Cuento de Navidad

Fernanda Isabel Lara Manríquez

La Navidad no es siempre blanca para todas, puede ser roja, dolorosa y llena de abusos relacionados al género, en específico al hecho de ser mujer. En esta entrega de fiestas decembrinas quise recordar lo político que es lo personal y escribir un cuento para acompañarnos desde la sororidad. Son fechas en las cuales las mujeres solemos trabajar extenuantemente para preparar deliciosas y abundantes cenas, decorar, limpiar, atender y cuidar. Pero no sólo eso, son fechas en las que el calor familiar a veces aprovecha la confianza para cometer otro tipo de abusos, los de tipo sexual, en ocasiones se suele usar como pretexto el “estar confundidos” por el uso y abuso del alcohol y otras sustancias, y así ocurre el acto de poder de tomar como posesión el cuerpo de una mujer, aunque esa mujer sea una sobrina, una nieta, una prima o una hija.

Además, quisiera aprovechar para recordar y dedicar esta columna a la memoria de Ernestina Ascencio Rosario, mujer, adulta mayor, e indígena brutalmente abusada sexualmente en manos de militares en Veracruz durante el sexenio sangriento de Felipe Calderón Hinojosa, muerta a causa de ello, nunca tuvo reparación del daño en vida, y su testimonio se deslegitimó debido a su género, su edad, su etnicidad y su clase social; me recuerda tanto a los cuentos de Rosario Castellanos, sobre todo, los de Ciudad Real.

Su caso había permanecido impune desde entonces, con todo y la “maravillosa” transformación que vivimos hoy bajo el “celestial” manto de MORENA. Este diciembre, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó a México por su caso. Habrá varias acciones por tomar en este sexenio de Claudia Sheinbaum bajo el famoso slogan de: “llegamos todas”, quedará probar si el hecho de tener por primera vez una presidenta en este país de machismo estructural implica un cambio que se sienta realmente en la vida cotidiana de nosotras las mujeres, o sí, una vez más, se hace marketing político con el discurso de la cruenta lucha social que como feministas tenemos que pelear minuto a minuto, desde el simple de hecho de erigir en nosotras una conciencia no sólo de clase, sino de género con las implicaciones de ser mujeres latinoamericanas y la cosificación edificada en torno a nuestros cuerpos.

Para todas las mujeres que han vivido un abuso sexual por parte de quienes integran las instituciones sociales en las que solemos confiar, llámense los hombres de nuestra familia, o los hombres que pagamos con nuestros impuestos para garantizar nuestra seguridad, como los militares, a todas aquellas mujeres cuyas Navidades no son tan blancas dedico esta columna y este cuento, esperando que al menos siempre contemos con nosotras como género, porque ante esta realidad, nuestra historia nos hace feministas…

Un dibujo de una persona

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Ernestina Ascencio Rosario,

*** Aquí el cuento***

A decir verdad, la Navidad no era más una fecha que la ilusionara, al contrario, había generado ya una especie de animadversión cuando el calendario manifestaba su llegada, una forma de melancolía, tristeza y soledad en el momento en que llegaban los recuerdos de los sucesos ocurridos en las fiestas decembrinas del año 2020, y luego, los de diciembre del 2021.

Para esas fechas, una pandemia que había comenzado hace ya varios meses, estaba en el clímax de su tragedia, su madre parecía apenas un dejo de la mujer única que fue, con una fuerza indestructible y un ánimo incomparable por la vida. Pero lo cierto es que ya no estaba ahí. Siempre había dicho que tenía la posibilidad de experimentar viajes astrales, cuando dormía podía salir de su cuerpo e ir a donde quisiera, desarrolló su propio mecanismo para escurrirse de los atormentadores dolores provocados por el cáncer de ovario que le invadió el cuerpo sigilosamente por varios años. Un cuerpo que alguna vez albergó el embrión producto de la fusión con el esperma de un hombre que la abandonó.

Empezaron a sospechar alguna gastritis o colitis apenas cuatro meses antes, y con algunos episodios duros mientras hacían abdominales a tope para distraerse del encierro. Comenzaba a sentir una terrible acidez, después de varios ultrasonidos, visitas a especialistas de diversas áreas de la salud les comunicaron la noticia que iba a cambiarlo todo. Era cáncer.

Siempre habían dicho que sí a alguna le daba cáncer era mejor ya no vivir y no recibir quimioterapia porque ya habían visto a la tía Cuca y al abuelo Tito partir luego de más de cinco años de sufrimiento por el cáncer, la extirpación de un seno y la indiscreción de su marido porque al ser hombre tenía necesidades que la madre de sus hijos con metástasis ya no le podía cubrir, en el caso de la primera. Y en el caso del segundo, un cáncer de estómago que no sólo lo dejó calvo, sino adolorido, cansado y sólo porque la mayoría de sus hijos se peleaba por no tomar el turno de visitas en el hospital. El más constante era Octavio, al que sus hermanas violentaban constantemente por no formar parte de la élite que ellas siempre habían soñado con habitar y que, de cierta manera, usurparon gracias al dinero de sus maridos. El mismo Octavio que la había abandonado luego de 8 años de vida de aquel embrión que se convirtió en una mujer.

El oncólogo lo diría con una frialdad destacable y ruda, digna de la figura de un hombre masculino, macho y frígido sentimental: “Ya no hay nada que hacer, es cuestión de tiempo, el tumor es muy grande, sólo hay que esperar”. Desde su adolescencia había sido muy consciente en que un momento así la iba a quebrar, y así fue, nunca volvió a ser la misma, nunca nadie le advirtió que la pérdida de una madre es una de las vicisitudes más borrascosas de la vida, tanto que existencialmente es difícil recuperarse. Ni pegarle al costal había logrado regresarla a la vida después del fin de la vida de su madre, además qué tragedia que había sido, los suaves quejidos por el dolor serían para ella tormentos estruendosos que no la dejaban dormir, a decir verdad, nunca volvería a dormir igual, comenzaron los ataques de ansiedad en la madrugada.

Un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa con comida

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Mujeres y trabajo en las festividades decembrinas.

Era como estar en el limbo, por eso a la Navidad del año siguiente le tenía pavor, era comenzar a recordar cómo había vivido las fiestas decembrinas hace doce meses, incluido su cumpleaños, que era el penúltimo día de fin de mes, con su amante en la costa y ella en la ciudad se preguntaba si estaría sola en Navidad una vez más, accedió entonces a pasarlo con su familia paterna, los Reyes.

Habían sido un clan arribista, soñador de ser élite, siempre rechazando su pasado campesino y rural, enamorados de las revistas que narran las vidas y los chismes de la realeza europea que logró sobrevivir a la modernidad. Con todo ello pensó que sería mejor estar con el clan soñador que sola una vez más, o afuera del hospital rondando como fantasma el espacio habitado por su madre en sus últimos días.

Después de cenar en familia a la luz de las velas, con jazz navideño y villancicos, decidieron seguir la fiesta entre primos y partieron al departamento del primo mayor, el mismo que se había acercado a ella como un hermano solidario y fiel después del fallecimiento de su madre. El mismo que la acompañaría a recoger el gatito que adoptaría para no pasar las noches infinitas de duelo en soledad. Ya a las 6 de la mañana era hora de intentar dormir, habían fumado marihuana y tomado alcohol, el hijo del primo mayor con apenas 6 o 7 años estaría despierto en cualquier momento para abrir los regalos que un viejito barbón y panzón suele poner debajo del árbol, aunque con esto del machismo hemos descubierto que no siempre es un viejo panzón el que deja los regalos.

A veces ese viejo panzón deja traumas porque no sólo se mete debajo del árbol sino debajo de las sábanas, el primo mayor había hecho eso bajo el pretexto de haber confundido a su prima con su novia bajo los efectos de la marihuana y del alcohol, comenzaría pasando su mano sobre el seno derecho de su prima, lo demás es historia. Una Navidad más con otra desgracia por intentar superar. Cada vez que llegaba la Navidad prefería mejor estar sola porque así estaría segura de que nadie podía fallecer y nadie la podía abusar.

La Jornada Morelos