

Segunda parte de la celebración de un cumpleaños
El 18 de septiembre de mis 75 años he decidido relatarlo como un homenaje a la fiesta brava: en tres tercios.
Primer tercio. Por la mañana, después de almorzar en La Cruz Blanca —mi lugar favorito de esos días— me subí al metro con destino al barrio de Argüelles para ir al encuentro de la Calle Tutor donde, ubicada en una de sus esquinas, en el número 57, abre sus puertas una librería cuyo nombre lo dice todo, Librería Alberti; esta sería la segunda vez que la visitaba. La primera ocasión hice la promesa de regalarle mi libro Travesías a su dueña —quien ahora se ha vuelto mi amiga—. Al entregárselo y saber que ese día era mi cumpleaños ella me obsequió dos libros preciosos escritos por Alberti, la primera edición de Baladas y canciones del Paraná, de 1954, y una edición en pasta dura de Poesía en la Residencia junto con un CD con la voz de Alberti de cuando, en 1988, leyó sus poemas en el salón principal de la Residencia de Estudiantes de Madrid.
Este primer tercio concluyó con un vermut en la Bodega Central, taberna de gran tradición en el barrio de Argüelles, fundada en 1939 y que queda en la misma Calle Tutor a sólo dos cuadras de la librería Alberti. Al terminar mi vermut salí de la taberna y caminé un buen trecho hacia el barrio de Salamanca en busca del lugar donde el segundo tercio habría de brillar.
El segundo tercio tuvo lugar en El Barril de la Calle Goya, uno de los restaurantes favoritos del cumpleañero, y al que nos llevaron por primera vez a mí y a Laura nuestros amigos Pedro Costa y Maribel Suárez. Al cruzar sus puertas, El Barril te recibe con la vista de una pequeña barra donde caben no más de ocho personas y frente a ella se observa una vitrina con una gran cama de hielo donde reposan los mariscos, cangrejos, ostras, variedades de almejas, gambas, langostinos y percebes, así como pescados capturados con anzuelo como se presume en el menú. Ese vestíbulo que da paso al restaurante es como un discreto bar donde están dispuestos cuatro barriles que sirven de redondas mesas para que las ocupen quienes no encuentran lugar en la barra.
Ese día nosotros pasamos directamente al restaurante. De entrantes —como suele decirse por esas tierras— pedimos, lo recuerdo perfectamente, una orden de navajas; gozamos una vez más el sabor magnífico de ese bivalvo marino. También nos decidimos por unos pimientos del piquillo rellenos de bacalao; de plato fuerte Laura se fue sin dudarlo por el pulpo de pedrero a las brasas con alioli suave y El Biólogo pidió un troncho de merluza a la gallega con su ajado. Al enterarse de que ese día era mi cumpleaños, cariñosamente, el capitán de meseros nos agasajó con un pastel de chocolate y helado de vainilla. Así, con estos gratificantes sabores en el paladar terminamos este segundo tercio.

El tercio “de la suerte” ese 18 de septiembre se celebró en la Plaza del Conde de Casal 8, piso 5 derecha, ruedo propiedad de Úrsula Murayama y Pau Costa. El público fue muy selecto y, sentados en barrera de primera fila, estuvieron los anfitriones, su hija Camila, la prima de Pau, Tere Costa, Marta Cebollada y sus hijas María y Julia Murayama a quienes, por cierto, ofrezco una disculpa por haber omitido mencionar en mi texto anterior el maravilloso regalo que la familia Murayama-Cebollada me obsequió por mi cumpleaños, una playera original de la selección española de futbol, que ahora porto en cada juego que veo desde México.
En esa cena, organizada para seguir celebrando, no podía faltar nuestra amiga Maribel Suárez y, esta vez, para darle todavía más sabor a la reunión estuvo con nosotros Javi, un amigo de Pau de toda la vida y a quien nunca olvidaré, pues hace años a él y Pau, no sé por qué locura, en la boda de Ciro y Marta, se les ocurrió cargarme y pasearme en hombros por todo el salón donde se celebraba la fiesta.
Esa noche, como es costumbre en esa casa y con esos amigos, se comieron delicias. Bebimos buenos vinos y, sobre todo, reímos sin parar. La cena terminó con una burla cariñosa para El Biólogo quien había expresado la idea de hacer, al día siguiente, un recorrido por el barrio de Vallecas como recuerdo de dos series televisivas que le habían gustado, una llamada Estoy vivo y la otra titulada Entrevías. De esa parte de la conversación solamente les comparto una frase que se dijo para tratar de explicarme mi loca intención, la frase fue de Marta quien vivió en México por décadas: “Querido Biólogo, estás loco, es como ir de vacaciones a la Ciudad de México e ir de visita a pasear a la parte más abandonada de Iztapalapa”. Ignoré la advertencia y ese jueves me fui en metro a aquel barrio, sin embargo, debo confesar que después de caminar por unos 15 minutos por Vallecas, al sentir lo que veía me senté en una banca y hablé con Marta para decirle: “Tenías toda la razón sobre Iztapalapa, ya me subo al metro, y para reponerme de la impresión me voy a comer unos callos a la madrileña en la Bodega Estebaranz».
Ese último día de celebraciones me dieron el último regalo y fue de Diego Cordera quien me llevó a un juego de futbol, pero no cualquiera, era uno de la Champions League que se celebraba en el Estadio Metropolitano entre nuestro equipo, el Atlético de Madrid, y el Leipzig de Alemania. Esa primera vez que fui a un juego de fut en España ocupé el lugar que correspondía al abono de Ciro Murayama —ya que por esos días él estaba en México—, donde estuve sentado en medio de otros amigos abonados, Diego Cordera y su hijo Emilio. No os preocupéis, queridos lectores, no haré una crónica del juego, prefiero compartirles cuatro sensaciones de esa noche. La primera se produjo al rodear el estadio para encontrar la puerta de acceso y quedarme admirado del magnífico e innovador diseño arquitectónico de formas y color con el que fue construido, coronado además con una techumbre que, gracias a las nuevas tecnologías, cambia de color mediante un sistema de luces LED; esa noche, por supuesto, eran de color rojo porque jugaba el Atlético. La segunda, ya en el interior sentí y me contagié del increíble ambiente festivo, muy a la española, creado durante todo el juego por los aficionados algodoneros que no paraban de arengar a su equipo con porras y cánticos. Una tercera sensación fue durante el transcurso del partido al comprobar el conocimiento que tienen del juego y la gran pasión con la que viven, sufren y gozan ese deporte Diego y Emilio Cordera. Finalmente, la cuarta emoción surgió de ver la belleza y la calidad con que esos jugadores juegan su juego; ante lo que observaba les dije a mis amigos: “Esto que estoy viendo es otro deporte, algo muy distinto a lo que, dicen, se practica en mi tierra”.
Afortunadamente ese juego de la Champions lo ganamos 2 goles a 1, anotando el del triunfo al minuto 89. Al salir del estadio en busca de nuestro auto le dije a Diego, con una sarcástica carcajada, “Qué bueno que ganamos porque si no, conociéndote, tu enojo me hubiera hecho regresar en metro”. Con este gran último regalo terminaron las celebraciones de mi cumpleaños 75 en Madrid. Así, feliz, termina la crónica del inicio de este viaje que se prometió contar hace muchas Vagancias de atrás para adelante.
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso de la cotidianidad.


