

Revolucionarias somos todas
Qué le cuento, dice el dicho que; cada quién habla de cómo le va en la feria y en el marco del día de la revolución mexicana que, como usted bien sabe el 20 de noviembre de 1910, Francisco I. Madero, llamó a los mexicanos a levantarse en armas contra el régimen de Porfirio Díaz, quien había permanecido en el poder por más de tres décadas, y abogaba a luchar por condiciones más justas para los obreros e indígenas, salvo que en ese registro de la historia, olvidaron a las mujeres que también perdieron la vida y fueron semilla de las actuales revoluciones que dicho sea de paso, seguimos abogando por condiciones más justas e igualitarias para nosotras, por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nuestra vida y nuestro destino, pero sobre todo porque el feminicidio deje de ser una constante.
Dato curioso según Instituto de Investigaciones Legislativas dos mil mujeres llenan espacios con sus biografías en las páginas del Diccionario Histórico y Biográfico de la Revolución Mexicana, donde se recopilan los acontecimientos y luchas de la gesta revolucionaria iniciada en 1910 y de quienes en ella fueron protagonistas ¿cuántas ubica usted? ¿cuántas de esas mujeres se encuentran en los libros de historia?
Cada 20 de noviembre, las conmemoraciones oficiales nos hablan de libertad, de heroísmo, de un México que se levantó en armas por justicia y por esperanza. Sin embargo, en medio de discursos y desfiles, existe un vacío; el reconocimiento de aquellas mujeres que dieron vida a esa lucha y de quienes, un siglo después, siguen esperando la justicia que aquel ideal prometió.
Revolucionaria somos todas en un país donde más de 100,000 personas están desaparecidas y donde el 24% de las víctimas son mujeres, las madres buscadoras se han convertido en las verdaderas revolucionarias de nuestro tiempo. Las cifras de violencia de género en México revelan una realidad devastadora: cada día, 11 mujeres son asesinadas, y cada 60 minutos, dos mujeres son reportadas como desaparecidas. No es suficiente hablar de justicia y libertad en el pasado, cuando el presente es un recordatorio constante de todo lo que queda por hacer. La revolución para nosotras no se ha cumplido: persiste en cada madre que excava la tierra, en cada trabajadora que enfrenta violencia en su empleo, en la brecha salarial, en las cifras alarmantes de violencia sexual en las infancias.
En este México, la revolución feminista no se cuelga una carrilera ni monta a caballo; tampoco corea himnos bélicos llenos de crueldad, ni canciones pop vendidas como inofensivas de charros venidos a menos, “recordará usted aquella canción que en su coro dice; mátalas y vuélvete asesino de mujeres” no, nuestra revolución está llena de ternura radical, de sororidad, de epistemología, de poesía, de grafiti, de acuerdos y de agenda compartida, con el rostro de mujeres que exigen el fin de los feminicidios, la igualdad en cada rincón de su vida y en la ardua tarea de desmontar estereotipos que nos reducen a ser las cocineras, cuidadoras, amantes y madre de “aquellos que liberan al mundo del yugo de la opresión, misma que se encarna en los cuerpos y espacios masculinos, hegemónicos, colonizadores y patriarcalizados” dejándonos de lado en los libros de historia, pero sobre todo aquellos que están empecinados a vendernos paisajes ficticios de libertad.

Porque la verdadera libertad no se ganó hace un siglo; sigue siendo el reclamo de miles de mujeres que nos recuerdan que México, aún tiene una deuda profunda con todas ellas, a las que volvieron invisibles en la historia y a las que vuelven una cifra aquí y ahora. Le dejo a modo de despedida unas líneas de la canción Diosa de Rebeca Lane y Renee Goust “Soy cuerpo de valles y montes, soy mi propia diosa, soy mi propia voz, soy la revolución, hija de sangre valiente y amor soberano que lucha”

