Granada, un viaje por el cariño y algo más

Para Manuel Heredia y todo lo que abarca

 

Este viaje, que no se acabará nunca, comenzó con la grata sorpresa de saber que la estación de Atocha lleva hoy, merecidamente, el nombre de la gran escritora Almudena Grandes. De ver hasta donde alcanza la vista ese mar de olivos y por sus paisajes el trayecto hacia Granada —con un cambio de tren y con escala en Sevilla— va anunciando que se está en tierras andaluzas. Después de gozar aquellas planicies y el acento musical de mis vecinas de asiento en el tren abordé un taxi en la estación de Granada el cual me llevó a mi destino, un departamento rentado por dos noches en el corazón más antiguo de la ciudad, ni más ni menos que en la calle Elvira. Al principio tuve dificultad para encontrarlo; al no lograrlo en un primer recorrido y provocado por el hambre que arreciaba, entré a una taberna decorada con mosaicos andaluces. Me senté en la barra y el cocinero que pasaba, apresurado, me sirvió la tapa del día, un plato generoso de una deliciosa paella y después, tal como él mismo me sugirió, unos huevos rotos a la andaluza que, según dijo, los preparaba con morcilla y un chorizo picosito. Mientras comía esas maravillas recibí en mi celular el mensaje de mi amigo y extraordinario cantaor Manuel Heredia quien me proponía vernos esa misma tarde a las cuatro y media en la terraza del bar La Mancha, en la Plaza Nueva, para tomar algo y por supuesto conversar, ahora en vivo, después de tanto tiempo. Este encuentro planeado por meses era la principal razón de estar en Granada.

Después de buscar el número de mi departamento por esa estrecha y sinuosa pero bellísima calle, lo encontré entre dos tiendas no sin ayuda de uno de sus vendedores quien me señaló el número 16 en una pequeña puerta. Mi alojamiento resultó ser un lugar amplio, muy cómodo y en una ubicación perfecta, a sólo dos cuadras de la Plaza Nueva.

Llegué en 15 minutos al bar de la cita pues, curiosamente, lo encontré sin dificultad. Me senté en una terraza soleada, pero refrescada por la brisa veraniega. Pedí con gusto un gin tonic y al segundo sorbo de mi copa vi llegar la figura inconfundible de Manuel con su gran melena encrespada que se movía con el viento; vestía una camisa blanca y un largo pañuelo gitano de lunares. Al llegar a la mesa, antes de cruzar palabra, nos dimos un gran abrazo que estuvo guardado desde que nos despedimos en esa misma plaza hacía más de un año. Las horas que pasamos juntos fueron otra vez un encuentro luminoso; volvíamos a hablar en persona, sin el distanciamiento de las comunicaciones electrónicas. Mientras reíamos al recordar las muchas de nuestras pláticas y mensajes que habíamos tenido todo ese tiempo Manuel, como un mago, sacó de una bolsa un regalo al tiempo que fraseaba una canción y dijo: “Esta camisa de lunares y este pañuelo, no los he comprado. Son para ti, han sido, te lo digo de verdá, sudados por mí por mucho tiempo en mi canto”.

A los diez minutos antes de las seis de la tarde, dejándome con la emoción de esos relámpagos lunares gitanos en la mano, Manuel se despidió momentáneamente —pues ese sábado tenía tres presentaciones en la Cueva Flamenca La Comino y la primera de estas comenzaba a la seis— no sin decirme, antes de levantarse de la mesa, “Te espero, mexicano-gitano, en el turno de las ocho, eres mi invitado especial”. Fui a mi departamento a recordar esas emociones y en la noche llegué puntal a La Comino en donde fui recibido por su estrella, el mismísimo Manuel Heredia quien le indicó a la joven que conduce a los asistentes a sus lugares que el mío era en la primera fila, frente a la silla en la que él canta.

Estar ese día en ese show fue un privilegio, no sólo de ver a un joven y a una joven, virtuosos del baile, que seguían las notas de un guitarrista flamenco de verdad que acompañaba la prodigiosa y profunda voz de Manuel Heredia. La emoción creció aún más, tanto que hizo que la copa casi cayera de mi mano cuando Manuel anunció frente al público, que llenaba el lugar, que la canción que interpretaría enseguida estaba dedicada a alguien que era más que sólo su amigo, Jorge “El Biólogo” Hernández. Manuel, tu voz de esa noche y la letra se han quedado guardadas para siempre, no lo dudes.

Al término de su presentación la generosidad de Manuel continuó pues me llevó caminado hasta un lugar donde debía cenar. Me dejó en un bar llamado Mi Casa; entramos, saludó y regresó a su último show. No comentaré lo que comí, más importante es la forma en que me atendieron al grado de no cobrarme al saber que era amigo de alguien del mundo del flamenco y oriundo de su ciudad: Manuel Heredia. Recomiendo que busquen a Manuel en la plataforma de su preferencia para comprobar que mi cariño no me hace exagerar.

Al día siguiente tenía otra cita que produjo más emociones. Gustavo e Inés, que viven en Granada y a quienes conocí durante la cena en casa de Pau Costa y Úrsula el primer día de nuestra llegada a Madrid, me habían propuesto llevarme esa noche, cuando llegara a su ciudad, a un recorrido por las afueras de Granada. Por la mañana nos quedamos de ver a las 12 del día en el quiosco de prensa Chalo, que queda en la esquina de Elvira y la Plaza Nueva. Llegaron puntualmente en su coche y emprendimos una ruta por la historia. Salimos de la ciudad y la aventura comenzó en la carretera, cuando al cruzar por unas pequeñas colinas la voz conocedora de Inés, quien es historiadora, dijo algo que me enchinó el cuerpo. Afortunadamente, le pedí permiso para grabarla en mi celular y aquí transcribo sus palabras: “Es muy difícil recrear cómo fue la última noche de Federico, pero eso que ves a lo lejos es el lugar donde estuvo detenido y fue asesinado Lorca”. Al paso, desde el coche, Gustavo e Inés me señalaban a pocos metros los pequeños montecillos donde están las trincheras desde donde Lorca y sus compañeros luchaban. Después nos detuvimos en un gran reservorio de agua construido por los árabes y desde donde a través de acequias esta es llevada —hasta la fecha— a la ciudad de Granada. Con emoción, Inés continuaba su explicación: “Eso que ves a lo lejos es el barranco de donde viene esa agua, ese ruido que ahora escuchas del agua corriendo debe ser el mismo que Lorca escuchaba aquella madrugada del 18 de agosto cuando fue ejecutado”. Una vez más en estos días no pude contener mi emoción al escuchar las palabras de Inés describir ese trágico día en que fue asesinado Federico García Lorca, el poeta de todos nosotros.

Este maravilloso _tour_ continuó —guiado por las expertas palabras de mi amiga— por bellísimos poblados que conservan una clara influencia árabe. En una de estas localidades, Viznar, de casas blancas, balcones con flores y faroles en sus aceras, tomamos una cerveza. Mientras nos servían unas croquetas Gustavo platicó que en ese pueblo se produce el mejor pan de toda la región. Al saber esto, y como es mi costumbre, entablé plática con los vecinos de mesa y tuve la suerte de conversar con uno de sus mejores panaderos quien tomaba también su cerveza dominguera.

Seguimos nuestro camino para conocer la Fuente de Alfacar y el Fuerte de Alfaguara, y ya con hambre nos fuimos a Nívar, al Restaurante El Gallo donde Gustavo había hecho reservación y en donde gozamos de un pulpo a las brasas y, por antojo de Gustavo, un tierno pero enorme solomillo que venía salido de las brasas y que compartimos sin dejar huella.

Regresamos a la ciudad y en el camino me recomendaron, por razones obvias, que tomara una copa en un lugar que no debía perderme y cuyo nombre, por mi biografía bailarina y tropical es fácil de recordar: Bar León. Para dejarme cerca de este lugar, su auto cruzó por la Puerta de Elvira, ese mismo arco de ladrillos rojos por donde entraron los árabes para quedarse en Andalucía 800 años y dejarnos su maravillosa e imborrable huella.

Me despido de Granada con las palabras que desde que nos conocimos me regala Manuel Heredia y que siempre repite al despedirnos, _Sastipén Talí_, cuyo significado no puede ser mejor: ¡Salud y Libertad!

*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Foto: Cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández