

El encuentro de un matemático con un bar irrepetible de París
¿Es posible imaginar un bar donde cada mesa está cubierta por un tablero de ajedrez? Esta pregunta se la hizo algún día Óscar Chávez López, un doctor en matemáticas aficionado a ese juego.
Un día, la mágica realidad le contestó a su interrogante sin recurrir a ninguna fórmula numérica.
Esta es la crónica que mi amigo nos comparte de ese encuentro. En su caminar sin rumbo fijo, como debe hacerse en París, Óscar salió del metro Saint Germain des Prés y mientras caminaba volteaba a ver fascinado los edificios y monumentos. Tomó por el boulevard de ese mismo nombre y dio vuelta a la izquierda sobre la calle Rennes; recuerda que era una tarde espléndida donde el un sol cálido de verano lo invitaba a que buscara un bar para tomar una cerveza. Su búsqueda no duró mucho tiempo, ya que al encontrar la calle du Four, vio desde la equina, a pocos metros, un lugar con una pequeña terraza de esas clásicas de la Ciudad Luz, que estaba sobre rue Sabot. En ese plácido sitio pidió una aun demi, es decir una cerveza de barril media, al mismo tiempo que leyó sobre la puerta, en letras negras, Blitz society, y con letras más pequeñas el anuncio de un Bar d´echecs. A pesar de su poco francés, pudo saber que la traducción sería algo como “barra de ajedrez”.
Al momento de paladear su cerveza, su curiosidad lo hizo entrar al lugar, y la sorpresa fue enorme al ver que en cada una de las mesas había un tablero de ajedrez perfectamente montado, con todas sus piezas ubicadas en el lugar preciso, y donde algunos jugadores movían las suyas en silencio. Ante la emoción de esa escenografía, se dirigió a la barra para cambiar de bebida y pedir ahora una copa de Cabernet de Bordeaux, y un baguete de paté de campaña. Lo hizo con la seguridad de quien mueve un alfil sobre un tablero.
Su asombro por el lugar que había descubierto creció exponencialmente -diría un matemático- al ver que en la pared estaba colocada una fotografia de Mijail Tal, en ruso Mikhail Thalel. Óscar, un conocedor de la historia del deporte-ciencia, sabía lo que esa fotografía representaba. Ya que en esa placa estaba captado ese gran ajedrecista frente a un tablero, con sus manos en la frente, una de ellas con un cigarro, y con su vista fija en las piezas, pensando en la siguiente jugada. Si, mi amigo confirmó, que era aquel hombre nacido en Riga, quien obtuvo el grado de Maestro soviético, y que quien habían sido campeón mundial de ajedrez en 1960 y 1961. Óscar sabía que ese hombre había sido considerado uno de los más brillantes e intuitivos ajedrecistas de la historia, quien ganó el primer campeonato mundial de partidas rápidas, que Mikhail era un amante del ataque, de los sacrificios de piezas sin temor, de peligrosas y oscuras complicaciones tácticas, y que por su estilo agresivo y creativo se ganó el apodo de “El Mago de Riga”, nombre con el que fue conocido mundialmente. Al oír esa experiencia que me compartía mi amigo, me contagié de la emoción que sintió al estar en el Blitz, y de cómo se enteró que en ese lugar algunas noches las piezas de ajedrez se guardan para dar lugar al Jazz, esa música ligada por siempre a París, ciudad donde Cortázar la definió como solamente él podía hacerlo: “…el Jazz es la música universal del siglo XX”. También quedó invitado a volver un fin de semana, cuando se llevan a cabo torneos, no tanto para participar -conoce de sus limitaciones en ese juego-, sino para presenciar el espectáculo de ver esas partidas que se celebran en cada una de sus mesas.

Con esa imagen de ese lugar rodeado de alfiles, torres y caballos, y escuchando en su mente el saxofón de Charlie Parker, Oscar comprobó que algunos deseos que parecen oníricos, se cumplen.

Imagen cortesía del autor
*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)


