
La narrativa más popular sobre Jeffrey Epstein lo convierte en el centro de una conspiración, un arquitecto del mal que reclutaba a los poderosos para sus crímenes, un agente de inteligencia, el núcleo de una red de pedófilos que incluía a cada político y magnate que alguna vez le estrechó la mano. Es una narrativa cómoda porque convierte un problema sistémico en un problema de villanos, y los villanos, a diferencia de los sistemas, se pueden nombrar, cancelar y olvidar. La otra narrativa popular es su opuesto: Epstein era un excéntrico millonario con conexiones amplias, y la mayoría de quienes lo conocían simplemente no sabían, no podemos destruir reputaciones basándonos en una cena compartida. También es cómoda, por razones obvias. Ambas narrativas tienen algo en común: hacen de Epstein el sujeto de la historia. Y al hacerlo, hacen invisible lo único que realmente importa: la red, porque Jeffrey Epstein no era una anomalía. Era una función.
En el capitalismo el dinero necesita moverse, y para moverse necesita relaciones. Los que tienen capital buscan multiplicarlo o convertirlo en estatus. Los que no lo tienen, políticos, académicos, artistas, empresarios medianos, necesitan acceder a quienes sí lo tienen. Entre estos dos mundos existen nexos: personas cuyo valor no es su dinero ni su inteligencia sino su conectividad, su capacidad de poner en la misma habitación a personas que de otra manera nunca se encontrarían. Epstein era uno de esos nexos. Y era excepcionalmente bueno en serlo. Conocía a personas en todo el espectro ideológico y económico, de Chomsky a Bannon, de Hollywood a Washington, de universidades de élite a fondos de inversión. No era el único nexo de su tipo, pero descubrió algo que la mayoría de ellos no descubren: que, al volverse suficientemente indispensable para el flujo del capital, te vuelves funcionalmente intocable.
Porque si te vas, pierdes la red. Y si pierdes la red, pierdes todo lo que la red te daba.
Esto es teoría de juegos, específicamente un problema de coordinación. Todos en la red obtenían algo de su conexión con Epstein: acceso, financiamiento, legitimidad, contactos. Todos, colectivamente, habrían estado mejor si la red se hubiera disuelto y Epstein hubiera sido aislado. Pero ningún individuo tenía incentivo para ser el primero en irse, porque alejarse unilateralmente significa perder tus conexiones mientras todos los demás conservan las suyas. La solución óptima, que todos se fueran simultáneamente, requería una coordinación que nadie estaba dispuesto a iniciar. Entonces todos se quedaron. No por maldad necesariamente. Por cálculo.
Y es necesario dejar en claro que la explicación sistémica no absuelve a nadie de culpa.
Porque había información disponible. Epstein era un delincuente sexual registrado desde 2008, dato público, accesible, sin ambigüedad legal. En cada evento suyo había mujeres jóvenes, notablemente jóvenes, cuya presencia no requería investigación periodística para resultar, cuando menos, incómoda. Las acusaciones eran públicas y múltiples. Cuando Trump declaró al FBI “qué bueno que lo atraparon, todos sabíamos lo que estaba pasando”, no estaba confesando participación, estaba confirmando algo de alguna manera peor, que el conocimiento existía y que nadie, él incluido, había hecho las preguntas correctas. O mejor dicho que habían tomado la decisión de no hacerlas. Esa es la distinción que importa. No ignorancia sino ignorancia elegida.

Esto no significa que todos en su red tengan la misma culpa. Hay quienes sabían más, quienes facilitaron activamente, quienes participaron. Sobre ellos el juicio es otro y más severo. Pero el piso de culpabilidad para quienes simplemente permanecieron en la órbita de un delincuente sexual registrado, rodeado de acusaciones públicas y mujeres llamativamente jóvenes, no es inocencia. Es complicidad por cálculo, la decisión racional de cada individuo que produce, en su conjunto, un resultado monstruoso.
Epstein sabía que al hacerse necesario para el flujo del capital se volvía intocable, no porque existiera un grupo secreto protegiéndolo, no porque tuviera material comprometedor sobre cada poderoso de su agenda, sino porque la lógica de la red hacía que removerlo fuera más costoso que tolerarlo. No había conspiración. Había un sistema funcionando exactamente como está diseñado para funcionar.


