Omar Alcántara Islas*

Un año después de que Al Pacino (Nueva York, 1940) asumiera el protagónico en la saga de El padrino, trabajó en la película Dog Day Afternoon (1975), que en México fue conocida con el mismo título de esta columna. El filme, que ya cumple medio siglo, es la historia de un par de ladrones torpes que asaltan un banco. Sus planes salen mal, pero uno de ellos, Sonny (Pacino), se convierte en accidental y efímera figura mediática con la llegada de la policía y la televisión.

La ficción que propone Sidney Lumet (1924-2011), también director de la clásica 12 Angry Man12 hombres en pugna (1957)–, coloca al espectador en la posibilidad de reflexionar sobre los artilugios y los límites de la imagen. Desde que asumimos el visionado de una historia donde se nos muestran cámaras de televisión que están creando otra ficción (u otra narración), en esa misma medida descubrimos que hay en la obra una puesta en abismo (o relato dentro del relato) que desembocará en la idea de que cada uno de nosotros, como expresa el bardo, no es más que otro actor en el gran teatro del mundo.

Y Sonny parece, en sumo grado, consciente de esto en su aparente ingenuidad, tal como lo demuestra al destruir las cámaras del banco en un intento por escapar de esa realidad alternativa que estas proponen. Esa conciencia lo lleva a convertirse en un héroe inesperado de la muchedumbre que se arremolina alrededor del banco, así como de la comunidad gay que en aquellos años comienza a ganar un espacio en la sociedad estadounidense. Es inevitable pensar en The Truman Show (1998), pero el mismo Lumet filmó en 1976 la cinta Network, donde aborda más incisivamente el tema de la manipulación mediática.

Aún en nuestros días –en gran medida por las dificultades que siguen existiendo en algunas zonas del país (y en algunos estratos sociales) para acceder a internet–, más de la mitad de la población mexicana considera la televisión como su principal fuente de información. Nada grato si consideramos que, a excepción de la televisión pública o estatal, los contenidos de las grandes cadenas televisivas del país suelen obedecer, principalmente, a las leyes del mercado y a los poderes fácticos; por lo tanto, la mayoría de sus contenidos suelen ser míseros, por decir lo menos.

Por fortuna, la tendencia enunciada antes sigue cambiando en nuestro país. Lo cual no significa que haya cámara alguna que sea inocente en el registro de la realidad. No existe la objetividad como tal cuando se presiona (o dispara) el botón de la cámara, sino subjetividades que, con mayor o menor conciencia, relatan y muestran segmentos de la realidad desde un determinado punto de vista.

El signo de nuestros tiempos, no obstante, muestra, por una parte, la cada vez más difícil capacidad de los Estados para la censura de los registros visuales; pero a esto se contrapone, por otra parte, la hiperabundancia de imágenes –sin hablar ahora de las creadas por la inteligencia artificial–; por lo cual, es vital distinguir entre estas la mirada honesta y humana de la auténtica comunicación frente a aquella otra que busca imponer su visión con intereses diversos (económicos, políticos, etc.).

Es impostergable ser conscientes de la manipulación mediática o de la subjetividad inevitable de la cámara para poner en entredicho la manera en la que se nos presenta lo que vemos, con la finalidad de ejercer el pensamiento crítico y preferir a la verdad única, venga de donde venga, la multiciplicidad de las visiones, tanto en la lente como en el pensamiento. En tiempos convulsos es cuando más se necesita promover un aspecto importante de la educación: la toma de conciencia que surge al pensar sobre el pensamiento, al leer entre líneas o al mirar detrás de lo mirado.

Sonny, y nosotros mismos, dudamos sobre el final que merece su performance en este filme que es por momentos cómico y, de repente, frenético en su edición. En los rehenes, como en los televidentes, el personaje ha despertado simpatía por su franqueza e intuición, pero su fortuito heroísmo es, quizá, solo el resultado del desánimo generalizado de la gente –eso es parte también del contexto histórico de la película, similar al nuestro dónde no es casual que se vuelva a filmar Superman–; basta, entonces, que alguien parezca tener un poco de interés por los demás, sin importar quién sea, para tomarlo en cuenta.

*Doctor en literatura comparada

Imagen: Amazon.com

La Jornada Morelos