
El mundo se va al carajo. Y no lo digo porque hayan eliminado al “Mencho” ni porque haya una guerra nuclear subrayada en rojo en la agenda de Putin. Lo digo porque empiezo a sospechar que la extinción del ser humano no vendrá por una pandemia ni por una hambruna, sino por saturación.
No me juzgues todavía. Sigue leyendo.
Hace unos días me encontré con un artículo científico de 1973 que me obligó a enderezarme en la silla, a servirme otro café y a releer más despacio, como cuando intuyes que algo te está hablando a ti, aunque esté escrito hace cincuenta años. La primera frase decía: “Hablaré de ratones, pero mis pensamientos están en el hombre”. No era una licencia literaria del científico. Era una declaración de intenciones firmada por el etólogo John B. Calhoun. Desde esa línea dejaba claro que los ratones eran el modelo, pero el verdadero experimento éramos nosotros, los humanos.
John, Juan para los amigos, hablaba de dos tipos de muerte, la del cuerpo y la del espíritu. Decía que la medicina y la sociedad moderna se habían obsesionado con evitar la primera mientras ignoraban la segunda. Que podíamos mantener organismos vivos, alimentados, protegidos, medicados y, aun así, erosionar aquello que los hace funcionales como comunidad. John Calhoun no estaba hablando de religión ni estaba en su modo Pachamama. Estaba hablando de la estructura social, de los vínculos, de los roles y de los propósitos que en ella se crean.
Para probar su hipótesis diseñó lo que llamó Universe 25, que básicamente era un hábitat cerrado para ratones donde no faltaba nada, es decir tenían comida ilimitada, agua constante, temperatura perfecta, sin depredadores, sin enfermedades; un entorno limpio, controlado y estable al cien por cien. Empezó con ocho ratones, cuatro hembras y cuatro machos, aunque el espacio estaba preparado para albergar miles, como si hubiera construido una ciudad soñada esperando que la prosperidad hiciera el resto por sí sola.
Al principio todo funcionó como un manual optimista de urbanismo. La población crecía con rapidez, se duplicaba cada pocas semanas. Cientos. Luego miles. Si uno miraba solo los recursos disponibles, el experimento parecía confirmar esa fantasía moderna de que, si se elimina la escasez, la vida prospera.

Pero no prosperó.
A medida que aumentó la densidad empezaron a aparecer comportamientos extraños… ratones que se volvían agresivos sin motivo claro, madres que abandonaban a sus crías, jerarquías que se resquebrajaban hasta que los roles dejaron de estar definidos y todo empezó a volverse confuso; y entonces surgió un grupo particular que Calhoun bautizó como “the beautiful ones”, los bellos, machos que dejaron de competir y de aparearse, que no peleaban ni defendían territorio, tampoco cortejaban; simplemente comían, dormían y se acicalaban con una dedicación casi obsesiva. Su pelaje, impecable; su presencia, intacta; pero su conducta, completamente pasiva, como si la vida se hubiera reducido a mantenerse presentables mientras todo lo demás se desmoronaba alrededor.
Traducido a 2026, esos ratones bellos son ese humano fitness con rutina de gimnasio perfecta, barba perfilada al milímetro y tres aplicaciones de citas abiertas, pero cero intenciones de invitar a alguien a cenar dos veces seguidas. No compite porque el mercado es infinito. No corteja porque hay swipe ilimitado en Tinder. No defiende territorio porque su territorio es su teléfono con contraseña. Príncipes de alto mantenimiento y poco riesgo.
Y aquí la analogía deja de ser zoológica y se vuelve estúpidamente humana. No se trata de que los hombres ya no puedan. Se trata de que el entorno les ofrece una alternativa menos exigente que comprometerse y luchar por algo concreto. Igual que en Universe 25, donde la abundancia permitió vivir sin disputar nada, la abundancia digital permite existir sin elegir a nadie.
En el experimento, la colonia no colapsó por hambre ni por peste. Colapsó por desintegración conductual. Calhoun habló de la muerte del tejido social antes de la muerte biológica. Los cuerpos seguían vivos un tiempo, pero el sistema ya no.
No somos ratones. Y convertir ese experimento en profecía sería simplista. Pero no puedo dejar de preguntarme qué ocurre cuando un sistema elimina la escasez material, cuando ya no falta nada esencial… y, sin embargo, todo el mundo compite por lo mismo.
Desde 2010 hemos construido nuestro propio recinto de abundancia y, aunque no competimos por alimento ni por refugio, competimos ferozmente por atención; el teléfono ya no es solo un dispositivo, sino una puerta siempre abierta a un mercado de comparación permanente, donde el algoritmo no amenaza con depredadores, pero sí clasifica, ordena, prioriza y decide qué ves y cuánto tiempo lo ves, convirtiendo cada publicación en una medición pública, cada logro ajeno en una redefinición silenciosa de tu estándar y cada nuevo influencer en competencia potencial, todo dentro de un sistema que no duerme, no se detiene y no concede tregua, porque las redes, a diferencia de nosotros, no necesitan descansar nunca.
En Estados Unidos, los datos del General Social Survey muestran que el porcentaje de hombres jóvenes que no han tenido relaciones sexuales en el último año ha aumentado de forma sostenida. En gran parte del mundo desarrollado, la fertilidad está por debajo del nivel de reemplazo. La soledad aparece cada vez más como variable crítica en estudios de salud pública. Hay factores económicos, culturales, laborales. Pero vivir en exposición constante no es inocuo.
En Universe 25, el punto de quiebre no fue la falta de recursos, sino la densidad sin estructura. Demasiados individuos compartiendo espacio sin roles claros que canalizaran la energía social. Algunos respondieron con agresión. Otros con retirada.
Hoy la retirada no se ve como un ratón escondido en una esquina alta del recinto. Se ve como alguien con el móvil en la mano, respondiendo mensajes, reaccionando historias, pero evitando cualquier conversación que lo ate a algo concreto. Estamos conectados todo el día y, aun así, cada vez más solos en lo que importa.
El problema no es la tecnología en sí. Es el entorno que hemos normalizado. Calhoun mostró que un sistema puede cubrir todas las necesidades físicas y, aun así, deteriorarse si pierde estructura social. En su experimento, los ratones seguían vivos cuando el comportamiento ya estaba roto. El colapso no fue inmediato, fue progresivo.
En nuestro caso, el riesgo no es una desaparición súbita. Es que estamos dejando de practicar el compromiso hasta que se vuelva extraño. Medirlo todo —pasos, calorías, seguidores, ingresos— y no saber medir la calidad de nuestras relaciones. Optimizar la imagen y descuidar el tejido que sostiene una comunidad.



