

Los últimos días de este viaje interminable
Para Salvador Arriola, amigo ya para siempre
Los dos días finales fueron redondos, no se podía pedir más que el placer de caminar, comer y reír con gente querida. Ese martes 7 de octubre desayuné en el bar más cercano a nuestro departamento, situado en el barrio Pacífico. Como despedida y para recordar los almuerzos de este viaje esa mañana pedí algo serio, es decir, nada ligero: “Póngame un revuelto de morcilla de Burgos”, le dije al camarero. Todavía saboreando el desayuno me senté en la banca de la parada a esperar el autobús que me llevaría a La Cibeles para cumplir una cita con Ciro Murayama a quien le había pedido conocer su oficina y después irnos a comer juntos con otro gran amigo. Revisé con cuidado la línea del autobús que debía tomar; al ver la ruta en el cartel que anuncia los trayectos me sorprendieron los nombres de dos paradas: la tercera en donde se detuvo el autobús era “Pablo Neruda”, y algunas más adelante la parada se llama “Rafael Alberti”, lo que me hizo bromear con Ciro, pues recordando los nombres de la paradas, al verlo le dije: “¡No sabes a quiénes me encontré en el camino!”.
Bajé del autobús en la estación final de esa línea, en Plaza de Cibeles, e iba caminando por la avenida en busca de la calle del Barquillo, donde se encuentra la representación de la UNAM en España, cuando escuché a los lejos una voz que gritaba “¡Biólogo!”. Era Ciro quien llegaba andando a la oficina de la cual es director y, riendo, me dijo: “Te reconocí a la distancia no por tu caminar encorvado sino por tu inconfundible sombrero rojo”. Me propuso que recorriera el barrio por esa calle, ya que él tenía trabajo que hacer antes de la hora fijada para nuestra cita. El recorrido estuvo genial, pues encontré por sorpresa la Librería Taschen de la que solamente conocía sus maravillosos libros de arte, sobre todo de pintura. Como si estuviera en un museo, y aunque el lugar no es muy amplio, pasé más de una hora admirando y hojeando sus libros, pero no sólo aquellos sobre los grandes pintores, sino que admiré también otras obras de la editorial, una sobre Marilyn Monroe y otra, fantástica, de Charlie Chaplin.
Desde la librería solamente tuve que caminar algunas cuadras para regresar a la sede de la UNAM, la cual se encuentra albergada junto al edificio del Instituto Cervantes. En su oficina, sencilla, pero en donde se generan importantes proyectos de vinculación entre nuestra universidad y el mundo académico y cultural de España, Ciro me explicó detalladamente algunos de esos proyectos que me emocionaron, como el de la relación con la Universidad de Granada. Esto fue antes de irnos a nuestro encuentro con Salvador Arriola quien había propuesto tomar el aperitivo en La Venencia, una clásica taberna andaluza cuya especialidad son los amontillados, los finos y las manzanillas.
Antes de entrar al lugar Salvador —en cuya puerta ya nos estaba esperando— me hizo leer una placa que está enfrente del bar y de la que aquí comparto algunos fragmentos: el título dice “Gran Hotel Inglés. Hotel más Antiguo de Madrid” (inaugurado en 1886). A continuación, se lee: “Disfrutaron de este ilustre lugar literatos de la talla de Virgina Woolf, Valle Inclán, Galdós e incluso el pintor Henri Matisse […]”. Con esa sorprendente imagen entré a tomar mi copa de amontillado en La Venencia para después caminar al Luarqués, un restaurante asturiano fantástico… y no compartir las maravillas que probamos ahí sería imperdonable. De primero fueron unas cebollas rellenas de atún y tomate frito casero, después algo que no conocía de la cocina asturiana, unas verdinas, es decir, un tipo de alubias verdes guisadas mágicamente con almejas, un platillo que es algo fuera de este mundo; nos lo sirvieron para compartir en una gran olla y uno se servía al gusto. Todo esto marinado no solamente con un vino Ramón Bilbao Reserva, sino con una conversación entre amigos que paladeé todavía más que este buen tinto.

El penúltimo día de viaje por la península ibérica se cerró con broche de oro, ya que Marisol Ferré y Alberto Macías, amigos de mucho tiempo y partícipes de algunas de estas Vagancias, organizaron para nosotros, como despedida, una cena en su casa a la cual no fue fácil llegar a pesar de las instrucciones precisas que, según nosotros, nos habían dado, pero el Waze tiende algunas veces a hacer travesuras y esta vez, al salir del metro, nos guio en sentido contrario. Pero estos extravíos por Madrid siempre regalan sorpresas y en esta ocasión nos obsequió una cuando de repente, caminando a la deriva, encontramos en la calle Mesón de Paredes la taberna Antonio Sánchez, la más antigua de Madrid, fundada en 1838, y fue el amable tabernero que atendía la barra quien nos indicó cómo llegar a la calle de Luis Vélez de Guevara donde viven nuestros anfitriones.
A pesar de nuestro paseo involuntario llegamos puntuales y a las nueve de la noche tocamos el timbre del número 7, tercero izquierda. Laura, llevando un ramo de flores, subió sin dificultad los tres pisos; yo, en cambio, sufrí al subir las largas escaleras teniendo que hacer un descanso en cada piso de este bello y antiguo edificio para descansar la bolsa de regalos que llevábamos desde México. Al verme llegar Alberto notó mi cansancio y de inmediato me ofreció una cerveza de forma solidaria.
El primer regalo de la cena fueron los comensales. Nos sentamos después de que Ariel, la hija de nuestros anfitriones, tomara una foto. Alberto puso en la mesa el jamón y los quesos y, estando todos listos —Ciro, su hermana Úrsula, Maribel quien ocupó su lugar junto a Laura— para comer esas delicias, “El Biólogo” se quitó su sombrero rojo como signo de agradecimiento para hacer un brindis. Durante la reunión, absolutamente divertida, se habló del “mar y sus pececitos” y Ciro se llevó la noche al contar una historia que nos hizo reír casi hasta las lágrimas. Era sobre un fantasma que según los campesinos de la huerta —que visitaba con frecuencia los fines de semana— existía en sus terrenos y se aparecía por las noches, pero sucedió que después de una expedición, acompañado de su perro que le ladraba y llevando una linterna, Ciro descubrió que lo que veían los pobladores eran unos ojos grandes que resultaron ser los de una lechuza postrada en un árbol torcido, mismo que todas las noches usaba como percha para su caza nocturna.
Por supuesto, con estos comensales gozamos recordando muchos de los momentos que hemos pasado juntos, y en la voz de Marisol volvieron a aparecer los tiempos en que “El Biólogo” era conocido por los amigos españoles como el “Vendaval”. Fue una cena en la que Marisol brilló como cocinera, agasajándonos con algo que merece un reconocimiento de cinco estrellas. Con una generosa sonrisa colocó sobre la mesa dos grandes charolas con un platillo de nombre poético, “Mar y montaña”. Mientras escribía recordando ese fantástico sabor pedí a Marisol que me contara algunos de los secretos de esa delicia. Estimados cocineros y cocineras, amigos de estas Vagancias, este final está dedicado a ustedes; aquí les transcribo el mensaje de Marisol, que recibí ayer, sobre la receta. Tomen nota y saboreen: “Mar y montaña se prepara con un sofrito de cebolla y tomate, una picada de almendras, ajo, guindilla y un poquito de chocolate. El pollo se fríe espolvoreado de sal, pimienta y canela, se deja en el sofrito y se le pone un chorro de jerez seco y un chorrito de coñac y un poco de caldo, cuando está casi hecho se le ponen las cigalas unos minutos, ya listo se pone un poco de hígado del pollo previamente frito y una rebanada de pan frito”. ¡Qué más pedir para despedirse de este viaje! Salimos felices esa noche; Ciro se fue a casa montado en bici y nosotros cuatro, con la tranquilidad que da esa ciudad, caminamos por el barrio hasta que encontramos un taxi.
Antes de dormir recordé que, al día siguiente, miércoles, solamente tenía planeada una cosa, un lugar al que los invito a comer.
*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Foto: Cortesía del autor

