(Nuestras Raíces)

La Mulata Soledad

Ania Dafne Ortiz Esparza*

Alrededor del año 1816, en Córdoba, Veracruz, vivía una mujer llamada Soledad, conocida por todos como «La Mulata». Su piel canela, herencia de una madre africana y un padre español, brillaba con tonos cálidos bajo el sol veracruzano. Pero eran sus ojos, de un verde profundo y misterioso, los que atrapaban las miradas y desataban rumores de magia y misterio.

La Mulata no era solo hermosa, poseía un saber ancestral transmitido generación tras generación. Conocía las plantas medicinales más ocultas, las fases lunares exactas para realizar remedios efectivos, y tenía la habilidad natural de aliviar dolencias del cuerpo y del alma. Cuando alguien caía enfermo en Córdoba, no había duda alguna: debían buscar a Soledad. Nunca pedía dinero como pago; simplemente decía: “Paga lo que puedas. ¿Cuánto vale para ti la salud de quien amas?”.

A pesar de su bondad y sabiduría, su figura despertaba envidias y miedos infundados. Algunos, en secreto, afirmaban que poseía un pacto con fuerzas oscuras. Sin embargo, ricos y pobres por igual buscaban su ayuda, aunque los primeros lo hicieran discretamente, cubiertos por las sombras de la noche para evitar ser vistos por ojos inquisidores.

Una tarde calurosa, Soledad fue llamada para aliviar los dolores de un sacerdote influyente en la catedral de Córdoba. Al terminar el tratamiento con éxito, el sacerdote, cautivado por su belleza, intentó aprovecharse de ella. La Mulata, con determinación y firmeza, lo rechazó rotundamente. Humillado y lleno de ira, el clérigo juró venganza, acusándola públicamente de brujería ante la Santa Inquisición.

Pronto llegaron por ella los soldados. Fue apresada y llevada a la fortaleza de San Juan de Ulúa, en donde fue encerrada en una oscura y húmeda mazmorra, lejos de su amada ciudad. La prisión era fría y húmeda; el sonido constante del mar resonaba como un susurro eterno en sus paredes desgastadas por el tiempo.

Pasaron días de encierro hasta que una mañana, Soledad solicitó un pedazo de carbón al carcelero para entretenerse. Él, conmovido por su actitud digna y amable, accedió. Con una destreza casi mágica, La Mulata dibujó en el muro rugoso un barco majestuoso y perfecto, con velas extendidas que parecían agitadas por un viento invisible.

El carcelero, impresionado, preguntó: —¿Le falta algo a tu barco, mujer?

Ella, con una sonrisa serena y los ojos brillantes de esperanza, respondió: —Sólo falta que navegue.

Ante la incredulidad del guardia, Soledad colocó sus manos sobre el dibujo, cerró los ojos, y con un último aliento, susurró: —Gracias, buen hombre, ahora navegaré.

La pared de piedra pareció ondular suavemente como si fuese agua, y La Mulata subió al dibujo del barco con una gracia etérea. Ante los ojos asombrados del carcelero, la figura de la mujer desapareció lentamente, fundiéndose con la imagen de carbón, dejando atrás únicamente la silueta indeleble del navío.

Desde entonces, muchos aseguran que Soledad nunca se marchó por completo. Dicen que algunas noches, al soplar el viento desde el mar, se escucha en las mazmorras de San Juan de Ulúa una voz femenina entonando una melodía antigua, recordando a todos que la verdadera magia reside en la libertad.

Y aún hoy, aquel barco dibujado en carbón permanece intacto, resistiendo al tiempo y al olvido, testimonio eterno de una mujer cuyo espíritu jamás pudo ser encarcelado.

*Integrante de la Gubernatura Indígena

La Jornada Morelos