Sobre El Olvido que Seremos



Últimamente, todos los caminos me llevan a la Salud Pública. Desde que inició el año, decidí adherirme a tantos retos de lectura como pude, pues asiduo lector, estaba ávido por consumir nuevos libros. Fue así como me decidí sumarme al #RetoLector2025 de Adrián Chávez (@nochaveznada). Para el mes de enero, la consigna era leer “Un libro de unx autorx de un país lejano al tuyo”, y leí “La Vegetariana”, de Han Kang. Pero para el mes de febrero, la consigna era: “Libro que alguien queridx eligió por ti”.

En la Maestría he hecho pocos amigos, pero los que tengo son de oro —ya lo dijo Fito Páez citando a Atahualpa Yupanqui—. Se me ocurrió, entonces, contarle la consigna del mes a una compañera de Colombia, la cual, luego de estudiar odontología decidió convertirse en salubrista, y la vida nos hizo coincidir en el INSP. Ella, ni tarda ni perezosa, dijo: “¡Tienes que leer “El olvido que seremos”, de Héctor Abad Faciolince!”, por lo que a su vuelta de unas breves vacaciones en su país, me lo trajo, y esa es la lectura en la que estoy inmerso.

Ya me había contado brevemente, pero muy emocionada, que el libro estaba escrito por el hijo de uno de los médicos precursores de la Salud Pública en Colombia, y que éste había sido asesinado —no se preocupe nadie, esto no es propiamente un spoiler: forma parte de la historia de Colombia—, y me advirtió que lloraría mucho a lo largo del libro. Advertencia nada inocua.

La lectura me llega en un buen momento (uno de esos de confusiones vocacionales que aparecen de vez en vez en la vida de cada cual), para recordarme no sólo por qué estoy estudiando esta Maestría, sino, más importante y, sobre todo, lo que la Salud Pública es. Me permito contarle por qué con un fragmento:

“Decía —es el autor Héctor Abad Faciolince hablando sobre su padre, el médico Héctor Abad Gómez— que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual, que era la única que querían practicar la mayoría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aumentar su prestigio de magos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico más sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole, o los mismos antibióticos —por maravillosos que fueran— salvaban menos vidas que el agua limpia. Defendía la idea elemental —pero revolucionaria, ya que era a favor de todo el mundo y no de unos pocos— de que lo primero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran asegurados el acceso al agua potable. “La epidemiología ha salvado más vidas que todas las terapéuticas”, escribió en su tesis de grado.

¡Y sí! ¡Eso es! No estudiamos Salud Pública para enriquecernos, sino porque tenemos un compromiso con la población, y con su salud. O al menos así lo hago yo. Gracias a la vida por cruzarnos en el camino, y gracias por la sugerencia tan pertinente Caroline.

*Licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), y maestrante en Salud Pública, por la Escuela de Salud Pública de México (ESPM/INSP). Contacto: freudconcafe@gmail.com

Luis Marín