Dos bares de ida y regreso

 

Mi amigo Jorge Javier Romero, que hoy es un prestigiado doctor en ciencias ocultas…, ¡perdón…!, en ciencia política y sociología, nos comparte con cierta nostalgia esta primera historia.

“Regresé este jueves pasado a uno de los bares inolvidables de mi Madrid de cuando estudié hace mucho tiempo en esta ciudad —recuerda Jorge de esta cálida manera—. Volví a La Venencia con los amigos de hace treinta años, quienes fueron mis compañeros en el Centro de Estudios Constitucionales de la Universidad Complutense de Madrid. Cuando llegamos a la taberna, Chema, ahora un viejo profesor gallego, fue el primero en exclamar: ‘¡Joder!, este lugar está exactamente igual que cuando veníamos, ni siquiera han quitado las telarañas del techo’. Juanito, el otro compañero, oriundo de Asturias, siempre sarcástico, se rio una vez más al ver el cartel que pende de una de sus paredes desde principios de siglo pasado y que tanta gracia nos hacía cuando jóvenes: ‘Se prohíbe escupir en el suelo’.

“La Venencia da la imagen de no haber cambiado desde 1920, cuando se fundó. Es la misma taberna andaluza del centro de Madrid en la que solamente se ofrecen vinos andaluces —finos, manzanilla, palo cortado y oloroso— y unas tapas estupendas de mojama, hueva de pescado, quesos y aceitunas. Los parroquianos siguen siendo locales y el encargado, que hace tres décadas, cuando lo conocí, era un andaluz malencarado de pocas palabras, sigue ahí, aunque ya ajado y calvo, pero igualmente malencarado.

“La barra de madera está como la guarda mi memoria, en ella se sigue anotando la cuenta de cada comensal con ‘tiza’, dicen ellos, sin saber que el vocablo proviene del náhuatl y que en México se le llama “gis”, de etimología griega, producto de esos raros viajes que hacen las palabras de un lado a otro en la rica lengua española que nos une y nos separa.

“El lugar mantiene sus paredes descarapeladas y los carteles que anuncian las ferias de Jerez de hace un siglo, junto el letrero que prohíbe el cante en una taberna al que seguramente llegaban muchos músicos flamencos.

“En la calle Echegaray núm. 17, en la zona próxima a la Plaza Santa Ana, hace treinta años era el lugar en el que con frecuencia recalábamos los jueves temprano por la noche, al salir de clases. Ahora, este jueves fuimos los tres viejos camaradas que nos juntamos ese día para hablar de nuestros achaques y nuestras pérdidas. Hicimos remembranzas de entonces, cuando éramos jóvenes promesas académicas. Por supuesto, después de los primeros finos surgió en la conversación Mauricio, aquel mexicano que aspiraba entonces a participar en la transformación democrática de su país y que ahora es un destacado investigador de una importante universidad de México.

“No podía faltar ver en nuestra imaginación a Catalina, la vivaracha abogada colombiana que nos gustaba a los cuatro y nos hacía reír con sus provocaciones cuando solía decir: ‘Con Chema y Jorge me iría a la cama, con Mauricio y con Juan me casaría. Lástima que los cuatro ya están casados’. Ella era, además de bella, una excelente estudiante lo cual la llevó a ser magistrada en su país.

“Las tardes-noches de los jueves siempre fueron alegres y afectuosas. Aunque las libaciones eran abundantes nadie perdía los papeles, hasta el día en que cometimos el error de invitar a un compañero costarricense que era ruidoso pero simpático, o así lo veíamos cuando estaba sobrio. Pero esa noche los efectos de los licores andaluces lo transformaron de manera grave. Sin importar que hubiéramos comido muy bien él acabó subiéndose a la mesa y, peor aún, le dio por insultar a gritos a España y a México. No duró mucho sobre la mesa, los hijos del malencarado andaluz lo bajaron, lo cargaron y lo echaron a la calle.

“Nuestros jueves tuvieron que suspenderse por un tiempo, pero retomamos nuestro territorio meses después, y los habituales —sin el costarricense que se trastocaba con los licores— nos atrevimos a volver, recordando la sabia frase de Bukowski: ‘Para beber hay que tener talento’, sentencia que se le debería repetir al joven tico cada vez que se cruzara por nuestro camino.”

Jorge Javier regresó el año pasado a España ahora como profesor invitado de la Universidad de Alcalá de Henares. De esa estancia sacó del bolso de su memoria este otro recuerdo tabernario. El lugar que seleccionó tiene un nombre aparentemente lo más distante de un bar, se llama La Panadería y esta es la crónica de mi amigo: “Volví a La Panadería después de casi treinta años no a la compra de pan, claro, sino a esa Panadería de la calle Mayor de Alcalá de Henares, templo sagrado del rock. En el suelo siguen las cáscaras de pipas —así se les llama por allá a las pepitas de girasol—y me recordaron las resacas que uno sólo podía permitirse en la juventud cuando era un joven doctorando en Madrid.

“Mi amiga Elizabeth ya vivía en aquella ciudad. Yo solía ir a visitarla y siempre acabábamos ahí con una caña en la mano y con los Dire Straits de fondo. Era un sitio de parroquianos frecuentes, rockeros de corazón y de espíritu libre. Pues ahora, tres décadas después, durante mi sabático en Alcalá, volví a hacerme habitual. En parte por nostalgia, en parte por inercia emocional. Elizabeth sigue viviendo allá, así que desde que llegué íbamos algún jueves o viernes, después de cenar, y aunque el centro de la ciudad es muy gratificante para encontrar lugares de copas, siempre seleccionábamos La Panadería, que sigue ahí de pie con los mismos parroquianos y el mismo mural, algo más descolorido, y la misma mesa de billar con el paño estropeado como nosotros.

“Eso sí, treinta años más tarde, encontré algunos de aquellos parroquianos sentados en el mismo rincón, pidiendo lo de siempre, hablando de discos como si fueran descubrimientos recientes, con la enorme diferencia de que ahora se pueden ver sus caras, porque antes era imposible, pero ahora con la prohibición de fumar en el interior ya no hay la humareda de tabaco que nublaba el ambiente. En algún momento me senté con ellos, ahora más viejos parroquianos, pedí una pinta y me sentí en casa, o en el pasado, en esa extraña dimensión donde los bares no cambian y uno siente que el tiempo se detuvo para ellos. El suelo sigue lleno de cáscaras de pipas y la música igual de buena. El volumen tampoco ha cambiado. Para mí La Panadería no es un bar, es una cápsula del tiempo con cervezas y cubatas. Al sorber mi cerveza pensé: ‘hay bares que son como amigos que no ves en décadas, pero te reciben como si hubieras salido a fumar y sólo hubieras tardado un poco en volver’.

“La última vez que estuve en ese templo, el cual permanece abierto hasta las tres de la mañana, vi un sombrero en el mural, dentro de ese collage de recuerdos que han ido dejado sus comensales, y me hizo pensar en un biólogo y bailarín que, cuando viaja, porta el suyo con elegancia. Pero de La Panadería tampoco puedo olvidar su sabor particular, debido a la frescura que le dan los estudiantes, habituales clientes, y a que algunos profesores nos atrevemos a beber junto a ellos para sentir aquellas sabias y un poco dolorosas palabras que escribió Jaime Sabines: ‘Porque a esta edad, la juventud sólo puede llegarnos por contagio’.”

“Querido biólogo, espero que estas dos historias puedan contagiar un poco del aroma tabernario, único de España, a los lectores de tus Vagancias.”

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Imagen cortesía del autor

Jorge “El Biólogo” Hernández