
Sesenta años después
(primera parte)
José N Iturriaga de la Fuente
Cuando Emiliano regresó de estudiar un semestre en Australia debido a un intercambio del Tec, donde estudiaba Ingeniería en Desarrollo Sustentable, y nos platicaba de un viaje que pudo hacer desde allá a Indonesia, recordé un viejo diario que escribí de adolescente, cuando regresaba de Moscú a México, después de vivir casi un año en la capital soviética, donde mi padre era diplomático mexicano. Encontré la libreta manuscrita y se la presté a mi hijo, pues allí aparecía Indonesia. Cuando me la devolvió, me despertó la curiosidad y la leí, después de ¡cincuenta y dos años! Ahora, sesenta años después, reviso esas líneas.
En efecto, mi diario va del martes 28 de diciembre de 1965 al miércoles 26 de enero de 1966 y en él relato mi viaje por la India, Tailandia, Singapur, Indonesia, Filipinas, Hong Kong (que aún era colonia inglesa), Japón y Hawái. Emiliano me hizo ver que había numerosas referencias a comida, de manera que a continuación extraigo los fragmentos respectivos y aclaro que no hice ninguna corrección a ese texto que escribí recién cumplidos diecinueve años.
En la India, en Delhi: “Voy a la Embajada y conozco a Octavio Paz; me arreglan visas para Malasia y Filipinas. Como en el restaurant Moti Mahal, en Daryaganj Road, Old Delhi; un pollo rostizado entero, color rojo, con sabor a cabrito; un arroz con especias, medio dulzón; en otro lugar comí una golosina callejera: una hojita fresca, hecha taco con varios polvitos y especias, y con cuatro líquidos diferentes; esto no se come, sino que se mastica como chicle y es fortísimo de sabor; parece que es muy digestiva y proporciona buen aliento”.

“El pueblo es paupérrimo; vacas asquerosas por todos lados que se alimentan en los parques públicos y en los mercados (recordar que son animales sagrados que nadie puede maltratarlos ni negarles nada).”
“Me hago de un amigo hindú en el YMCA que me lleva a pasear por Old Delhi. Me lleva a su casa: familia de clase media pobre, su padre es fotógrafo, casa pequeñita; su madre cocinaba en el suelo, en medio de un cuarto que podía ser sala o recámara. Me dieron un arroz con perejil y un jugo de betabel; de postre unos dulces de leche.”
“Visitamos el templo hinduista sij de Chandni Chowk; tengo que cubrirme la cabeza y lavarme pies y manos en un lavadero público antes de entrar, rito que es imprescindible.”
“Tomamos una bicicleta triciclo, y es impresionante ver el esfuerzo inhumano y sobrehumano del ciclista… ¡y nosotros sentados atrás de él, viéndolo pedalear! Cenamos en un restorán vegetariano.”
En Agra: “Una limosnera estiraba un hueso forrado de piel, que era la manita de un hijo que llevaba en brazos; me dejó meditando mucho tiempo, aterrado frente a tanto sufrimiento; ¡es espantoso!, ni siquiera es posible comparar con el más pobre de los países árabes”.
“Los hindúes no comen vacas porque su religión les prohíbe matar; bello concepto, ¿no?, pero terrible económicamente. Amasan el excremento de dichos animales con las manos, haciendo tortillas que ponen a secar para después usar como combustible.”
En Bangkok, Tailandia: “Como en un restorán típico; dos cosas formidables, que, aunque no muy sabrosas, sí de una finura exquisita: sopa de pajarillos, que era una crema que solamente en mi plato contenía una docena de pajaritos, y una fritura de pez-gato con muchas especias y chile”.
Durante el vuelo de Bangkok a la capital indonesia: “Nos avisaron que el aeropuerto de Djakarta estaba en estado de sitio por haberlo tomado los revolucionarios que se levantaron en Indonesia el 30 de septiembre, por lo que tuvimos que aterrizar en Singapore, a costas de la compañía de aviación. Llegamos en la noche con un calor fenomenal (recordar que está exactamente en el Ecuador); conozco al profesor Mr. Nick Rice, norteamericano que trabaja en Indonesia y que va en el mismo vuelo que yo, rumbo a Djakarta. Salimos a pasear: bebemos unos jugos de caña, otras aguas parecidas a la horchata, unas frutillas llamadas rambután, y unas especies de shaslik (en ruso), o agujas de carne asada”. Al día siguiente continuamos el viaje a Indonesia.
Por mi diario recordé todas las gentilezas que ese generoso y efímero amigo, Nick, de unos cuarenta años, tuvo conmigo. A unas cinco horas de Djakarta, en automóvil, me invitó a su casa en Bandung, otra ciudad indonesia:
“En la noche realizamos una tour gastronómica sui géneris; primero vamos a un restorán estilo Sumatra, donde lo sobresaliente fueron unos pulmones estilo chicharrón. Seguimos a un restorán chino, donde rematamos con chop suey, pescado en salsa dulce y unas como empanadas de carne.”
Continuará


