
Elsa Sanlara
Durante mucho tiempo pensé que el odio en redes sociales era algo ajeno. Un ruido de fondo. Algo que les pasaba a otros. A los que viven de pelearse, a los que parecen levantarse cada mañana con ganas de insultar a un desconocido. Yo lo miraba desde lejos, desde mi cuenta de Instagram, como quien ve llover detrás del vidrio. Gente enojada, algoritmos cebando bronca, polarización convertida en entretenimiento. Todo muy abstracto. Todo muy lejano.
Hasta que dejó de estarlo.
Hace unas semanas publiqué algo con tono político. Cosa rarísima en mí. Me pronuncié contra el régimen de Nicolás Maduro y celebré su detención. Así, a calzón quitado. No desde una pose ideológica ni desde una identidad política que no me pertenece, sino desde un lugar mucho más personal.
Tenía diecisiete años cuando conviví durante un año con atletas cubanos, durante mi paso por el Comité Olímpico. No fue una experiencia épica ni militante. Fue cotidiana. Desayunos compartidos, sobremesas largas, horas en la sala de fisioterapia. Ahí escuché historias que no salen en los documentales. Historias dichas en voz baja, con cuidado, como si las paredes también tuvieran oídos. Escasez normalizada. Miedos aprendidos. Ausencias que no se explicaban. Atletas que un día ya no estaban porque habían robado su pasaporte y huido. Nadie preguntaba demasiado. Nadie decía nada.
Recuerdo juntar jabones, shampoo, té, cosas básicas. Cosas que para mí no eran nada y para ellos eran un pequeño tesoro. Guardarlas para que pudieran llevarlas cuando volvieran a Cuba. Nunca lo viví como caridad ni como activismo. Era algo más primario. La reacción automática frente a algo que me parecía injusto hasta lo obsceno. Nunca entendí cómo a un pueblo entero se le podía pedir lealtad —y casi veneración— por vivir así.

Unos años después emigré a Estados Unidos y fueron venezolanos los que me abrieron la puerta. Literalmente. Me hicieron lugar en sus casas, en sus mesas, en su vida cotidiana. Me hice amiga de ellos sin saber que con el tiempo también me volvería testigo. Con ellos entendí lo que es perder un país sin dejar de amarlo. Escuché historias de familias rotas, de proyectos truncados, de gente que se quedó y de gente que no pudo quedarse. Nada épico, pero todo brutalmente normal.
Por eso hablé en Instagram. Por eso, a pesar de que casi nunca escribo de política en redes, ese día lo hice. No por provocación ni por ganas de discutir. Hablé porque no celebrar ya no se sentía como prudencia, sino como una forma discreta de traición. A todo lo vivido. A todo lo escuchado. A esas historias que uno carga incluso cuando no son propias.
Ese mismo día llegó el odio a mi inbox.
No llegó en forma de argumentos ni de desacuerdos honestos. Llegó como insulto. Ordinario, vulgar y violento. Mensajes distintos, pero todos con el mismo tono. No respondían a lo que dije. Reaccionaban a lo que toqué. Contesté a todos con la misma pregunta: “¿Por qué me insultas? ¿Estás dispuesto a dialogar?”. Nadie respondió con ideas. Todos siguieron insultando o me bloquearon. Ahí me quedó claro que el odio no tenía que ver conmigo, tenía que ver con su herida.
El odio político en redes no nace del pensamiento crítico. Nace del cansancio, de la infelicidad, del miedo, de la sensación de pérdida. De haber apostado durante años a una idea política y empezar a sospechar que no salió como se prometió. Del terror a revisar la narrativa propia.
Eso es el resentimiento. No lo digo como insulto, sino para explicarlo como estado emocional. El lugar al que llega quien se siente superado por la realidad durante demasiado tiempo y ya no puede reconocerlo sin quebrarse. Entonces la impotencia deja de ser un límite y el fracaso se vende como resistencia al “imperio” y se disfraza de soberanía.
El resentido rara vez dice “no puedo”. Dice que el mundo está mal hecho. No acepta que algo lo supera; se convence de que no piensa rebajarse a intentarlo.
Por eso el odio es tan violento y tan pobre al mismo tiempo. No busca dialogar, busca defender una identidad. Porque si lo que se nombra es cierto, el relato se cae. Y cuando eso pasa, no queda nada a qué aferrarse.
Friedrich Nietzsche lo explicó hace más de un siglo, explicaba que cuando no se puede actuar, se juzga. Cuando no se puede crear, se desacredita. Cuando no se puede cambiar la realidad, se cambia el nombre de las cosas. No por maldad, sino para sobrevivir.
Esto no lo vi solo en Cuba o en Venezuela. Lo estoy viendo en México. Y lo digo con mucha tristeza. Y no está pasando de golpe, ha ido pasando poco a poco.
Primero cambian las palabras. Ya no hay violencia, hay “bienestar”. No hay narco-Estado, hay “retos heredados”. Luego llegan las cifras maquilladas, las gráficas optimistas que no coinciden con la calle. Después, las excusas diarias, que todo es culpa del pasado, que criticar “es hacerle el juego a la derecha, a los fifís”, que hay que tener paciencia. Y así, bajo la continuidad que promete el gobierno actual, seguimos culpando al anterior de todo lo que el presente no puede—o no quiere—enfrentar.
Escucho frases que ya conozco de memoria: “sí, está mal, pero antes era peor”, “no es ideal, pero al menos ya no gobiernan los otros”, “no critiques tanto porque ayudas al enemigo”. No es pensamiento crítico. Es resignación, es rendirse sin decir que te rendiste.
El gobierno de izquierda en México no se sostiene solo con votos o programas sociales. Se sostiene con un estado emocional colectivo. Con la idea de que exigir resultados es traicionar una causa. De que señalar errores es ponerse del lado incorrecto. De que la lealtad a un partido político importa más que la realidad.
Así empezó en otros países. Nunca arranca con una represión abierta. Arranca con justificación, con tolerancia a la corrupción, al enriquecimiento ilícito de los políticos, al crimen organizado, con ciudadanos cansados, sumidos en la pobreza extrema, en un estado de violencia y miedo, que prefieren no exigir.
El resentimiento es cómodo. Te quita responsabilidad y, lo más peligroso, te regala identidad, tribu y sentido de pertenencia. Exigir, en cambio, cansa, incomoda y a veces te deja solo. Por eso el odio aparece cuando alguien rompe el silencio y desafía lo establecido.
No escribo esto para quejarme del hate. El hate es ruido y forma parte del paisaje. Lo preocupante es que ese resentimiento no se queda en redes: se filtra en la conversación pública, en la política, en una sociedad cansada que empieza a preferir las mentiras cómodas de los políticos de turno antes que exigir verdad y cambio.
México todavía está a tiempo. Pero el cambio no se crea de la nada: se defiende. Con incomodidad, con exigencia, con ciudadanos capaces de decir “esto no está bien”.
Cuando el resentimiento se vuelve identidad, dejar de mejorar, deja de doler. Y en ese punto, el poder ya no necesita imponerse, porque siempre habrá quien lo justifique en nombre de una causa.
Entonces la pérdida del país deja de vivirse como un problema que hay que corregir y pasa a verse como algo normal, justificable, incluso correcto. Ahí es donde empieza a perderse un país. No de golpe, sino cuando sostener una identidad política resulta más importante que enfrentar la realidad.
Y a veces —aunque cueste admitirlo— perder esa identidad política da más miedo que perder un país.

Foto: Archivo (2017) EFE

Foto: Archivo (2017) AFP

