

La moral cristiana propone varios valores, entre ellos la idea del buen samaritano: aquel que ayuda a la persona extraña sin importar su origen o diferencias. En el caso de la migración y de las agencias de ayuda humanitaria esto ha producido un complejo sistema de ayuda que a veces puede producir, de manera intencionada o no, un grado de hostilidad hacia quien recibe la hospitalidad, aquí algunas notas.
En el libro “La razón humanitaria: una historia del tiempo presente” de Dider Fassin se conversa sobre una economía moral producida por la idea de que el sufrimiento y la compasión que son el lenguaje central de la vida política. Hay un tránsito de lenguaje de los derechos al lenguaje del sufrimiento, antes eran luchas que se justificaban hablando de derechos, injusticia o desigualdad. Ahora los Estados y las organizaciones legitiman sus acciones mostrando la desgracia, el dolo o la vulnerabilidad de ciertos grupos. Este gobierno humanitario se usa para nombrar el conjunto de prácticas estatales, locales y de agencias internacionales que gestionan vidas precarizadas al usar el registro humanitario. De esta forma se habla de políticas sociales al norte y de «crisis humanitarias al sur».
De acuerdo con Fassin las vidas precarizadas se vuelcan al centro, pero no como sujetos de derechos enserio, sino como objetos de compasión: migrantes, pobres, enfermos, refugiados, infancias y víctimas de violencia. Esto produce ambivalencias e incertidumbres, pues la ayuda se vuelve control al mismo tiempo. La razón humanitaria protege, clasifica, selecciona y controla. Se justifica el sistema de asilo por razones médicas, guerras por motivos humanitarios o políticas de frontera por protección.
Se produce un mecanismo de despolitización de las injusticias donde los problemas estructurales y de desigualdad se traducen en términos morales o psicológicos como trauma, dolor y/o vulnerabilidad individual. Se desplaza así el conflicto de la justicia hacia la compasión, a su vez, esto puede debilitar demandas políticas. Todo esto este fundamento en que existe un alto rendimiento político del lenguaje humanitario, hablar de sufrimiento, compasión y responsabilidad de proteger fusiona para generar apoyo. Esto es eficaz cuando se encubren políticas desiguales o geoestratégicas. Una de las razones de esta eficacia es la existencia de una economía moral.
En el libro «El sitio del extranjero. Repensar la hospitalidad» de Michel Agier considera que el extranjero es una condición común que choca con la idea de las fronteras cerradas donde los migrantes son tratados como amenazas o enemigos antes que como huéspedes. De manera moral, las personas se ven forzadas a hacer algo como alojar, alimentar, trasportar personas en tránsito. Es decir, se traduce en campamentos, ciudades-santuario y redes solidarias. De esta forma Agier considera la idea de la hospitalidad como cuestión política, no es una caridad privada pues se implican cuestiones como juegos asimétricos entre el anfitrión y el extranjero, se permite preguntar ¿Quién decide quién es bienvenido? ¿Cómo se dibujan las líneas de inclusión/exclusión en ciudades, campamentos, fronteras y barrios?
La economía moral implica el lugar en donde se vacían los esfuerzos por ostentar una legitimidad de valores, es decir, las personas y colectivos deciden quiénes son merecedores de compasión y ayuda. Con ello sacian algún sentimiento de culpa. Pero esto refleja asimetrías en todos los sentidos. Porque se distingue quién es merecedor de una hospitalidad doméstica, íntima y limitada. Estas medidas tendrán sus potencias y sus límites frente a leyes o límites restrictivos y nacionalistas.

Tanto Fassin como Agier conversan sobre la hospitalidad y la moral en contexto de extranjeros y/o otredades. En el contexto migratorio actual, la medida de estos mecanismos son claves, porque están directamente relacionados con la hostilidad y una variable generalmente racial o étnica.
*Momoxca, internacionalista, escritor y migrantólogo.


