Tetela del Volcán 

Desde que éramos niños, mi mamá tuvo la fortuna de conocer a alguien de Tetela del Volcán y ya nunca perdimos la relación con ese pueblo. De allí fue la nana de mi hermano menor, Gabriel, y durante décadas la casa de mis papás estuvo bendecida con la ayuda de amables, educadas y diligentes chicas tetelenses. En fechas recientes he vuelto a ver, ahora en sus casas del pueblo, a Carmen, a Gabina y sobre todo a Amada Hernández, respetables señoras ochentonas que yo conocí de niño o jovencito, cuando ellas eran graciosas adolescentes, y algunas crecieron con nosotros. Cuando ahora visito a Amada en Tetela, bromeo enfrente de la gente diciendo que fue mi nana, aunque lo cierto es que cuando la conocí yo tenía unos doce años y ella quizá dieciséis; era muy bonita y simpática, y no se le ha quitado.    

Hace unos 45 años, Irma Prado trabajó con mi mamá y cuando yo la visitaba, Irma practicaba con gran éxito los platillos que mi mamá le enseñaba a cocinar. Las vueltas de la vida suelen tenernos gratas sorpresas y una de ellas fue reencontrar a doña Irma (así la llamo ahora, aunque es menor que yo). Vivió con nosotros unos cuatro años acá en Cuernavaca, alegrándonos la existencia con su buen humor, excelente disposición y deliciosa cocina. Cada fin de semana doña Irma iba a su casa en Tetela y jamás regresaba el lunes con las manos vacías. Como su pueblo es un verdadero paraíso frutícola, nos solía obsequiar con aguacates hassfuertes y criollos (los de cáscara delgadita, que se come), con chirimoyas, tejocotes y duraznos –casi todo de su propia huerta-. También nos traía con frecuencia unos jugosos limones amarillos, que son de ese color desde que nacen; no es que estén pasados de maduros. Muy singular fue una sopa de halaches, especie de quelites silvestres cocinados con chilacayote y habas frescas, que disfrutamos alguna ocasión. 

A mi edad, no a diario aprendo cosas nuevas -¡y menos de comer!-, pero doña Irma me dio una sorpresa. Un lunes nos trajo unos aguacates que les llaman “salchicha”, pues en efecto son casi de esa forma alargada y delgada. Son unos aguacates ¡sin hueso!, rarísimos. Me explicó que se trata de un fenómeno que nunca sucede con los criollos o los hass, sino solo con los fuertes (son esa variedad de color verde que al madurar no se oscurece la cáscara, sino que mantiene el mismo color verde). En todo un árbol grande que acaso produzca diez o doce cajas de fruta al año, de pronto pueden nacer cuando mucho tres o cuatro aguacates salchicha. La pulpa es exactamente del mismo delicioso sabor que los demás aguacates normales y, en lugar de la semilla, tienen un pedacito de cutícula transparente, como un trozo de popote de papel encerado, aplanado, de un par de centímetros de largo. 

Cierto octubre falleció la mamá de doña Irma, ya muy grande, y por supuesto viajamos a Tetela para acompañar a la familia. En la sala de su casa la velaron 24 horas. No pudimos evitar, por ningún motivo ni pretexto, que nos dieran de comer; hubiera sido una descortesía de nuestra parte. No fue una deferencia únicamente para nosotros, sino que era igual para todos los que llegaron a dar el pésame a los deudos. 

El 1º de noviembre inmediato volvimos a Tetela. Se había colocado una “ofrenda nueva” en la misma sala de la casa de doña Irma, en recuerdo de su mamá, pues era el primer Día de Muertos posterior a su fallecimiento. Eso quiere decir que todos los elementos de la ofrenda eran en efecto nuevos, los estaban estrenando: ollas y cazuelas de barro, canastas y floreros, sahumerios y candelabros. Con la fotografía de la señora presidiendo la ofrenda, ésta era un hermoso y nutrido conjunto de flores –en primer lugar, cempasúchil, obviamente-, guisados y postres –el infaltable mole de guajolote, arroz y frijoles, tamales, calabaza en miel de piloncillo con cacahuates, tejocotes en almíbar-, fruta y muchas velas y veladoras. Cada persona o familia que llegaba a visitar la ofrenda llevaba como obsequio un cirio o un ramito de flores o un canastito de frutas y no podía retirarse sin comer algo; se les ofrecía de comer a la mesa, pero si no lo apetecían o no creían prudente aceptar, cuando menos tomaban un pan o una copita de mezcal. 

Nosotros sí comimos en forma: un caldo de guajolote (como doña Irma me consiente mucho, me puso el pescuezo en mi plato, conociendo mis gustos) y un mole colorado (el mío con la molleja), con tortillas que estaban echando a mano en el tlecuil (aunque tlecuil se refería en principio al fogón de tres piedras con el comal encima, ahora se usa el término para designar al pequeño cuarto, aislado de la casa, donde está ese fogón y que sirve solo para hacer las tortillas). Había frijolitos y tamales para quien quisiera. 

Al atardecer, vimos pasar por la calle a la Huehuenchada –ya típica de Tetela-, una divertida procesión con música y baile donde se mezclaban disfraces de la más diversa índole sobre temas generalmente fúnebres (pero no siempre), y por supuesto abundaban las catrinas. Máscaras y a veces excelentes maquillajes completaban el cuadro y hay que decir que esa simbiosis de Día de Muertos con Halloween no era desagradable, incluso con el aire carnavalesco donde todos iban bailando al ritmo de la música tropical. Al fin y al cabo, nuestras celebraciones de muertos son fiestas y puede cambiar al paso de los años el vestuario, la escenografía y hasta la liturgia, pero no el espíritu festivo ante el inevitable drama de la muerte. 

Imagen: Aguacates de Morelos FB

 

José Iturriaga de la Fuente