Pensar es desobedecer (y, claro, eso irrita a los algoritmos y al patriarcado profundamente)

 

En estos tiempos donde las cosas, no las personas prometen o simulan ser “inteligentes”: las casas, los autos, los teléfonos y hasta las alarmas del refrigerador, una empieza a preguntarse si la inteligencia humana, esa que se cocina lento, contradictoria y llena de emociones atravesadas, ese sentirpensar que nos ha permitido inventar estrategias de sobrevivencia feminista para no extinguirnos, se está convirtiendo en la nueva especie en riesgo.

Nos dicen que la IA es el futuro, que nos hará la vida más fácil, que pronto “ella” (porque claro toda destrucción en un mundo patriarcal tiene pronombre femenino) pensará por nosotras. ¿Pero en serio?, ¿una máquina que no puede leer la grafía emocional de una mujer que intenta nombrar una violencia va a entender nuestro contexto histórico?, ¿puede “sentir o experimentar” la intuición?, ¿puede un algoritmo reconocer la memoria de nuestras ancestras, que nos heredaron caminos de lucha para abrirle grietas al patriarcado?, ¿puede oler la tierra para detectar fosas? ¿puede la IA imaginar una vida más justa para nosotras, o sólo puede modelar versiones “optimizadas” del mismo sistema que nos violenta?, ¿puede la IA entender los bordes del deseo?, ¿administrar la rutina del terror o de la soledad?

Y aquí hay algo todavía más simple pero más peligroso: el pensamiento es un proceso, no una operación. El pensamiento se desordena, duda, se contradice, se vuelve a armar. Pasa por el cuerpo, por la memoria, por la emoción, por la herida y por la intuición. Una máquina puede operar, ejecutar, predecir, pero eso no es pensar.

Confundir la operación con el pensamiento es dejar en manos de un algoritmo lo que sólo puede producirse viviendo. Quizá por eso la IA no será lo que necesitamos, porque calcular no es lo mismo que re-significar, y porque ningún modelo predictivo puede reemplazar la experiencia humana desde su crónica falta de imaginación.

En este escenario quise conversar con alguien que piensa la subjetividad desde otro lugar, lejos de Silicon Valley y de Elon Musk y cerca de las preguntas que importan.

Invité al psicoanalista Amorhak Ornelas Vázquez a reflexionar sobre lo que significa pensar y lo que implica dejar de hacerlo en tiempos gobernados por modelos predictivos y algoritmos ansiosos de control. Su lectura, profundamente crítica, nos regresa a aquello que la IA jamás podrá suplantar: la opacidad, el deseo, el error, la contradicción; eso que incomoda al mercado, pero sostiene lo humano.

Aquí le comparto la conversación:

¿Qué significa pensar en tiempos de la inteligencia artificial?

La inteligencia artificial no sólo está redefiniendo lo que entendemos por pensamiento, sino también las condiciones mismas de la existencia. En esta realidad de las nuevas tecnologías, el sujeto se reduce a ser sólo un operador de la inteligencia artificial, delegando a ésta una función de predicción y modelado. Es decir, con la inteligencia artificial, el ser humano ha dejado de pensar, ya no piensa por sí mismo. En ese sentido, hay una muerte del pensamiento con la inteligencia artificial.

¿A qué te refieres con que hay una “muerte del pensamiento” y que ahora nos estamos convirtiendo en meros operadores?

Este desplazamiento que hace la inteligencia artificial del ser humano no sólo transforma las formas de habitar el mundo, sino que afecta la subjetividad. La inteligencia artificial ha instaurado un paradigma donde la operatividad se impone sobre el pensamiento. No sólo busca resolver problemas complejos de manera eficaz, sino que invade nuestra subjetividad, reduciendo a los seres humanos a unos gerentes técnicos, para que, a través de la IA, se puedan predecir deseos y comportamientos.

¿El psicoanálisis puede introducir una crítica ante este horizonte donde la operatividad se impone sobre el pensamiento?

Considero que el pensamiento de Freud mantiene una potencia subversiva, que es valiosa para esta época de la inteligencia artificial. Su descubrimiento del inconsciente, como un ámbito de opacidad que es imposible de controlar, se presenta como un desafío o resistencia contra los objetivos de la inteligencia artificial, que es predecir deseos y comportamientos para los intereses del mercado.

¿Es posible imaginar una relación diferente con las nuevas tecnologías?

Creo que esta opacidad del sujeto, a la que la inteligencia artificial no tiene acceso ni control, abre otro horizonte donde el ser humano puede reinventar su relación con las nuevas tecnologías. Esta relación ya no estaría determinada por la administración y el control de los deseos y comportamientos, sino por la contingencia a la que la inteligencia artificial también nos aproxima. De esa manera, abriríamos un horizonte ético y político que reconfigure nuestra relación con las tecnologías, más allá del imperativo de optimización en el que nos encontramos hoy en día.

Lo que Amorhak Ornelas nombra con claridad es algo que desde los feminismos sabemos de sobra: cada vez que un sistema se obsesiona con predecirnos, administrarnos u optimizarnos, lo que en realidad busca es controlarnos. La inteligencia artificial no es neutral. Tiene operadores, ideologías, sesgos y beneficiarios. Y como bien lo ha señalado el entrevistado: hay una muerte del pensamiento con la inteligencia artificial.

Pero también, y aquí está el resquicio, tiene límites. Y en esos límites habita lo más humano: lo que no encaja, lo que no se explica, lo que no es predecible, lo que se niega a convertirse en dato. Si el pensamiento está en riesgo de muerte, pensar se vuelve un acto de resistencia. Y si la IA quiere convertirnos en operadoras obedientes, entonces la desobediencia esa herramienta histórica de las mujeres vuelve a ser urgente.

Denisse B. Castañeda