

Tal es el nombre de la primera y fantástica novela del médico y ahora escritor, Darío Vargas, miembro del taller del extinto maestro Paco Rebolledo, del que han salido plumas merecedoras de premios nacionales de narrativa. No es casual, la tradición en dicho taller ha sido analizar, desmenuzar y aportar a los borradores presentados por sus miembros, a partir de miradas tan profundas como comprensivas del quehacer literario.
Darío Vargas arranca no con un cuento, sino directamente con una novela que lo hace ver como escritor experimentado, cuyos méritos radican en profundas reflexiones filosóficas, científicas, y acercamientos a saberes y conocimientos ancestrales de pueblos y chamanes de México y de la actual Centroamérica. En el centro de su novela está planteada la cruda realidad del abandono por los humanos de toda racionalidad que garantice su sobrevivencia, y pareciera en cambio, que hay certeza en su desaparición como especie, por su propensión compulsiva a mentir: los priones en su novela, son bacterias que infectan a los mentirosos y acaban como epidemia, con ellos.
En tiempos del pretendido emperador, el sátrapa Trump, pudiera uno conceptualizar esta novela como realista, nada de fantástica. Impera y se expande con velocidad sorprendente el engaño, la estafa, las falsas noticias. Aquí salta al ruedo nuestro joven escritor, con un personaje esperanzador que busca explicaciones a esta calamidad humana, que no conforme con los hechos que lo circundan, y ante la pérdida continuada de sus amados, emprende como el héroe, un viaje al sureste mexicano, hasta la tierra de los lacandones, para conectarse con quienes pudieran enseñarle en el fondo, lo que sucede y qué puede hacer para remediarlo.
Darío hace vibrar en su novela, una visión cósmica en que somos parte de la naturaleza, en que podemos los seres humanos aprender a comunicarnos con otros seres vivientes, en lenguajes diversos, incluso en el silencio, con espacios de contemplación, más allá del tiempo. Las vías para hacerlo son desde las directas, disposicionales, como indirectas, con recursos enteógenos, chamánicos, partiendo de esta realidad hacia otros espacios (planos), sea el supramundo como el inframundo, y dando luchas por el conocimiento, tras las cuales se expresa la voluntad, se consiguen aliados y claridad en las tareas que emprendemos, entre ellas, y principalmente, nuestra sobrevivencia y el amor.
Me convence sobremanera su modo de mostrar cómo sus personajes se comunican con los árboles, cómo se hacen ellos mismos raíces, troncos, ramas, cómo se llenan de hojas y trascienden su propio ser, para formar una unidad con los demás seres del universo. Mi papel esta vez radica en invitarles a ustedes, lectoras/es, a adquirir y leer esta bella novela, rolarla, reflexionar con sus seres queridos, sobre lo que podemos hacer para habitar respetuosa y honestamente este mundo.
Debo felicitar al autor, también excelente internista, como a Vocatio Editores, quienes en conjunto contribuyen a hacernos ver el valor de las editoriales independientes. También felicitar a Lucas Leandro, quien ilustró la portada de maravilla.

Me quedo con esta convicción, producto de la lectura: soy ceiba, soy sabino, soy cedro y ahuehuete. Vibro con cada vibración de otros seres de este plano, y unos más que nos trascienden.

