La semana pasada escribí en este espacio un artículo sobre la Reforma Judicial, cuyo destino, todo parce indicar resultara con un logro pírrico. Recibí muchos comentarios de adhesión y coincidencia con lo expresado. Estas manifestaciones me incitaron a preguntarme ¿Cómo es posible que, en el propio Congreso de la Unión, en el Poder Judicial, en el INE, en academias de intelectuales juristas y, en grupos diversos de la sociedad; haya voces que piensan que la Reforma Judicial saldrá mal y no se pueda emprender acciones para impedirlo? La respuesta que encuentro es que hay Miedo, mucho miedo en la sociedad. El miedo se ha metido en nuestras entrañas.

Sí la propia Presidenta de nuestro país tiene miedo para ejercer el poder, que podemos esperar los ciudadanos comunes y corrientes.

Es cierto que el miedo es una reacción emocional que surge ante la percepción de una amenaza o peligro, real o imaginario, y cumple una función adaptativa para la supervivencia. Este tipo de miedo nos ayuda a crecer a salir adelante y ser una mejor persona, en este caso a ser un mejor ciudadano.

También es cierto, que el miedo puede ser utilizado como herramienta para fomentar el individualismo extremo, la exclusión social y el control vertical por parte del poder, debilitando la cohesión social y la confianza entre las personas. Pero, hoy en día vivimos una gran paradoja, el poder tiene miedo porque le dio poder a la delincuencia y esa delincuencia lo tiene amenazado.

Finalmente, una sociedad dominada por el miedo se caracteriza por la parálisis social y económica, donde las personas evitan riesgos, reprimen sus ambiciones y reducen su capacidad emprendedora. El miedo puede ser difuso, intangible y constante, así lo refiere Zygmunt Bauman como el “miedo líquido”, un miedo que no se puede identificar claramente pero que genera inseguridad y ansiedad generalizada. No en balde la familia del narcotraficante más poderoso, del Chapo Guzmán, tuvo que salir de México ¿Qué podemos esperar nosotros?

*Ex catedrático de la UAEM y analista político

 

Antonio Ponciano Díaz