Omar Alcántara Islas

El estreno de la película Tiburón (Jaws) en el verano de 1975 en los Estados Unidos fue un fenómeno que cambiaría para siempre la historia del cine contemporáneo. Se trata del primer blockbuster –esta palabra se refería originalmente, en la Segunda Guerra, a la capacidad de una bomba para destruir (inglés to bust) todo un bloque (block) o manzana de casas, pero se comenzó a utilizar para designar filmes de alto presupuesto y gran inversión en publicidad que captan un extraordinario número de espectadores y ganancias.

La historia que se nos cuenta es sencilla. Un tiburón ataca a una chica y después a un niño en la playa de una isla turística y ficticia llamada Amity («amistad»), lo cual provoca que el jefe de la policía quiera cerrar las playas, más esto no lo permite el alcalde, ya que la prosperidad económica del lugar depende del turismo que se acrecienta con la llegada del 4 de julio, celebración de la independencia estadounidense. Un nuevo ataque cambia la situación y el policía, un cazador de tiburones y un oceanógrafo, se hacen a la mar en busca del tiburón.

Más allá de la mala fama que se creó a los tiburones, quienes raramente suelen atacar a los humanos y menos aún se comportan como estos últimos, desde el primer momento surgieron interpretaciones de diversa índole sobre el significado de este animal en el filme, entre estas –y sigo al filósofo eslovaco Žižek en el análisis que hace sobre esta cinta en su película La guía perversa de la ideología (2012)–, la amenaza bélica extranjera, los desastres naturales o la llegada de los inmigrantes.

Que las sociedades tengamos diversos miedos es algo normal, que estos se materialicen en una sola amenaza con la cual se explica el conjunto de todos esos temores, es algo que suele ser efectivo en el cine y en las simplificaciones del fascismo (Žižek): los nazis responsabilizando a los judíos de todos los males de Alemania o el trumpismo señalando a los inmigrantes como causa de la pérdida de la supuesta grandeza estadounidense. Si hay grandeza en el vecino país del norte, como en cualquier otra nación, la habrá por sus artistas (músicos, escritores, cineastas), entre estos, Steven Spielberg (Ohio, 1946) es un caso singular, pero no es este el lugar para analizar su trayectoria.

Por otra parte, es sugestivo que ese mundo amenazado por el tiburón, tal como se nos muestra en la película, no sea muy distinto al mundo que pretenden salvar los trumpistas, es un universo blanco, maniqueo y lleno de gente obtusa; por no mencionar su empalagoso nacionalismo o esa estúpida moralina, tan común en muchas películas estadounidenses, que suele castigar el deseo sexual en los adolescentes; como si Jaws fuera la versión banal de la extraordinaria novela norteamericana Moby-Dick o la ballena.

Pero no todo es tan sencillo. Recordemos que en 1975 se vive aún la tensión de la Guerra fría y es el año en el que los estadounidenses sufren en Vietnam, oficialmente, su mayor derrota militar desde la fundación de su país. Además de que recién descubrieron las mentiras del presidente Richard Nixon durante el Watergate. Por lo tanto, había una gran necesidad social de entender, o por lo menos simbolizar, los abusos del poder y los miedos frente a lo extranjero, o lo otro –tal como ocurre con la película Alien (1979), también representativa de la época.

Así que somos injustos con el filme si no podemos imaginarnos a nosotros mismos, no solo con empatía humana de gente a quien le gusta la playa, sino también como espectadores en una gigantesca sala de cine donde la música y los efectos especiales irrumpen con tanta fuerza como el tiburón mismo. Y es que lo propio del cine es también el poder que tiene para hacernos olvidar, por un momento, las discusiones políticas y nuestras convicciones sobre el mundo para sumergirnos en una realidad alternativa y sorprendernos con las desgarradoras mandíbulas de la ficción, aunque esta, muchas veces, suela rozar lo inverosímil.

Esas salas impresionantes acabarán por desaparecer, porque así son las leyes del mercado, y a esto también contribuyó el filme, a priorizar el espectáculo sobre otras cualidades del arte cinematográfico en la cartelera, pero, justo por eso, es tan interesante el blockbuster de 1975, porque a pesar de todos sus defectos funciona de alguna manera, es decir, embauca o seduce en su circularidad y su estructura clásica, porque no siempre es tan fácil desenredar el ovillo donde se intersectan las virtudes y los excesos de una película.

*Doctor en literatura comparada

 

 

La Jornada Morelos