
Mariscos frescos y latería reconfortante (Segunda Parte)
Con mi hijo Emiliano recorrí en auto la península de Baja California, hace ya algunos años. Visitamos la Isla del Espíritu Santo, en el Mar de Cortés, buceamos en Cabo Pulmo, anduvimos por la zona de Los Cabos, fuimos en lancha al arco de Cabo San Lucas y al nostálgico centro histórico de San José del Cabo; disfrutamos Todos Santos con su regusto hippie, la paradisíaca región de Mulegé, las misiones de Loreto y Santa Rosalía y, en este puerto, la centenaria panadería El Boleo. Estuvimos en las salinas más grandes del mundo, las de Guerrero Negro, conocimos Bahía Tortugas, Punta Eugenia, la Playa Malarrimo y la Isla Natividad. En el Mercado Negro de Ensenada compramos manos de cangrejo que, con limón y sal, nos comeríamos después en uno de los miradores más impresionantes de La Rumorosa.
Mas he dejado para el final del recuento las pinturas rupestres de la Sierra de San Francisco, en territorio sudbajacaliforniano. Después de más de dos horas en auto desde Santa Rosalía por un buen pavimento, siguen doce kilómetros de brecha (no terracería, sino un camino pedregoso donde podría irse más rápido a pie que en coche) que toman casi un par de horas adicionales. Allí comienza el descenso de cinco horas en mulas, una para cada persona, y un burro para la carga. Éramos el guía, Emiliano y yo con casa de campaña, sleeping bags y bastimentos para tres días en los que la temperatura ambiente superaba los 40º al mediodía. Acampamos en el fondo del cañón y logramos visitar los cinco sitios arqueológicos más interesantes: La Pintada, Las Flechas, Los Músicos, La Soledad y Boca San Julio. Son pinturas sobre la roca, algunas enormes, de 10 mil años de antigüedad realizadas con tintes minerales que muestran hombres y animales: venados, borregos cimarrones, berrendos, zopilotes, águilas, ballenas, con predominancia de los colores rojo y negro y a veces amarillo y blanco. Lo imponente del entorno natural y cultural se magnificaba por la absoluta soledad en un lugar tan alejado de la civilización, pues como fuimos en verano, que no es temporada por los elevados calores, fuimos los únicos visitantes en esos tres días. Sólo vimos en ese lapso a un rebaño de cabras pastoreado por una anciana más ágil que nosotros.

Como es una reserva ecológica y arqueológica declarada patrimonio de la humanidad desde 1993, no puede prenderse fuego. Fueron tres días en que estuvimos comiendo pan (de El Boleo), fruta, cacahuates, latas y todo con agua, no había más. El último día ya no teníamos tanto surtido para escoger y nos supieron deliciosas, así, solitas, unas latas de sardinas en tomate, de atún, de elotes, de chícharos y de ejotes. Unas de salchichas dizque de Viena estaban horrorosas y se las acabó comiendo el perro del guía.
Tiempo después, platicábale a Luis Torregrosa los pormenores del viaje con mi hijo cuando comenzamos a rememorar el que habíamos realizado nueve amigos, por ruta similar, hacía unas cuatro décadas, y nos dio un escalofrío cuando notamos que ya solo quedábamos cinco de aquellos viajeros. Para recorrer de La Paz a Tijuana alquilamos dos VW Safari y fueron divertidísimos esos días de asueto (de reventón, dirían hoy los muchachos…). Ahora, en el recuento de los participantes, ya solo quedamos cuatro; no sobreviven Heinz von Wobesser, Luis Latapí, Nacho Vázquez, Jorge Márquez ni el propio Luis. Quedamos Miguel y Beto García Mora, Virgilio Botella y yo. Y solo andamos setenteando…
Metidos en tan fúnebres cavilaciones, me dijo Luis (quien era un apasionado y gran conocedor de la fiesta brava):

—Por cierto, Pepe, creo que nunca te he dicho cuál es mi última voluntad. Quisiera que me incineraran y que un puño de mis cenizas se arrojara en la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid, y otro en La Maestranza, de Sevilla. —Cuando algo iba a agregar mi amigo a sus postreros deseos, opiné, con el mayor comedimiento que pude:
—No sería malo, Luisito, que, para garantizar el cabal cumplimiento de tus disposiciones, fondearas tu testamento (o sea, dejar financiadas las acciones previstas).
Con el florido lenguaje que a veces utilizaba Luis, por cierto, que de manera muy graciosa, me respondió:
—Óyeme recabrón, entonces lo que iba a agregar de la plaza de Lima ya valió madres…
A la lectura de las anteriores páginas en manuscrito que le envié, Emiliano me escribió: “¡El relato de Baja me gustó mucho! Pero te faltó detallar que ese manjar de manos de cangrejo frente a las impresionantes vistas de La Rumorosa casi me manda al hospital, primero por la insolación y luego por la intoxicación”. Ante su injusticia, le respondí: “Con la insolación estoy de acuerdo, estaba gruesísimo el sol, pero no le achaques al finísimo crustáceo recién capturado tus indisposiciones gástricas más debidas a que eres un tragaldabas irredento como tu padre, pero sin la depurada experiencia (estomacal) de él”.


