

Un viaje dentro de otro viaje
Un día antes de mi cumpleaños, procedentes de Madrid en un agradable vuelo, llegamos a Lisboa, Portugal, una ciudad y un país que visitábamos por primera vez.
Laura, siempre previsora en los viajes, sabía que la mejor manera de ir del aeropuerto al hotel, incluso en los traslados por la ciudad, era usando los servicios de Uber. Utilizarlo en el aeropuerto fue muy sencillo pues para nuestra sorpresa, dadas las malas experiencias en el de la Ciudad de México, dentro del aeropuerto de Lisboa existe un área para acceder a él y está señalizada con anuncios claros que te conducen a un estacionamiento especial para ello; ahí Laura abrió su aplicación y en minutos llegó nuestro auto.
En el hotel fuimos recibidos con mucha calidez por personas trilingües que ya nos esperaban. Nosotros optamos por practicar nuestro portugués —idioma que Laura casi domina, y el mío “da para entender”—. Sin embargo, al escucharlos hablar nos dimos cuenta de que el idioma sonaba de manera distinta al que conocemos de Brasil, incluso al principio se nos dificultó entenderles, pero nunca de manera tan grave para no poder comunicarnos, ¡menos aun cuando nos ofrecieron una copa como bienvenida!
La ruta culinaria estaba definida, ya que en Portugal la comida es una alegoría de sabores. El primer paso lo dimos gracias a una recomendación que Paloma Díez nos hizo la tarde anterior, subrayando que era una parada obligatoria. No tuvimos que caminar mucho desde nuestro hotel y en una estrecha calle encontramos sin dificultad el restaurante Uma Marisqueira, que anunciaba en resaltantes letras: “O melhor arroz de mariscos de toda a cidade” y ese primer acercamiento al sazón portugués no pudo ser mejor. No sabemos si es el mejor arroz de la ciudad, pero seguro está cerca de serlo. El nuestro fue un arroz caldoso con variedad de pescados, además de un bogavante y un cangrejo completos, con gambas y almejas. ¡Todo ese mar servido en una generosa olla! Al comerlo no podíamos ni hablar, ante tales sabores solamente cruzamos miradas de felicidad.
Al terminar esa comilona nuestra primera caminata fue por una ancha, larga y vibrante avenida peatonal cuyo centro son las terrazas de los restaurantes y en donde por primera vez quedamos fascinados con el suelo que pisábamos, cubierto por algo distintivo y emblemático de toda Lisboa —me atrevo a decir que de todo el país—: los bellísimos mosaicos que cubren por completo las calles.

Al final de la avenida, de más de un kilómetro de extensión, nos encontramos con el río Tajo. Al ver su inmensidad y belleza pensé: “Esto no es un río, ¡es el mar!”. Ante dicha maravilla me detuve en la Cervecería Atlántica, que en su tiempo era frecuentada por Pessoa y pedí un oporto rubí. Ya en nuestro hotel, mientras yo dormía, Laura se dedicó a planear la forma de festejar mi cumpleaños al día siguiente.
El 18 de septiembre mi cumpleaños comenzó con un delicioso desayuno brunch en el hotel, ahí Laura me dio el primer regalo, unos boletos para el turibús que recorre Lisboa. Durante el trayecto no sólo veíamos las antiguas construcciones, incluso las más nuevas, todas con sus fachadas adornadas por mosaicos, sino que a través de los audífonos escuchábamos las referencias a la historia de la ciudad, del gran imperio de los hombres que viajaron a la India y a África, y las de aquellos que dentro de un continente descubrieron otro continente llamado Brasil. También se hacían las importantes y justas referencias a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974 —la cual puso término a la dictadura—, fecha que aparece en muchas de las construcciones y monumentos. Dos cosas más me impactaron en este tour; la primera, ver de nuevo la belleza y las dimensiones del río Tajo y observar que es navegado por esos barcos-edificio llamados cruceros, los que jamás habría pensado que podían surcar ríos. La segunda maravilla apareció al escuchar en la grabación que los mosaicos que cubren las calles son una creación artística cuyo origen está en Mesopotamia y que los portugueses, marinos, viajeros eternos, la trajeron a sus tierras. La voz de la mujer, en claro español, explicaba que hace siglos la inmensa mayoría de la población era analfabeta, no sabía leer, y la forma de contar historias y transmitir leyendas era el dibujo; así, la tradición de contar quedaba plasmada no en letras, sino en formas y trazos mediante esos bellísimos mosaicos que cubren las calles.
Mis otros regalos fueron los sabores de la increíble gastronomía portuguesa. Laura, conocedora de mis gustos, había hecho una investigación minuciosa. Preparen su paladar, queridos lectores. La comida fue en el Bonjardim, restaurante fundado en 1950, donde pedimos lo recomendado por Toni, un español viajero de la buena comida, que es seguido por Laura en su página: unos tira-gostos —“abre bocas”, en una traducción libre— consistentes en unos bolinhos de bacalhau y, fieles a la recomendación, de plato fuerte pedimos un frango piri-piri, que es pollo asado al carbón y servido con una salsa deliciosa y picosa, influencia africana procedente de las colonias portuguesas. Ambos platillos fueron de lujo.
Otro de mis regalos fue el lugar donde cenaríamos, ya que se ubica en una zona que no conocimos en el trayecto del turibús. Fue como un paseo por otra parte, la más moderna de la ciudad. El nombre de ese gran restaurante lo dice todo: D´Bacalhau, elegante lugar a las orillas del Tajo, el cual ofrece nada más y nada menos que 16 maneras de preparar el emblemático pescado de Portugal. Nosotros, después de una ensalada verde con cangrejo y un aliño espectacular, decidimos compartir un risotto de bacalao y el bacalao del chef Julio. Imposible describir con palabras sus sabores.
A la hora del postre la camarera, una brasileña proveniente de Espirito Santo, me ofreció un pastel, pues sabían que era mi cumpleaños. En ese momento, de aquella bolsa que dos días atrás le critiqué en Madrid, Laura sacó mi regalo por mis 76 años. Eran tres pequeñas esculturas con certificado de autenticidad, firmadas por José Antonio Fernández, el autor. Estas preciosas figuras de cuerpo entero, que ahora tengo frente a mí, son Borges, Cortázar y Lorca.
Al día siguiente Laura decidió hacer una visita a la bellísima ciudad medieval de Sintra. El tren que abordó la llevó durante una hora de camino gozando de bellísimos paisajes. Yo preferí quedarme a recorrer las calles y plazas de Lisboa donde encontré la Livraria Bertrand, fundada en 1732, la librería en funcionamiento más antigua del mundo. De ahí salí con El cuento de la isla desconocida de Saramago y tres CD de fado cuyo empaque no sólo contenía los discos, sino también pequeños libros con dibujos, textos y fotografías.
No caminé mucho para regresar a comer al Bonjardim, esta vez para probar un increíble lenguado al aceite de oliva con patatas. Al conversar con los meseros y preguntarles de dónde eran originarios me encontré con algo que ya me había ocurrido con los meseros y cantineros de Lisboa, y que me atrevo a definir como la migración de vuelta. Estos cinco camareros eran brasileños, cada uno de una región distinta de su enorme país.
Así fueron nuestros primeros pasos por esta tierra de navegantes y descubridores —sin duda, también tierra de poetas— y donde, para reafirmar lo anterior, sus farolas públicas están coronadas por pequeñas carabelas. En honor a este país, antes desconocido para nosotros, les dejo las palabras de uno de sus más grandes poetas a través de las cuales me explica en qué país estábamos.
“Acodada yace Europa,
De Oriente a Occidente, mirando,
Mas le nublen sus ojos griegos
Románticos cabellos, recordando.
[… Con mirada de esfinge, fatal
Observa el Occidente, futuro del pasado
El rostro con que mira es Portugal…].”
Fernando Pessoa, de su libro Mensaje.
De estas tierras desconocidas ahora nos espera la ciudad de Porto. Los invito a la estación Apolonia para abordar el tren que nos llevará a las orillas del Duero.
*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Imagen cortesía del autor

