

Sociología de la Navidad
Fernanda Isabel Lara Manríquez
La Navidad ha pasado de ser un instrumento de conquista, de sustitución y de sincretismo de ciertas creencias prehispánicas en México (y de otras religiones “paganas”), a ser un emblema del consumo y del cimiento de las relaciones sociales basadas en el materialismo. ¿Qué festejamos realmente en dichos días? ¿Es genuinamente un tiempo de compartir en familia o de valorarnos por lo que poseemos y por lo que aparentamos? En un país donde el 56% de la población es de clase baja, con un ingreso promedio de $11,300 pesos mensuales, la media del gasto de las y de los mexicanos para estas fechas fue de entre $11,000 y $19,000 pesos para este 2025, es decir, todo el aguinaldo y parte del sueldo mensual fueron destinados a la compra de regalos y a la cena navideña para conmemorar a un Jesús de Nazareth que ni siquiera nació el 25 de diciembre. Así las cosas, los humanos somos animales curiosos, más aún cuando la base de nuestras relaciones sociales es el capitalismo, veamos algunos datos.
Como es del conocimiento de todo “buen católico”, Jesús de Nazareth no nació el 25 de diciembre, incluso su fecha exacta de nacimiento es desconocida a pesar de que se cuente con diversas hipótesis que han datado su llegada al mundo en los meses de abril y mayo o septiembre y octubre. En realidad, las fiestas decembrinas no tenían ninguna relación con la figura de Jesús, eran celebraciones que el cristianismo/catolicismo consideraba paganas, por ejemplo, la adoración al Dios Saturno romano en la Saturnalia (celebración por el solsticio de invierno) o la celebración a Huitzilopochtli, Dios azteca de la guerra, donde tradicionalmente se ofrecía “tzóatl” a los invitados, mejor conocido como “alegría”, dulce típico elaborado con amaranto.
Una de las versiones es que la Saturnalia les resultaba un exceso y una celebración impura a los cristianos, motivo por el cual se fijó la celebración del nacimiento del hijo de Dios en el mismo solsticio de invierno. Mismo caso con los católicos españoles que invadieron el territorio de nuestros pueblos indígenas, cuentan que Fray Pedro de Gante utilizó las mismas melodías sagradas que los tenochcas cantaban en adoración a Huitzilopochtli y en español modificó las frases que se cantaban para que los indígenas adoraran así a otro Dios. La fecha se convirtió así también en un instrumento de conquista desde la estructura que daba la base social de los aztecas, es decir, la religión.
Otras fuentes señalan que esta fecha se eligió también puesto que el 25 de diciembre de 1492, Cristóbal Colón logró el primer asentamiento en “La Hispaniola” (como se llamaba antes al ahora territorio de República Dominicana y Haití) lo que afianzaría la invasión y despojo de los españoles para los próximos tres siglos (e incluso hasta la actualidad, porque no logramos frenar sus robos hacia nuestros territorios ni la explotación de nuestra fuerza de trabajo).

A su vez, es sabido que originalmente en la antigua religión católica no se celebraban los natalicios, sino las muertes de las personas “más notables”, por lo que la ahora celebración del nacimiento de Jesús de Nazareth (en una fecha que ni siquiera ocurrió) remite más que otra cosa a un aparato estructural de conquista ideológica y religiosa. Esto en un inicio, actualmente y desde la entrada de la industrialización en nuestro país, la Navidad se ha erigido en un sistema de reproducción del capital y del aspiracionismo, antes que de cohesión social/familiar, pues a veces la bondad navideña nos dura nada más una semana, pero las deudas varios meses.

En un país con más del 50% de la población perteneciente a la clase baja, se estima que en 2025 se gastaron 115 mil millones de pesos para celebrar el nacimiento del niño Dios que ni siquiera nació el 25 de diciembre. Si se revisan los gastos, todo parece indicar que la Navidad de 2025 fue más costosa en comparación con la del año 2024. Conforme a lo analizado por El Economista (basados en la información de la consultora de mercado Kantar México), las y los mexicanos gastaron un 15% más en la compra de regalos a pesar de que el número de estos disminuyó considerablemente, es decir, el poder adquisitivo para estas fechas se fue a la baja. En 2025 se gastaron un promedio de 6,359 pesos para 10 regalos en tanto que en 2024 el gasto fue de $5,522 para 31 obsequios.
De acuerdo con la investigación realizada por Dinero.mx, el 77% de las y de los mexicanos participó en celebraciones decembrinas, siendo el costo promedio de una posada para 10 personas de $8,400 pesos. Pero en general el gasto total por temporada es de entre $11,000 y $19,000 pesos. La misma indagación señala que el costo promedio de los intercambios decembrinos fue de 500 pesos (más costoso que lo que ganan al día los mexicanos de clase baja, es decir, $377 pesos).
Ahora bien, conforme a lo señalado por Noticias Neo (2025) el 75 % de los mexicanos usó su aguinaldo para comprar regalos, mientras el 65% lo gastó en cenas de Navidad y un 39% en cenas de Año Nuevo, en tanto que sólo el 34% pagó de deudas. O sea que, estructuralmente la Navidad está diseñada para perpetuar el endeudamiento de las clases bajas, así como al impedimento de una posible movilidad social, la cual al consumir como ricos, refleja solamente una ilusión de este sistema aspiracionista. Tristemente y según lo señalado por la misma fuente, un 91% de los regalos son ropa y calzado, seguidos de chocolates, accesorios, perfumes y juguetes. Por su parte, los libros no conforman parte considerable de los regalos brindados, reflejando así las prioridades y la sociedad de consumo que habita nuestro país. Una lástima pues lo que verdaderamente nos sobra es ignorancia, y ésta no se apaga con videojuegos, Chanel No. 5 ni unos Jimmy Choo.
Otros estudios como “Compras de fin de año de 2025 en América Latina” refieren a México como el país con las cifras más altas de la región en cuanto a consumo individual, el cual fue en promedio de cuatro mil pesos, según refirió Telediario. Y es que México está tan cerca del país cuya existencia hace apología al consumo que nuestra cultura está pasando por un proceso de hibridación ahora con la cultura yanqui, usamos tanto palabras en inglés (creyendo que eso refleja mayor estatus), consumimos su cine, su música, y ahora hasta su forma de pensar pues tanta gente está celebrando la invasión gringa en Venezuela, brincando de alegría por la expansión del imperialismo yanqui en lugar de vislumbrar que realmente el único interés de dicha economía de guerra es el petróleo venezolano y no la población que habita ese territorio y mucho menos sus derechos humanos. En efecto, sería maravilloso que nos regaláramos libros en Navidad, ya que vamos a consumir, al menos que sea algo que coadyuve a liberarnos del yugo imperial que persigue a la región por más de 500 años ya.

De vuelta en México, en agosto de 2025 el medio Líder Empresarial señaló, con base a las cifras de INEGI, que la clase baja en México tiene un ingreso promedio de $11,343 pesos mensuales, la clase media de $23,451 en zonas urbanas y de $18,569 en zonas rurales (nótese que la clase media consolidada puede percibir hasta $40,000 pesos mensuales), en tanto la clase alta tiene una percepción aproximada de $77,975 pesos, y en ocasiones superiores a $100,000 mensuales (claro está que México tiene algunos millonarios en la lista Forbes, esos mequetrefes ganan mucho más). Contrario a lo que soñamos en Navidad y ventilamos en nuestras redes sociales, las cuales alimentan también este sistema aspiracionista, hedonista y consumista, solamente entre 1 a 2% de la población mexicana pertenece a dicha clase alta, mientras que un promedio de 42% de la sociedad se concentra en la clase media y un 56% en la clase baja.
Al final, el aspiracionismo al consumir y mostrar quiénes somos por lo que poseemos se erige sobre las bases de un modelo de desarrollo donde se piensa que acumulación es igual a bienestar, sin embargo, para que exista un acumulador deben existir varios despojados. En Patas arriba La escuela del mundo al revés (2009) el brillante Eduardo Galeano nos recordaba sobre el desarrollo: “El puente sin río. Altas fachadas de edificios sin nada detrás. El jardinero riega el césped de plástico. La escalera mecánica conduce a ninguna parte. La autopista nos permite conocer los lugares que la autopista aniquiló. La pantalla de la televisión nos muestra un televisor que contiene otro televisor, dentro del cual hay un televisor”.

