Administrar para crear: la cultura desde el escritorio

 

Francisco Alberto Marmolejo Plascencia*

En los últimos meses, se ha hablado con fuerza de la cultura en Morelos. Los escenarios se encienden, las exposiciones florecen, los talleres se multiplican, y proyectos como La Vecindad, La Biblioteca Vagabunda y La Carreta Cine Móvil ocupan las plazas, los parques, las ayudantías del interior del estado. Detrás de todo ello hay un entramado complejo que rara vez se visibiliza.

La cultura se vive en los pueblos, en los barrios, en los libros, en las plazas, en las fiestas y en la construcción de identidades. Se manifiesta como una danza entre lo cotidiano y lo simbólico, como un latido compartido que nos recuerda quiénes somos y con quién caminamos. Pero también se trabaja con responsabilidad desde las oficinas públicas. Se diseña, se estructura, se revisa, se documenta, se justifica y se defiende. Quienes formamos parte de estas tareas lo sabemos: sin gestión pública, sin presupuesto y sin planeación, no hay política cultural posible.

No es una queja ni una autodefensa: es un reconocimiento a una parte del ecosistema cultural que muchas veces permanece invisible. La cultura no se produce por decreto ni basta con buenas intenciones. Requiere contratos claros, calendarios de pagos, rendición de cuentas, transparencia… y sensibilidad para entender que no estamos frente a un trámite, sino ante expresiones vivas de nuestra identidad.

Morelos es un territorio intensamente cultural, no sólo por sus raíces —de Ayala a Xochicalco, del convento de Tlayacapan al carnaval de Tepoztlán—, sino por la fuerza creativa de sus comunidades actuales: el Encuentro Puchteco en Ocuituco, promovido por la gobernadora como “un ejemplo vivo del México profundo”; la Feria de Hueyapan, que reúne a tejedoras para conservar el telar de cintura y el teñido natural; o el festival autogestivo The Area México en Yautepec, con grafitis y chinelos urbanos que revitalizan el espacio público.

Buena parte de esto se sostiene gracias al esfuerzo directo de artistas y colectivos que invierten no sólo su tiempo y talento, sino también sus propios recursos. En muchos casos, lo que hace el Estado es acompañar, reforzar, enlazar… aunque no siempre con la agilidad deseada.

La gestión cultural no es un trámite: es diálogo, mediación y construcción de puentes. La comunidad gestora traduce necesidades colectivas en propuestas viables, conecta saberes locales con políticas públicas y acompaña procesos donde lo artístico y lo social se entrelazan. Reconocer su labor es una forma de democratizar la cultura. No hay que olvidarlo: el servicio público tiene la obligación de resolver. Esa es su tarea esencial: facilitar, no entorpecer; acompañar, no excluir.

Allí surge otro desafío: la profesionalización del sector. No por falta de talento —que abunda—, sino por los requerimientos que exige la gestión pública: facturas, constancias, registros, informes. Sabemos que es un tema delicado y debemos abordarlo desde la corresponsabilidad. Así como cuidamos el uso de los recursos, también debemos fortalecer las capacidades técnicas de artistas y gestores, sin dejar a nadie atrás.

Desde la Secretaría de Cultura trabajamos para convertir las aspiraciones culturales de la ciudadanía en políticas públicas reales. Eso implica estructurar programas, gestionar fondos, responder auditorías, diseñar convocatorias claras y garantizar que presentaciones, murales, talleres o festivales sean viables, legales y sostenibles.

Sabemos que muchas veces se pide a las y los artistas operar bajo lógicas pensadas para proveedores, no para creadores. Solicitar facturas o informes puede ser necesario, pero también abrumador para quienes vienen de la autogestión o del trabajo comunitario. Por eso es urgente actuar con empatía, acompañamiento y diálogo. Tocar fondo administrativo no debería significar quedar fuera.

Cada convenio elaborado, cada programa defendido ante Hacienda también es una forma de hacer cultura. Porque permite que lo simbólico se vuelva tangible. Que lo comunitario tenga respaldo. Que lo sensible tenga estructura.

El diseño del presupuesto 2026 está cerca. Nuestra responsabilidad será construirlo con visión incluyente, humana y realista. Pero también necesitamos que la ciudadanía participe activamente: que haga suya esta cultura viva, que la exija, la cuide, la cuestione y la reinvente.

Porque la cultura no se impone ni se programa: se cultiva. Y desde la trinchera administrativa, aunque no siempre se vea, también sembramos futuro.

Pero este cultivo no puede hacerse en solitario. Necesitamos a las comunidades, a los colectivos, a quienes crean y sostienen desde sus territorios. Que nos acompañen, que cuestionen, que propongan y que se apropien de la cultura como un derecho, una memoria compartida y una posibilidad de transformación.

Porque si de verdad queremos que la política cultural sea viva, justa y cercana, tiene que construirse con muchas voces. Con manos distintas. Con todos y para todos.

*Director General de la Unidad de Enlace Financiero y Administrativo

Secretaría de Cultura del Estado de Morelos

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La Jornada Morelos