Segundo télex, ahora fechado en Madrid

 

Continuamos con la crónica del viaje por Europa de un Biólogo y bailarín tropical, y de una cantante y editora, de nombre Laura Koestinger.

Así que vamos a los primeros días de octubre, cuando volvimos a Madrid provenientes de otra galaxia, la que para los terrícolas es conocida como Andalucía. La agenda de esos días estaba conformada por afectos, promesas por cumplir y algunas sorpresas venturosas. Todo ello, como debe ser en esa ciudad, estuvo acompañado por la fabulosa comida española, sus tabernas, sus calles y su gente.

El miércoles, día siguiente a nuestra llagada, teníamos una invitación a cenar hecha por el poeta Miguel Sánchez y su esposa, Nines, a su casa de Tres Cantos, municipio y villa de la comunidad de Madrid. (Siempre me ha parecido que ese nombre, Tres Cantos, es perfecto para que ahí viva un poeta.) A esa cena no podía faltar Alberto Agudo, amigo de nuestros anfitriones desde los tiempos que estudiaron juntos la universidad. La conversación durante la cena comenzó con el recuerdo de la primera vez que nos reunimos todos en esa misma casa, apenas en el abril pasado, y Alberto recordó que, gracias al clima primaveral, en esa ocasión comimos en la terraza. Recordamos que en aquella cálida tarde tuvimos dos invitados especiales: en manos de Nines apareció el espíritu de Miguel Hernández, captado en una fotografía delicadamente enmarcada, y que es resguardada por ella misma como patrimonio de la familia; y después de unas copas de vino, a la hora de los postres, se leyó otra joya familiar, una carta original de agradecimiento, escrita de puño y letra por Pablo Neruda, dirigida a la madre de Miguel Sánchez, pues ella había editado en España una de las obras del poeta.

Pero en esta noche fresca de octubre dejamos descansar a los poetas, y fueron Laura, Miguel y Alberto quienes se llevaron la tertulia a los recuerdos de sus andanzas y aventuras en México, cuando los tres trabajaban para la editorial Addison-Wesley. Nines y yo no paramos de reír con cada anécdota y loca situación que narraban, por lo divertidas y por la forma casi teatral de contarlas. De esa velada, Laura y yo quedamos convencidos de que hay una manera imprescindible de gozar Madrid: convivir comiendo, brindando y conversando con madrileños en sus propias casas.

Ese mismo miércoles, solo que hacia el mediodía, más precisamente a la trece horas y quince minutos, cumplí una promesa de la cual incluso hay testimonio escrito en una de estas Vagancias- publicada semanas antes- sobre el magnífico libro de Carlos Osorio, titulado Tabernas y Tapas en Madrid. La promesa consistía en tener un encuentro con el autor de ese libro, cuando me encontrara la próxima vez en Madrid.

Por vía electrónica, desde México, intenté ubicar y contactar a dicho autor, pero no fue sino hasta que estuve en España que pudimos conectarnos y concertar una cita. Para tan esperado encuentro, Carlos Osorio propuso con todo tino vernos en la taberna más antigua de Madrid -cuyos datos de registro indican que fue fundada en 1838-. La hora propuesta para el encuentro fue la misma en la que el lugar abre sus puertas. A la Taberna de Antonio Sánchez llegué con facilidad, luego de bajarme en la estación de metro Tirso de Molina y caminar hacia la calle Mesón de Paredes, número 13.

Más específicamente, la promesa hecha consistía en sentarme con este autor en alguno de los lugares referidos en su libro, para hablar de él y, por mi parte, contar historias de cantinas mexicanas. Al conocer ese histórico lugar, me di cuenta de que la descripción que hizo Carlos en su libro es impecable. Me permito dejarles aquí sus propias palabras, para que la gocen conmigo:

“Al entrar en la taberna hallamos una antesala fascinante decorada con retratos de toreros: Bocanegra, Cara Ancha, Antonio Sánchez Ruiz (el padre), y enfrente, a ambos lados del reloj que está ahí desde hace ciento catorce años: Lagartijo y Lagartijillo. Además, hay dos enormes cabezas de toro. Los toros, Fogonero y Aldeano, parecen ausentes, pero cuando (cosa rara) alguien habla de la lidia con propiedad, giran levemente la cabeza y parecen asentir”.

Con esa escenografía, Carlos y yo empezamos a charlar en una mesita de nogal, frente a los bancos y taburetes de la barra, que estaban ya ocupados por parroquianos. Otra curiosidad que revela el pasado de este bar me fue contada mientras tomábamos el primer vermú y comíamos una tapa de chorizo (nada ver con el mexicano); señalando la caja registradora, Carlos me informó que era la misma cuyas teclas habían empezado a sonar ahí ciento treinta años atrás. La conversación sobre cantinas mexicanas y tabernas españolas continuó por poco más de tres horas, mientras disfrutamos la comida servida en la alargada sala interior, con fotografías y recuerdos de Antonio Sánchez. En ese viejo comedor pedimos lo que se debe pedir en una taberna de alcurnia: el menú del día y el vino de la casa.

Las palabras de Carlos Osorio me llevaban, con cada descripción, a gozar el Madrid de tabernas y barrios tradicionales. Por mi parte, lo emocioné al contarle de la cantina mexicana que se llamaba Salón Madrid, y que en una de sus paredes tenía un mural de la madrileña Fuente de Cibeles. Esa tarde se cumplió con creces y emoción una de las promesas de este viaje.

El jueves fue otro día lleno de afectos, reafirmados por un encuentro con Santos Ruesga y Raquel, su esposa. A petición de Laura, que deseaba ese tipo de comida, Santos seleccionó el Galeros, taberna gallega, que está en la famosa calle de Alcalá, número 12, cerca de Puerta del Sol. Para llegar a la cita, tomé el metro, y al bajarme en la estación Puerta del Sol vi una oficina de información que vendía curiosidades y recuerdos de ese sistema de transporte. Una de ellas me gustó mucho y la compré, pensando en mi habitual desorientación en eso de las calles y destinos; era una camiseta que al frente tiene estampado el plano completo del Metro, indicando con colores las líneas, sus conexiones y todas las estaciones. Mientras la pagaba, me hice una broma: cada mañana, antes de salir, debo ponérmela frente al espejo, y así definir mi camino por ese subterráneo sin equívocos.

El lugar para comer, como era de esperarse al haber sido seleccionado por un hombre nacido en Burgos ciudad, y desde muy joven avecindado en Madrid, resultó magnífico. En las reuniones con estos amigos siempre, además de divertirnos, apreciamos las recomendaciones sobre librerías, exposiciones de arte y eventos, que son siempre espléndidas.

Las delicias culinarias que disfrutamos ese día, de una región de España tan singular, merecen una mención especial. Amigos de estas Vagancias, preparen sus paladares. De entrantes: tortilla de Betanzos, empanada gallega, pimientos de Padrón, y no faltó uno de los manjares emblemáticos de Galicia, las vieiras, esos deliciosos moluscos marinos en conchas planas. Los segundos platos incluyeron un pulpo a feira, una merluza con almejas y la sugerencia del día, que era una increíble carne llamada Cañón de Sanchón. Todos probamos un poco de todo. Como debe ser en una taberna gallega, el digestivo fue un orujo de hierbas casero.

Ese día era el último para Laura, pues volaría de regreso a México la mañana del viernes, y lo cerró por todo lo alto asistiendo al teatro con amigas. Aprovecharon que era posible ver, solamente ese día, una obra del grupo Lagartijas tiradas al sol, del que forma parte Gabino Rodríguez, hijo mayor del inconmensurable Rolo, amigo y compadre mío.

Felices, Laura, Úrsula Murayama y Marta Cebollada, amigas de siempre, entraron a un teatro abarrotado para presenciar una puesta en escena que describieron como fenomenal: la obra Centroamérica, una historia relevante, inteligente y sensible, narrada con enorme creatividad y arte. El lugar era el Centro Cultural Condeduque, en pleno barrio de Malasaña. Gabino y sus Lagartijas estaban de gira por Europa y justamente ese día, y sólo ese día, presentarían ahí la obra que unos días antes dieron en una sala del Museo Reina Sofía, y que llevarían luego a Marsella, Bolonia, Roma y alguna ciudad de Suiza. Eso nos contó Gabino esa misma noche, cuando tomamos con él unas cañas y unas tapas, después de su presentación. Con esa experiencia maravillosa se despidió Laura de Madrid.

En próximas entregas seguiré compartiendo las historias de este maravilloso viaje.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Jorge “El Biólogo” Hernández