La relación entre religión y política que puede documentarse en el territorio mexicano ha sido intensa, sobre todo marcada por la sangre y la desolación como correlatos del progreso y el proceso civilizatorio articulado por España durante la Conquista del Nuevo Mundo. En este caso el excedente utópico de la religión se manifestó más allá de los parámetros éticos frecuentemente asociados con ella, es decir, la historia de la Conquista y Evangelización de México dan cuenta de la otra cara de la utopía cristiana que va por fuera de los marcos de referencia y análisis tradicionales. Este periodo histórico nos muestra la aplicación de una serie de tácticas de normalización, incorporación, exclusión y castigo desarrolladas por la iglesia católica a lo largo de la Edad Media, sobre todo en el periodo posterior a las Cruzadas y con el surgimiento de la Inquisición.

La clasificación de los «no cristianos» como incivilizados violadores de la ley natural significó una irracionalidad propia de seres no desarrollados, dependientes de la naturaleza salvaje y desordenada, incapaces de dominar sus pasiones». De este modo, una batería de argumentos ad hoc, fueron esgrimidos por los conquistadores para desacreditar y justificar las acciones militares y el genocidio. Desde esta perspectiva considero que el documento conocido como «El coloquio de los doce» nos muestra los marcadores de lo que es un verdadero enfrentamiento de dioses, además es uno de los documentos que nos permite realizar un ejercicio de historia a contrapelo, así como hacer patentes las dificultades y problemáticas que implica un ejercicio de dicha naturaleza.

La guerra estaba perdida y cuando el habla se hizo presente a través del diálogo la asimetría entre vencidos y conquistadores dominaba el horizonte de enunciación. A partir de este primer contacto observamos que los frailes proceden legitimando su encargo y presencia ante la comitiva de ancianos mexicanos, los frailes han sido enviados por la autoridad espiritual de todo el mundo, lo cual los pone en una situación diferente frente a sus interlocutores, así pues ya no se trata de un diálogo y, en efecto, la asimetría queda planteada desde el comienzo del encuentro; posteriormente, indican que el horizonte semántico válido –en el cual también deberían moverse los indios- es la «Sagrada Escriptura», el código válido para el proceso comunicativo en marcha es conocido por uno solo de los grupos en cuestión y de tal manera no hay oportunidad de que los naturales mexicanos pudieran apelar a la validez de alguno de sus argumentos. En una sola alocución el documento nos señala de qué manera los frailes han establecido los criterios de legitimidad y validez de la interacción, descalificando a priori la intervención de sus convidados al coloquio.

Por tal motivo el ejercicio que hemos conocido como coloquio estuvo determinado de manera a priori por una relación asimétrica de fuerza, los dioses que iban a hablar a través de la boca de los convocados estaban ya, de inicio, en una relación diferencial, y el sometimiento de los dioses mexicanos estaba bien definido antes de iniciar el diálogo. En la guerra de dioses que tuvo lugar en este contexto, los dioses mexicanos en su carácter de vencidos fueron señalados como el polo negativo del dios cristiano, de tal forma el escenario que se configura es el de una batalla de dios contra el demonio y la ignorancia, teniendo como emisarios a los frailes y a los conquistadores que no serían sino el instrumento para realizar justicia ante esta situación.

No conocen a dios y tampoco conocen su código, por ende, sus actos no se apegan a sus mandatos, por el contrario, le ofenden. Razón por la cual, los frailes y los españoles fueron enviados para castigar y afligir a los pueblos mexicanos debido a su ignorancia e incorrección. La manera en que se describe a los dioses mexicanos es una continuación de la batalla iniciada años atrás, en este caso el proceso de negación se complementa con la descalificación directa que viene a reforzar y a determinar de manera concreta la invalidez de los dioses mexicanos. El dios católico es puro, creador, único, verdadero, con vida espiritual y terrenal, todopoderoso; en tanto, los dioses mexicanos son impuras, multitud, destructores, falsos, de piedra y de madera, débiles cuando no incapaces. La identificación de los dioses mexicanos con los demonios es directa, a pesar de que se había dicho que no conocen la Escriptura, los frailes realizan una analogía negativa que permitirá sujetar a los indios y a sus dioses a la normativa que ellos mismos señalaron que no conocían.

De tal manera, la argumentación de los franciscanos hace que los dioses de los mexicanos sean vasallos de Jesucristo, situándolos como creaturas rebeldes del mismo y, por ende, con un grado inferior al mismo, por tal razón el argumento de los españoles implica la idea de un servicio en favor de los mexicanos. El castigo planteado por los frailes es uno de los polos de la normalización de los indios y daba lugar a dos caminos claros a seguir: la sumisión por parte de los indios o la exclusión. Por su parte, la exclusión conlleva diversos grados, podría ser total o parcial. Una exclusión total implicaba que el indio no podría ser liberado de las garras del demonio y debía morir, su castigo debía ser ejemplar para que sirviera de escarmiento a otros indios; en tanto, la exclusión parcial implicaba el sometimiento a una serie de tácticas correctivas que indicaban un camino a seguir, una vez concluido este proceso de normalización el indio podría ser un verdadero hijo de dios.

Azulejo ubicado a las afueras del convento de San Francisco del Berrocal de Belvís de Monroy (provincia de Cáceres, España) que reproduce un mural del siglo XVI que se encuentra en la sala capitular del convento franciscano de Huejotzingo, Puebla. Imagen cortesía del autor

  1. Nahuatlato, Profesor de Tiempo Completo en el Colegio de Morelos.
José Manuel