La represión es un mecanismo poderoso en la dinámica psíquica, frena, oculta, distorsiona. Se trata de uno de los principios de la propuesta de este filme y uno de tantos aspectos que me hacen regresar a Chéjov, el gran maestro ruso del cuento, sobre todo a las páginas de El pabellón número seis (1892), una obra maestra que nos muestra los perfiles más sutiles de la represión hospitalaria, así como la espantosa normalidad que se instaura bajo su dominio dentro de ese tipo de edificios en los que conviven especialistas, enfermeros, vigilantes y enfermos.

En Gothika (Mathieu Kassovitz, 2003), la dra. Miranda Grey es el axis sobre el cual gira la locura, vista como una situación extrema, determinada institucionalmente, es decir, producida y validada por el hospital y no como una condición mental. Efectivamente, lo que exhibe Gothika es la arbitrariedad institucional y la debilidad del discurso pseudo-científico de la psiquiatría y la psicología, un par de disciplinas que son capaces de confundir los elementos básicos de los trastornos más radicales con la voz de la autoridad (el poder del jefe) o, incluso, intercambiar, convenientemente, la normalidad con la anormalidad como correlatos del poder institucional.

En su caso, El pabellón número seis de Chéjov también postula una situación en la que un médico es incapaz de reconocer la cordura de la sin razón. De hecho, esta sala del hospital se presenta como un puente entre dos mundos y un desafío epistemológico para la disciplina médica, ya que se pierden los límites entre verdad y falsedad, normalidad y anormalidad, locura y sensatez. De este modo, Chéjov es uno de los primeros críticos de un discurso que pretendía plantearse como científico, así como del espacio institucional en el que rige soberanamente, mostrando sus intercambios y los nexos tan profundos que los unen.

En el extremo, tanto para Chéjov como para Gothika, los médicos son vecinos de la locura y el exceso. Por su parte, en el filme, la cordura, la sabiduría y la claridad suelen revelarse a través de las palabras de los internos, quienes en diversas ocasiones parecen más bien presos, secuestrados o condenados a permanecer enfermos por causas ajenas a su condición mental o médica y en beneficio de los practicantes de la psiquiatría, la psicología y la enfermería en Woodward.

La trama se precipita cuando la doctora Miranda Grey despierta en una celda de observación, después de ser acusada de matar a su esposo. Algo parecido ocurrió con el doctor Andréi Yefimich Raguin, pues poco a poco, debido a la convivencia con los locos, transforma su férrea mirada en el vacilante estado que lo llevará hasta la locura. El doctor Raguin se transforma en el pabellón número seis, así como el doctor Doug Grey se convirtió en un monstruo mientras se desempeñaba como director de este hospital.

En este contexto, el binomio medicamento-mejora queda destrozado por las referencias de estos dos soportes que nos muestran una ruta muy distinta a la pensada por psiquiatras, psicólogos y criminólogos. En este caso, La crueldad del vigilante Nikita, se actualiza en el Sheriff Ryan quien atormentaba a las internas en colusión con el director del hospital. Desde esta perspectiva, en una concesión a los antipsiquiatras, la película de Mathieu Kassovitz nos muestra de qué manera las prescripciones son una autopista hacia la locura. La doctora ahora es compañera de Chloe Saba, su antigua paciente, así como ocurre con Iván Gromov en el cuento de Chéjov, quien le señala que ahí, desde dentro de la institución psiquiátrica la verdad no importa, pues en ese universo el poder y las normas respaldan las prácticas, de tal modo, más allá de tener razón o no, de necesitar el internamiento o no, «todos únicamente hacen su trabajo.» Nada es personal y ahora, como afirma la doctora Grey «…la lógica es obsoleta.» Los internos de este tipo de instituciones lo saben bien, «No puedes confiar en alguien que cree que estás loco», son las palabras de una loca que ahora se refugia en un anti-discurso que se reafirma cada vez que se pronuncia, se trata de un argumento circular que nos hace ver los perfiles de una verdad que solemos considerar absoluta.

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El contenido generado por IA puede ser incorrecto. La película aborda uno de los aspectos que fundamentan a nuestras sociedades: la producción y la institucionalización de la verdad. Una temática que ha sido objeto de importantes desarrollos en la filosofía francesa, específicamente por Michel Foucault en Vigilar y castigar, Los anormales y El Poder psiquiátrico, tres obras que pueden completar muy bien un acercamiento a este tema y una experiencia más profunda del clásico de Chéjov y de la excelente película de Mathieu Kassovitz. Bajo esta mirada, Gothika es una excelente actualización del tema inaugurado por el maestro ruso y una película recomendable incluso después de veintidós años de su estreno, sobre todo para nuestro país, tan acostumbrado a la magnificencia y el fasto de la producción institucional de la verdad.

Imagen sugerida: Promocional de la película (2003).

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  1. Filólogo y filósofo.

José Manuel