

Cuatro bares en la memoria de dos amigos madrileños
Para continuar en estas Vagancias con el homenaje a la tradición oral que recoge las remembranzas de mis amigos en torno a bares y cantinas, les pedí a dos de ellos que me contaran de algunos que guardaran en sus recuerdos.
La primera crónica surgió de la siguiente manera. Durante una llamada a mi amiga Maribel Suárez, a su casa en Torrelodones, España, le pedí que fuera en busca de algunos recuerdos que guardara de algún bar y ella me contestó: “Vendaval, me habéis tocado una fibra muy sensible, déjame me lo pienso”. No tardó mucho en pensarlo, a los dos días llegó su mensaje que aquí transcribo.
“Mi bar, en cuanto colgué el teléfono, salió rápido de mi memoria, El 22, de la calle Virgen de Lourdes 22, en el barrio La Concepción de Madrid, justito pegado al portal 20 donde yo vivía con un noviete, y oh casualidad, en el que vivía también Pedro Costa, quien se convirtió en mi amor por tantos años. En ese histórico bar para mi vida, allí nos conocimos Pedro y yo cuando tenía la maravillosa edad de veinte años.”
Con su acento madrileño inconfundible Maribel nos describe: “El 22 era un bar regenteado por dos hermanos de un pueblo sevillano, Sanlúcar la Mayor, conocido como La Villa de las Tres Torres. Se llamaban José y Juan y no podían ser más diferentes el uno del otro. José, gracioso, despierto y dicharachero, y Juan todo lo contrario, serio y malencarado siempre. En ese lugar hacíamos la vida, desayunos…, bebimos cervezas mil, comimos boquerones en vinagre, ¡qué ricos!, no los he olvidado. Era una terraza infinita, en verano ahí nos sentábamos y no nos levantábamos hasta el cierre. Por él pasaban todos los amigos sin haber quedado, no hacían falta citas previas, siempre se sabía que en esas mesas nos encontrarían. En la barra dejábamos recados de unos a otros, y lo mismo para mí o Pedro. Algunas veces era tal la confianza, que podíamos pedir prestado si en algún momento no teníamos dinero para pagar el taxi o para alguna otra necesidad que nos surgiera. La clientela era bien variopinta, gente de barrio, muchos de ellos la mar de curiosos y divertidos, en fin, para mí allí fue un antes y un después en mi vida, fue el bar donde conocí a la persona más amada de mi vida, Pedro Costa, tu amigo que tanto quisiste”.
Fue tan agradable esa conversación con Maribel que le pedí que abundara un poco en lo que le daba sabor al barrio de La Concepción. Aquí les comparto textualmente esa parte de la conversación: “La Concepción era un barrio de gente trabajadora de todo tipo de oficios, mucho de esos eran trabajos manuales, había carpinteros, fontaneros, algunos taxistas. Había también —recuerda Maribel— una pequeña frutería muy bien surtida, tenía una tienda, eso no lo olvido, donde la señora que la atendía era tan coda que no te daba bolsas, para ahorrárselas. Es decir, La Concepción era un barrio muy barrio, que al mismo tiempo era frecuentado por personas muy cercanas a la cultura, algunos muy ligados a las letras, otras que recuerdo eran como Teresita y Elsa, mujeres intelectuales, muy cultas y conocedoras de muchos temas que, recuerdo, se abordaban y se discutían en las mesas de mi bar El 22, siempre acompañando esas tertulias de algunas cañas. Para concluir, ese mi barrio de La Concepción estaba poblado, afortunadamente, de gente muy diversa y divertida”.

Esa forma de charlar de mi amiga viene de su origen madrileño, del barrio centenario de Salamanca donde nació y vivió su niñez y primera juventud. Su madre, afortunadamente, vive todavía en una de sus calles emblemáticas, en Goya número 120, no muy lejos del teatro donde García Lorca estrenó su obra Bodas de sangre. Cómo no sentirse orgullosa de ser oriunda del barrio de Salamanca donde vivieron otros dos hombres del arte universal, Manuel de Falla y Gustavo Adolfo Bécquer.
Este relato me confirmó una verdad que me ha acompañado en mis viajes tabernarios: los bares y el azar siempre vienen juntos —en uno de ellos se encontraron para amarse Pedro y Maribel—. Tan es así que por razones venturosas no se olvidan y las vivencias en ellos quedan guardadas en nuestra memoria.
La segunda llamada la hice semanas más tarde a otro amigo, también madrileño, Alberto Agudo quien después de varias bocanadas de su cigarro forjado por él mismo nos invita a un viaje en el que con su propio y madrileño salero de conversador consumado nos cuenta estas travesías. “Allá van algunos de los bares y tabernas que recuerdo con más cariño, ¡Biólogo!, amárrate el cinturón.” Del primero de ellos no recuerda su nombre, pero sí sus callos a la madrileña, entre los años 1975 y 1980. Era un lugar feo, pero con todo el encanto de un bar de toda la vida, con mostrador de zinc, calendarios en las paredes y parroquianos del barrio. Estaba en la actual calle Doctor Vallejo (en esa época llamada, ignominiosamente, Caudillo de España), esquina con la calle Germán Pérez Carrasco, a una manzana de la famosa calle de Alcalá del barrio de Pueblo Nuevo donde creció Alberto. Algunas veces, cuenta con voz emocionada, el paseo familiar con sus padres y su hermano incluía una parada obligatoria en “este bar prodigioso que, además de los callos, ofrecía otras exquisiteces como sangre encebollada o ensalada campera. Sobre todo, recuerdo una enorme olla siempre a fuego lento con huesos y carne, caliente como el infierno, que hasta hoy que te lo cuento me sigue emocionando hasta las lágrimas”.
“El segundo bar que apareció en mi pasado gratificante —cuenta Alberto— es la pequeña cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, en el campus de Cantoblanco, eso ya fue en los años 1985-1988. Qué decir de ese lugar, ¡oh, cómo olvidarlo!, frente a unas copas de vino y unas cañas me enamoré. Ahí nos juntábamos los amigos y las amigas en las pausas entre clases. Este grupo no ha perdido esa cordialidad y seguimos siendo amigos casi cuarenta años después. En ese lugar todos nos sometíamos a la adorable tiranía verbal de Juanjo, concesionario del lugar y propietario de un notable bigote de morsa. Por último, quiero compartirte el bar más bonito que viene a mi cabeza: es el del hotel Four Seasons de Chiang Rai, en el norte de Tailandia. Sólo imagináoslo, está situado en la ladera de un monte, rodeado de jungla, con vistas al Triángulo de Oro. Todo atardecer es magia garantizada, acompañada de cócteles coloridos como la extraordinaria comida tailandesa. Por las mañanas otra magia monumental aparece junto a ti: los mahouts acercan a los elefantes de la reserva para que les ofrezcas de comer kilos, muchos kilos de bananas”. Una de esas mañanas, mientras fumaba un porro respetable, mi amigo Alberto tuvo la sensación de haber conversado pausadamente con esos fantásticos paquidermos y agradecerles lo que escribió el gran poeta José Emilio Pacheco en un libro ilustrado por Francisco Toledo, titulado Álbum de zoología, editado en 1998 por el Colegio Nacional y Ediciones Era, que dice así:
“Observa su estructura casi templo.
Su tolerancia suele tener un límite.
Su dignidad ofendida estalla de pronto.
Pregúntaselo a Aníbal: los elefantes,
los propios elefantes cartagineses,
vencieron a Cartago.
Así pues, de no ser por los elefantes
no existiría esta página
(tampoco
la lengua castellana
ni Occidente)”.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad (elbiologony@gmail.com)


