De los pueblos originarios a las naciones americanas: genealogía del cerco colonial 

Un cerco es una estructura que rodea y delimita un espacio para impedir la entrada o la salida, para interrumpir la comunicación con fines punitivos o coercitivos. Es una acción deliberada de delimitar para aislar, para debilitar y someter. 

En la historia de nuestro continente, el cerco ha sido una estrategia de poder utilizada para conquistar, colonizar y disciplinar. Se aplicó primero contra las naciones originarias, confinadas, despojadas y privadas de sus territorios y modos de vida. Más tarde se proyectó contra las naciones americanas que decidieron no alinearse con el mandato hemisférico norteamericano. 

Toda genealogía del cerco continental debería comenzar con el despojo indígena. La práctica del asedio no fue una innovación europea: durante el periodo Clásico mesoamericano hubo bloqueos entre ciudades-estado como Tikal o Calakmul, y los mexicas participaron en el cerco contra los tepanecas de Azcapotzalco, que permitió el surgimiento de la Triple Alianza. 

Sin embargo, en el siglo XVI el cerco adquirió otra dimensión. Sin desconocer los asesinatos de taínos en La Española, la masacre de Jaragua o las campañas punitivas de Velázquez en Cuba y Puerto Rico, la matanza de Cholula en 1519 anticipó la pedagogía del terror colonial, y el sitio de Tenochtitlan mostró que el aislamiento, a través del hambre, la enfermedad y la asfixia, era sumamente efectivo para la dominación territorial y económica. 

Tras la caída de México-Tenochtitlan, el asedio se institucionalizó. Repúblicas de Indios, congregaciones, misiones y reducciones; más tarde, reservas indígenas en Estados Unidos y Canadá, funcionaron como delimitaciones jurídicas y territoriales. A ello se sumaron las plantaciones, ingenios y los códigos jurídicos que regularon la vida de las poblaciones africanas esclavizadas, estableciendo espacios cerrados de vigilancia permanente y restricciones absolutas de movilidad. Bajo distintos imperios, se consolidó una arquitectura continental de confinamiento inscrita en la ley y en el territorio. 

En el siglo XIX, esa lógica se transformó bajo la expansión estadounidense. Junto con el genocidio, las “reservas” no fueron solo administración del “problema indio”, sino la consolidación de una frontera interior. La ley federal norteamericana “Indian Removal Act” de 1830 evidenció que el cerco podía combinar desplazamiento y despojo. Cuando la frontera al interior de Estados Unidos se consolidó, la lógica colonialista se proyectó hacia el exterior. En 1823, la Doctrina Monroe formuló lo que ya era una práctica territorial: Estados Unidos era una esfera exclusiva de influencia. Bajo el principio de “América para los americanos”, el cerco dejó de aplicarse solo a pueblos originarios y se extendió a Estados soberanos cuya autonomía resultaba incómoda. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, esa proyección incluyó intervenciones militares, golpes de Estado, apoyo a dictaduras y acciones encubiertas durante la Guerra Fría, así como presiones económicas y sanciones contemporáneas contra gobiernos considerados adversarios. Este patrón incluyó ocupaciones militares a lo largo del Caribe y Centroamérica en las llamadas “Banana Wars” tras 1898; golpes de Estado encubiertos, como en Guatemala en 1954; apoyo y colaboración con dictaduras militares anticomunistas durante la Guerra Fría (como en Chile o el Plan Cóndor); acciones encubiertas de la “Central Intelligence Agency”; e intervenciones directas, como la fallida invasión de Bahía de Cochinos en Cuba en 1961. Más recientemente, las presiones económicas y sanciones contra gobiernos soberanos como el de Nicolás Maduro en Venezuela, quien además fue secuestrado por el ejército norteamericano al ingresar a Venezuela y violar la soberanía nacional. 

Una de las expresiones más recientes y brutales de ese cerco colonial es la intensificación del bloqueo que durante más de seis décadas se ha ejercido contra Cuba. En los últimos meses se ha endurecido de manera significativa, convirtiéndose en un mecanismo de asfixia económica cada vez más severo, que se traduce en obstáculos para adquirir combustibles, importar alimentos y medicamentos, y en presiones financieras que impactan en la vida cotidiana de millones de personas. El cerco busca debilitar, agotar, alinear, sin importar que millones de personas mueran, en favor de los intereses coloniales de Estados Unidos y del trumpismo. 

* Doctor en filosofía. Posdoctorado UAEM. 

Roberto Rodríguez Soriano