

“Alternativas que germinan y las manos de la resistencia”
Leidy Tatiana Salcedo Álvarez* y Deisy Milena Sorzano Rodríguez**
A lo largo y ancho del mundo, las mujeres han sostenido la vida comunitaria desde una pluralidad de roles históricamente invisibilizados, cargando sobre sus cuerpos y territorios el peso de un sistema económico que, día tras día, arrasa los modos de vida que no se ajustan a la lógica colonial, patriarcal y extractivista dominante. Este modelo, presentado como inevitable y universal, ha operado como una maquinaria de despojo que subordina la vida a la acumulación de capital, profundiza desigualdades estructurales y rompe los tejidos sociales que garantizan la reproducción cotidiana de la existencia.
Bajo la promesa del progreso y el desarrollo, el orden económico hegemónico ha devastado territorios, mercantilizado el trabajo reproductivo y negado de manera sistemática la justicia social, la justicia ecológica y el bienestar común. Su implantación ha sido particularmente violenta en los territorios históricamente marginados: en el campo, en las periferias urbanas, en las comunidades indígenas, campesinas y populares, donde la precarización de la vida se combina con la sobreexplotación de los bienes naturales y el trabajo de cuidado no remunerado.
Sin embargo, es precisamente desde esos espacios donde hoy germinan propuestas emancipadoras que disputan el sentido mismo de la economía. Desde el campo y la ciudad, desde las zonas empobrecidas y excluidas, emergen experiencias que colocan la vida —y no la ganancia— como eje transversal de la organización social. Se trata de prácticas que no solo buscan generar ingresos, sino que proponen otras racionalidades productivas, otras formas de cooperación y otros horizontes políticos acordes con los desafíos de la crisis civilizatoria contemporánea.
Diversas experiencias en México y Colombia dan cuenta de ello. La Cooperativa de Textiles en Chiapas, las redes de productoras de miel en Yucatán y los colectivos de economía del cuidado en la Ciudad de México, así como la Asociación de Mujeres Productoras de Esencias de la Paz en Caquetá y el Laboratorio Urbano de Prácticas Artísticas para la Paz en Santander, muestran que es posible articular producción solidaria, cuidado de la vida y transformación territorial desde abajo.

Estas iniciativas entretejen saberes ancestrales y conocimientos contemporáneos, fortalecen la autonomía colectiva y construyen economías arraigadas en el territorio. Desde una praxis feminista, justa y situada, las mujeres que las impulsan despliegan acciones que son al mismo tiempo económicas y políticas, pues disputan el orden impuesto y ensayan, en lo cotidiano, formas alternativas de habitar y sostener la vida.
En un contexto marcado por la devastación ambiental, la violencia estructural y la precarización generalizada, estas manos que resisten y crean nos recuerdan que otro horizonte económico no solo es posible, sino que ya está en marcha.
Tejipaz, Asociación de Mujeres Diseñadoras de Paz, Colombia. Foto: Cortesía
* Universidad Autónoma de Bucaramanga (Colombia)
** Universidad Autónoma de Bucaramanga (Colombia)/Red de Difusión y Divulgación de Ciencias y Humanidades (REDDIC)

