber sino experiencia negociada, reversible y profundamente ligada al respectivo “yo” de los integrantes de la relación.
Amar en los tiempos del Tinder puede chocar con el concepto occidental de amor romántico, que, por otro lado, tal y como se concibe generalmente, ese viejo concepto también es el motivo de tensiones y frustraciones personales al imponer expectativas emocionales que no siempre se corresponden con la realidad en la que vivimos, ni a la suerte que corremos.

“Decir amistad es decir entendimiento cabal, confianza rápida y larga memoria; es decir, fidelidad”: Gabriela Mistral (Antología Mayor)
Aunque a veces se habla de la amistad como complementaria del amor, ya desde los griegos y romanos se entendía como una genuina forma de amar, pero separada del erotismo, lo que permite que florezcan otros aspectos de la persona -empatía, solidaridad, altruismo- que podían forjar lazos más duraderos que el amor sexual. No es un amor con edulcorante, la amistad es una forma específica de amor, profundo, duradero y libre de posesión.
“La amistad pervive. Sí, aunque los amigos no se vean seguido. Yo soy muy amigo de Mastronardi y nos vemos escasamente. El amor, en cambio, requiere milagros, pruebas y confirmaciones permanentes”, le dijo Jorge Luis Borges a Ernesto Sábato en Borges A/Z.
Desde la filosofía clásica, la amistad se considera una de las formas más altas de relación humana. Ya en tiempos de Aristóteles se definía como indispensable para una vida plena (“sin amigos, nadie querría vivir, aunque tuviera todos los demás bienes”) y, a diferencia del “amor”, su significado ha variado poco desde entonces.
Diversos estudios de psicología social y salud pública han demostrado que tener amigos reduce el estrés, fortalece el sistema inmunológico y disminuye el riesgo de depresión. El célebre Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, iniciado en 1938, concluye que la calidad de las relaciones humanas es el principal indicio de bienestar y longevidad, más que la riqueza o la fama.
¿Y si no me dan “Like”?
En la actualidad, tanto amor como amistad enfrentan desafíos como la hiperconectividad digital, la precariedad laboral, la soledad urbana y las nuevas formas tecnológicas de relacionarnos con nuestros semejantes. Sin embargo, también emergen concepciones más abiertas e inclusivas del amor y la amistad, que reconocen la diversidad afectiva y valoran la importancia del cuidado mutuo, si se quiere, una especie de amor un tanto más cínico.
Amor y amistad no son únicamente emociones privadas, son construcciones sociales y éticas que dan forma a nuestras comunidades y a nuestra cultura, y en tiempos de incertidumbre, como en los que vivimos, quizá lo que prevalezca sea cuidar esos lazos —románticos o amistosos— que nos recuerdan que no estamos solos y que es preferible tender puentes y abrir puertas y ventanas, a tapiar hasta la última rendija del corazón para ir a rumiar nuestra pena mirando a la pared.


