
Asia, a 60 años (segunda parte)
A mis diecinueve años, tuve la oportunidad (gracias a la generosidad de mis padres) de hacer un viaje a Oriente, de regreso de Moscú (donde ellos vivían) a México. En un vuelo conocí e hice amistad con el profesor Nick Rice, norteamericano que trabajaba en Indonesia y que iba, igual que yo, rumbo a Djakarta. En esa capital, me invitó y fuimos a su casa en Bandung, a cinco horas en auto. Del diario que escribí en ese viaje, tomo textualmente los siguientes párrafos escritos hace sesenta años; destaca la esplendidez y gentileza de Nick.
Una noche, después de una verdadera tour gastronómica exótica: “Terminamos en la casa, con licor de cacao y cigarros con especias, de profundo aroma y sabor. Interesantísima plática sobre comidas y bebidas; la más notoria, el ‘feto deer whisky’: un feto de venado, directamente de la matriz de la madre a un barril con whisky; se deja fermentar, y sólo se le va añadiendo whisky conforme se va consumiendo; el mismo feto puede durar hasta ¡veinte años!, siempre y cuando nunca le falte el whisky.” Hoy, ya no me acuerdo dónde se hacía ese licor, y mi ChatGPT no me sacó de apuros (cosa rara, generalmente se las sabe todas). ¿Sería un invento indonesio con whisky importado?
Al día siguiente, “bajo la influencia de la plática de anoche, fui con el buen Jul (el chofer) a comer perro; sí, perro. Fue en un restorán de [estilo] Sumatra, isla en la que se acostumbran esos guisados caninos. Engordan al animal con arroz, y después le dan matarili, haciendo diversos platillos y sopas. Desgraciadamente no fuimos a un buen restorán, por lo que no fue de lo mejor el lunch; era una especie de carne mechada con especias, y aunque no me disgustó el sabor, me dio asco la cochina fonda. Parecía carne de res, y al menos era fresca, según me tradujo Jul (él habla inglés, dutch e indonesio), ya que anoche mataron al dogo, y deduje de algunos huesos que vi, que sería de proporciones respetables”. Hace poco publiqué, en otro artículo en estas mismas páginas, que fui a ese restorán con un taxista; ya se ve que la memoria falla, sobre todo sesenta años después…
Mi anfitrión puso un vehículo a mi servicio: “A la una pasa por mí a la casa una camioneta para llevarme a Djakarta; emotiva despedida con Nick, André y Jul. La camioneta es como un pequeño ‘flecha roja’; en el camino me como un elote cocido a la mexicana, muy popular por acá”. Supongo que André era su esposa, pero la verdad no me acuerdo.
En Filipinas: “Voy en un autobús a la provincia de La Laguna, al pueblo de Pagsanjan; está como a 110 kms de Manila. Como en un restorán al lado del río (especie de balneario); me acabo un pollo frito entero. Al regreso a Manila descubrí en una tiendita que aquí también hay chicharrón de puerco, y le llaman por ese mismo nombre. Respecto a los mangos de Manila y el papel ídem, en esa ciudad no los llaman así, y respecto a este último, se usa bastante poco”.

En Hong Kong: “El paisaje urbano es típicamente chino: calles angostas cuyos edificios parecen caerse de tantos anuncios luminosos que cuelgan de ellos; ropa tendida de un edificio a otro, bastante suciedad, y en general, un ambiente tenebrosón que circunspecta y emociona”.
“Ceno una comida cantonesa maravillosa: pato con piña al horno, y noodles, unas como pequeñas raíces con multitud de mariscos y carnes.” Ahí no fui claro: los noodles son una pasta que puede ser de arroz o de trigo; deben haber estado combinados con algún vegetal, ¿quizás soya germinada?
En una tour que tomé en Hong Kong: “Terminamos en el pueblo de pescadores llamado Aberdeen; varios miles de chinos viven permanentemente en sus barcazas inmóviles y apresadas unas contra otras en una pequeña bahía; esas son sus casas, porque además tienen otra barca en la que salen a pescar”.
“Me hice amigo del guía, quien se ofreció amablemente a llevarme a un restorán ‘especial’, como él mismo lo denominaba; en efecto, lo invité a cenar en una barraca china un delicioso guiso de víbora, preparado a manera de potaje espeso, con carne y especias. El sabor de la culebra es finísimo, casi insípido, y su textura y forma es muy similar a la de la médula. Las víboras las traen diariamente frescas de la China comunista.”
Leer mi diario y revisar estas notas sesenta años después es un verdadero viaje a través del tiempo… Darme cuenta de que prácticamente no me acordaba de ningún detalle es una evidencia de mis casi ochenta años. Es obvio que estoy más cerca del final que del inicio.

