Cuando la ciencia nos devuelve la palabra esperanza 

Hablar de cáncer ya no es solo hablar de muerte; también es hablar de conocimiento, innovación y políticas públicas. Durante décadas, el cáncer ha sido una palabra incómoda, cargada de miedo y resignación. En México, y particularmente en Morelos, las estadísticas nos deben llamar la atención: es la tercera causa de muerte, miles de familias afectadas cada año y un impacto que rebasa lo estrictamente sanitario para convertirse en un problema social, económico y emocional.  

Sin embargo, como expone Antimio Cruz en su reportaje que publicamos más adelante, reducir la conversación al duelo colectivo sería injusto con una realidad que ha comenzado a transformarse de manera silenciosa pero sostenida. 

Las inmunoterapias marcan un punto de inflexión en la historia de la oncología. No se trata de una moda médica ni de una promesa vacía, sino del resultado de más de ocho décadas de investigación científica que hoy empieza a traducirse en vidas prolongadas, reducción del sufrimiento y, en algunos casos, remisiones completas de la enfermedad. Que más de la mitad de las personas diagnosticadas con cáncer en el mundo logren curarse en 2026 es la evidencia de que la ciencia, cuando se sostiene en el tiempo, rinde frutos. 

En este sentido, el balance presentado para Morelos obliga a una lectura cuidadosa. Por un lado, la ligera reducción en la tasa de mortalidad y la existencia de infraestructura pública especializada —como la unidad de oncología pediátrica del Hospital del Niño y el Adolescente Morelense— muestran que en nuestro estado no se parte de cero. Estos esfuerzos, muchas veces invisibles, merecen reconocimiento porque encarnan una política pública que apuesta por la equidad: atención gratuita, cercanía territorial y especialización médica. 

Por otro lado, persisten desafíos estructurales. La alta incidencia de cáncer de mama, cervicouterino y próstata, así como el crecimiento preocupante del cáncer de colon y recto, revelan que la lucha contra el cáncer debe empezar antes de llegar al hospital con prevención, buenos hábitos alimenticios, detección oportuna. 

El dilema de las inmunoterapias no es su eficacia, sino su acceso. Medicamentos innovadores, desarrollados fuera del país y con costos elevados, colocan a los sistemas públicos de salud ante decisiones complejas. Sin una política clara de financiamiento y priorización, la innovación corre el riesgo de quedarse fuera del alcance de la mayoría. 

Aquí emerge uno de los puntos más esperanzadores del panorama: el desarrollo de ciencia propia. Que en Morelos existan grupos de investigación —como el del CICATA-IPN en Xochitepec— trabajando en terapias celulares e inmunológicas es motivo de orgullo, y una señal para el país. Apostar por investigación nacional significa reducir costos, formar talento, generar soberanía científica y, sobre todo, democratizar el acceso a tratamientos de vanguardia. 

Bob Marley: la música no solo es ritmo 

En una época saturada de ritmos desechables, recordar a Marley es recordar que la música también puede ser conciencia. 

No deja de ser sintomático que el aniversario 81 del nacimiento de Bob Marley coincida con un espectáculo de medio tiempo del Super Bowl encabezado por una figura central del reggaetón contemporáneo. La comparación, como señala Daniel Martínez Castellanos, no solo es injusta: es reveladora. No se trata de una batalla entre géneros musicales sino de una diferencia profunda en el sentido cultural de la música. Mientras Bob Marley concebía cada canción como un acto político, espiritual y ético, buena parte de la música dominante hoy parece conformarse con ser un acompañamiento para el olvido. 

Marley murió joven, a los 36 años, pero dejó una obra que desborda su tiempo. No fue un artista del entretenimiento ligero, sino un creador que entendió la música como herramienta de emancipación. Su reggae no buscaba anestesiar conciencias, sino despertarlas. En ese contraste con la música diseñada para el consumo inmediato se juega una discusión más amplia sobre qué tipo de cultura estamos promoviendo y celebrando. 

Daniel Martínez recuerda que la biografía de Bob Marley es inseparable de su obra. Su origen humilde, su condición de mulato en una sociedad atravesada por el racismo y su cercanía con el pensamiento rastafari moldearon una propuesta musical que hablaba, sin rodeos, de marginación, injusticia y resistencia. En Marley no había pose: había experiencia. 

Cuando Jamaica se hundía en la violencia política de los años setenta, Marley eligió un camino valiente: cantar por la paz sin renunciar a la denuncia. El atentado que sufrió en 1976 y su decisión de subir al escenario dos días después, herido, para cantar en el Smile Jamaica, sintetizan su ética: la música no se suspende cuando el mundo se rompe; se vuelve más necesaria. 

El impacto técnico y estético de Bob Marley es perdurable. Su reggae atraviesa  géneros y generaciones. De Eric Clapton a Lauryn Hill, de The Clash a Alicia Keys, la huella de Marley se escucha en artistas que entendieron que la música popular puede ser sofisticada sin perder raíz ni mensaje. 

Pero su influencia va más allá de lo sonoro. Marley es uno de los pocos músicos cuya obra se convirtió en banda sonora de movimientos sociales: derechos civiles, lucha contra el apartheid, descolonización africana, defensa de los derechos humanos. Get Up, Stand Up no es una canción de fondo: es un llamado directo a la acción, adoptado incluso por organizaciones como Amnistía Internacional. 

Traer a Bob Marley al presente no implica negar otros géneros ni adoptar una postura moralista frente a la música contemporánea. Implica, más bien, preguntarnos qué estamos dispuestos a aceptar como cultura dominante. En los tiempos del streaming donde la industria premia lo efímero, Marley nos recuerda que la música puede ser profunda sin ser solemne, popular sin ser banal, política sin perder humanidad. 

LA JORNADA MORELOS