Podría contar por decenas y centenas los casos de parricidio o matricidio en el marco de familias monstruosas donde cobra pleno sentido el chiste que dice que los varones mexicanos, enquistados en la casa paterna, se creen como Cristo: a los 33 años siguen en el hogar que los vio nacer, creen que su madre es virgen y se sienten divinos. Pero el caso no se limita a México, tal y como nos lo demuestra la obra El Adiós de la dramaturga y actriz belga Mireille Bailly que ha traducido y dirigido el franco-mexicano Boris Shoemann en el Teatro Santa Catarina de la UNAM con un elenco poderosísimo: Alejandro Calva, Esther Orozco (muy conocida en los escenarios morelenses), Pilar Boliver, Constantino Morán, Fernando Bueno y Emmanuel Pavía. La escenografía e iluminación es de Anna Adrià Reventós, el diseño sonoro de Alejandro Preisser y el vestuario de Trama & Drama con diseño de la gran Estela Fagoaga. Es decir, esta producción de Los Endebles y Teatro UNAM reúne un grupo creativo increíble con un resultado portentoso y digno de prolongarse en varias temporadas eludiendo el vicio nacional ya enquistado de estrenar y tirar la producción al cabo de breve tiempo porque hay que ir de montaje en montaje como de liana en liana como tarzanes eunucos. Esta puesta en escena requiere ser vista por muchos públicos. Debiéramos reaprender a cuidar los éxitos, costumbre perdida ante el vértigo de producir por producir y ante la escasez de espacios escénicos de la ciudad de México (y el país).

Con El Adiós estamos ante un texto hilarante, sí, lleno de humor negro, bizarro, prácticamente escatológico, que sin embargo exige mucho de un espectador no acostumbrado a lo minimalista y repetitivo. Mi sensación al final es que la pieza “podría ser más breve” pero, reflexionándolo mejor, habría que saborear lo que a cada repetición se añade. Porque la reiteración, en esta obra siempre viene con variantes y con adiciones que van creando el mundo asfixiante de la codependencia entre los miembros de esta familia en donde cada noche a las 19 horas, a la hora de la cena, el hijo de 31 años anuncia que se va de casa al fin, que se desprende del capullo, aunque vistiendo el traje del padre que le viene grande y la maleta vieja de su madre. Una repetición heredada de aquella obra tatarabuela que es Esperando a Godot donde cada tanto Vladimir y Estragón habrán de preguntarse qué hacen ahí para responderse que esperan al tal señor Godot que nunca ha de llegar.

Las repeticiones en las cenas cotidianas de esa familia, disfuncional como todas (mi reino para quien me presente a una funcional), llegan a su clímax cuando en el estira y afloja de los padres de querer que se largue el hijo y al mismo tiempo retenerle, éste anuncia que se va con otro chico, con un hombre, ante la insistencia de la madre de nombrar como una ella al recién descubierto amor de su nene en otro varón. La llegada de la familia adinerada del pretendiente, vestido de novia, enloquece aún más la situación pues previamente, en los cortes entre escena y escena, la madre ya ha aparecido con un cuchillo enterrado en el pecho y el padre con un tiro de gracia en la frente y continúan tan campantes. De hecho, los padres de ambos novios compararán sus mutuos orificios de bala como si nada.

Este estupendo trabajo de texto, puesta en escena, actuaciones, diseño de los creativos en El Adiós cala muy hondo en la enfermedad de las familias y la codependencia desde un absurdo bizarro y surrealista que es imposible no lo haga a uno desternillarse (me encanta esta antigualla de lenguaje) de risa. Desnuda la brutalidad de las relaciones, el clasismo, el racismo, la homofobia, la sobreprotección y, al mismo tiempo, la educación torcida que crea hijos dependientes a punta de instalar en su inconsciente una minusvalía atroz. Este gran trabajo teatral es una perla que debe viajar a festivales, claro, pero también debe cuidarse para que más públicos, diversos, accedan a él. Enhorabuena a sus creadores.

JAIME CHABAUD MAGNUS