

Primer acto
Un músico amigo cuenta que, a su vez, otro músico le transmitió esta peculiar historia. “Aunque no lo creas, en varias ocasiones bebí en un bar increíble, montado tras bambalinas en el Palacio de Bellas Artes.” En ese lugar se recibía a músicos, cantantes y bailarines. Atrás del bellísimo vitral que cubre el telón los tramoyistas se convertían, antes de que comenzara la función, en finísimos y expertos bar tenders tan buenos como los mejores de cualquier bar de la ciudad.
Con el fin de que los artistas pudieran tranquilizar los nervios, aclarar la voz o relajar los músculos, ese espacio que antecede a los camerinos se convertía en un bar completo o, como lo llaman los gringos, en un fullbar que ofrecía una amplia carta: vinos tintos y blancos, tequila, ron, brandy, cognac, whisky, vodka. Si a alguien le apetecía algún coctel se contaba con los aditamentos y los ingredientes necesarios para prepararlo. Todo esto ocurría mientras los espectadores compraban sus entradas y ocupaban cómodamente sus asientos, sin saber la maravilla que ocurría tras el proscenio. Este prolegómeno les permitía a los artistas, en ocasiones animados por los gratificantes efectos de una bebida, hacer brillar su espíritu con más belleza durante sus presentaciones. Al saber de este maravilloso bar uno desearía haber actuado, aunque fuera sólo por un día en Bellas Artes; así lo han de pensar muchos músicos, actores, bailarines y algún biólogo que conocen esta historia.
Segundo acto
Con la ayuda de sus remembranzas este mismo amigo nos invita a la ciudad de los vientos, que debería llamarse la ciudad del blues, donde vivió y tocó esa maravillosa música durante cuatro riquísimos años, acompañado de su bajo o su guitarra, recorriendo grandes e históricos lugares. Con humor y con el don que posee de gran conversador, mi amigo Agustín Reina nos habla del The Morse Land. Este bar, recuerda claramente, estaba situado al norte de Chicago, cerca del estadio de béisbol Wrigley Field, la casa histórica de los Cachorros. El lugar era atendido por una mujer de origen asiático a quien todos los músicos conocían como Miss Saigon.
El Morse Land tenía una regla que Miss Saigon hacía cumplir a cabalidad: la casa de música ofrecía tres turnos que cubría el grupo y la norma respetada por todos consistía en que durante las dos primeras presentaciones estaba estrictamente prohibido que los músicos bebieran alguna copa, incluso cerveza. Sin embargo, para el tercer turno todo cambiaba ventajosamente y a los artistas se les ofrecía barra libre con cargo a la casa.

Nuestro amigo cierra la historia con esta estampa beisbolera: “Algunas veces les decía a mis compañeros: ahí ustedes lléguenle los dos primeros turnos” y, usando términos beisboleros, completaba “yo los alcanzo en el tercer tercio del juego, es decir, en la fatídica séptima entrada, cuando ya hayan dado la señal de bateo libre”.
Tercer y último acorde
El tercer acorde Agustín lo toca, sin desafinar, ahora en la ciudad de San Luis Potosí, México. Sus recuerdos nos transportan a finales de los años ochenta, a una cantina que estaba en la calle Guajardo, cerca del Mercado República; para más detalle, por el rumbo de Av. Constitución. Su nombre para él era inolvidable, pues tenía el de una destilería de su bebida favorita, se llamaba Salón Orendain. En ese lugar se tenía una costumbre muy poco común, se podría decir que inusual en ese tipo de establecimientos, pues el descorche era permitido con un costo bajísimo, siempre y cuando se consumiera cerveza.
Aunque esta taberna tenía una añeja experiencia en atender a buenos bebedores, ese día podría haber sido inscrito en los récords Guinness, al recibir en sus mesas a una troupe de músicos y cantantes. En su camino al Salón Orendain este grupo de artistas descubrió en una vinatería una oferta que, obviamente, les llamó la atención: la botella de un litro de tequila Herradura Blanco tenía un precio de 33 pesos. Por supuesto, la visita al Orendain terminó en una épica borrachera que, según algunos testigos dejó un saldo de 13, y según otros, 15 botellas de un litro de ese buen tequila consumidas por un grupo selecto —pero amplio— de músicos, en el que no faltó la contribución al consumo: la juventud de Son de Merengue, el amplio conjunto del mariachi de Amparo Ochoa y el sentido del humor y la voz de Gabino Palomares, “y sí, la participación activa de su seguro servidor; ¡imaginad cómo acabaríamos! Pero con la rancia experiencia de los más veteranos músicos de la legua y la vagancia sabíamos el cómo y dónde reponernos para estar listos antes de presentar nuestro espectáculo del día siguiente. En la mañana fue René Lemus, ese extraordinario percusionista, quien me dijo: ‘mi querido Agus, tú que siempre sabes de estas cosas, llévanos a buscar dónde nos quitamos esta espantosa cruda’. En ese momento, y también cargando con los mismos malestares, les dije: lo mejor es ir directamente al Mercado República en busca de las mejores enchiladas potosinas de por aquí y, claro, no se preocupen, compañeros de la cruda, por supuesto que las vamos a acompañar de unas chelas absolutamente heladas”.
Con ese reconfortante desayuno terminan estos acordes bien tocados en sol mayor por mi amigo Agustín Reina, con los que contribuyó al homenaje a la tradición oral que se desea hacer en estas Vagancias semanales.

*Bailarín tropical, apasionado de viajes, bares y cantinas que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad. (elbiologony@gmail.com)

