

El fin del orden mundial: algunas reflexiones desde la biología de conservación.
Vivimos un momento histórico marcado por crisis simultáneas: climática, económica, social y política. El orden mundial vigente, cuyos fundamentos se establecieron tras la Segunda Guerra Mundial y bajo la hegemonía estadounidense, ha entrado en una crisis profunda. Esta crisis se explica, en buena medida, por el avance de la multipolaridad y los procesos de desglobalización. Las señales son bastante claras y preocupantes, la perplejidad mundial ante un genocidio, la pérdida de funcionalidad de la ONU y la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense publicada a finales del 2025 que establece el «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe.
En el plano ambiental, mientras el hegemón en crisis desdeña instituciones como la Organización Mundial de la Salud, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, los incendios forestales y sequías se intensifican, las lluvias extremas provocan desastres, los conflictos por el agua aumentan y la sensación de incertidumbre se instala en la vida cotidiana. Ya no se trata de escenarios futuros, sino de una realidad que atraviesa territorios, ciudades y comunidades. El orden mundial basado en reglas se disuelve en el contexto de cambio climático.
En este contexto, los mensajes que recientemente lanzó el exbanquero y primer ministro canadiense Mark Carney en el foro económico de Davos, resuenan con fuerza: “Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal”, “El mundo ha cambiado y los países deben dejar de fingir que el viejo orden sigue funcionando”, “Ya no vivimos en un sistema global estable y predecible”. Frente a este escenario, la pregunta no es si habrá crisis, sino qué tan preparados estamos para enfrentarlas. La seguridad económica, social y ambiental ya no puede darse por sentada, menos aún en los países del sur global.
No pretendo abordar aquí los elementos políticos y económicos del discurso, pero sí considero relevante relacionar dos elementos mencionados por Carney: el fin del orden mundial actual, la construcción de uno nuevo y el papel preponderante que tendrá la naturaleza en esa nueva realidad.
Sobre la inestabilidad mundial y su futuro poco predecible mencionó “es más ventajoso invertir colectivamente en la resiliencia que construir cada uno su propia fortaleza”. En este sentido, los ecosistemas que sostienen la vida cotidiana son uno de los elementos más olvidados pero más decisivos. Hoy sabemos que son infraestructura natural crítica que cuya conservación, manejo y restauración ayudan a proveer agua, reducir inundaciones, amortiguar sequías, conservar biodiversidad y ofrecer espacios de bienestar y encuentro social.

Por ello, bajo un enfoque de gestión y manejo sustentable, la biodiversidad debe ser considerada prioritaria para la estabilidad económica y entender que su protección no es un costo ambiental, sino una política de estabilidad ante el escenario actual de coerción económica y desequilibrio global. Por ello, nuestros ecosistemas son una de las mejores oportunidades que tenemos para enfrentar un mundo en crisis, desde lo local y con visión colectiva. Protegerlos y restaurarlos no debe considerarse opcional sino una estrategia básica de sobrevivencia debido a su capacidad de proveer servicios, riqueza, empleos, resiliencia y bienestar en un mundo cada vez más inestable.
Desde un punto de vista constructivo, este momento de ruptura global no debe leerse solo como una amenaza, sino también a manera de una oportunidad histórica. Cuando los viejos equilibrios (que tradicionalmente beneficiaban a los más poderosos) dejan de funcionar, se abre el espacio para construir algo distinto: un nuevo orden basado no en la fuerza, sino en valores compartidos como la cooperación, la honestidad, la sostenibilidad y el respeto por la vida. Como lo menciona Carney, los países y las sociedades que no son potencias hegemónicas tienen aún una enorme capacidad: la de actuar con claridad, nombrar la realidad y fortalecer sus bases desde casa.
En lo local, esto se puede traducir en reconocer a la biodiversidad como parte esencial de nuestra seguridad y nuestro futuro como país. Cuidar bosques, selvas, ríos, barrancas y territorios no es un gesto simbólico: es una forma tangible de sentar las bases de un modelo más justo, resiliente y humano para las generaciones que vienen. Como advierte Mark Carney: “Aceptemos plenamente el mundo tal y como es, sin esperar a que se convierta en el que nos gustaría ver”.
*Victor Hugo Flores-Armillas (@victor.bios). Centro de Investigaciones Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.

