La soledad: ¿trinchera o autoexilio?

 

El pasado 25 de noviembre, fecha en que repetimos con dolor y rabia la memoria de las que ya no están, participé en la presentación del libro Cartas a una joven feminista de Alma Karla Sandoval. Una obra que, entre muchas otras cosas, nos habla de la soledad como fortaleza política.

¿Cómo decir semejante cosa en territorio latinoamericano, donde el feminismo comunitario nos recuerda con claridad meridiana: “yo soy porque nosotras somos”? ¿Cómo hablar de la potencia de estar sola cuando sabemos que la fuerza de nuestras luchas nace de las redes, de los abrazos estratégicos, de las alianzas que sostienen la vida ante el genocidio feminicida que atraviesa nuestro continente?

Pero quizá la soledad de la que hablan los feminismos y bien retoma Alma Karla no es la del aislamiento neoliberal ni la del “emperatriz de mi propio universo”. No es la soledad del girlboss empastelado en glitter que cree que empoderarse es “fluir”, respirar profundo y repetir mantras mientras el mundo arde.

No es, tampoco, la soledad que nos vende la happycracia, esa religión contemporánea del optimismo obligatorio que exige mujeres siempre sonrientes, resilientes, luminosas y “responsables de su propio bienestar emocional”. La que dicta que quejarse es de mal gusto, que denunciar es “ser conflictiva” y que la rabia es un “bloqueo energético”.
El mandato no escrito, pero muy bien repartido, de que una mujer que nombra la violencia es una exagerada, y una que exige justicia es una histérica desagradecida.

Esa soledad hueca y disciplinadora no es la que nos ocupa. La soledad política que se propone en esta conversación es otra: la del pensamiento, la del exilio interior donde se fragua la palabra que luego será grito colectivo. Porque si algo ha demostrado la historia es que las mujeres que han desafiado al orden patriarcal han debido muchas veces resistir desde un aislamiento impuesto: la celda, el convento, la biblioteca secreta, la habitación cerrada.

Pregúntenle a Sor Juana Inés de la Cruz, esa genia que tuvo que ocultarse bajo el hábito para poder pensar y no nos engañemos tejer alianzas femeninas estratégicas con mujeres poderosas de la corte. Sororidad radical: no la del bordado lila para Instagram, sino la del pacto político para sobrevivir y trascender.

El libro también nos invita a mirar de nuevo la historia de Medusa. No como monstruo homicida, sino como mujer violentada cuyo castigo y decapitación simbolizan la mutilación histórica del poder y el autoconocimiento femenino. Pero claro, cuando las mujeres se miran a sí mismas y descubren su potencia, alguna cabeza tiene que rodar. Y casi siempre es la de ellas, no la de los Perseo del mundo.

Y, en el mismo tono incómodo, la autora cuestiona la lectura tibia y sí, eurocéntrica con la que Marta Lamas aborda el tema del acoso.

Un enfoque que parece pedirnos paciencia, diálogo y moderación justo cuando nos están matando, desapareciendo y criminalizando por defendernos.

Como si la urgencia latinoamericana cupiera en un salón climatizado donde nadie sangra, nadie busca a sus hijas, y todas respiramos mindfulness.

Entonces, ¿qué hacemos con la soledad?

Tal vez la convertimos en cuarto propio para pensar y en trinchera para tomar aire antes de volver a la calle. Tal vez entendemos que la soledad política no es renunciar a lo colectivo, sino prepararse para sostenerlo. Porque yo soy porque nosotras somos, pero nosotras somos gracias a que hubo mujeres que resistieron solas cuando nadie más pudo hacerlo.

La soledad como semilla,
la comunidad como cosecha.

Imagen que contiene viejo, verde, puerta, ventana

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Imagen cortesía de la autora

Denisse B. Castañeda