(Segunda parte)

 

La patria perdida, un futuro colapsado, las instituciones represoras, los muertos de la barbarie, autoridades podridas en la corrupción y el autoritarismo, imposibilidad de ser individuos plenos, la incapacidad de ser felices; “la felicidad ha dejado de ser un proyecto relevante”, dice Pluma; la represión, las fronteras y la migración, la ausencia paterna — aun cuando se está presente—, un mundo de mujeres, la soledad, la melancolía, los reclamos familiares, la infancia, el sueño como recuperación de una memoria fragmentaria y parcial; todos esos tópicos (y más) crean los universos aquí reunidos.

La patria y la familia son conceptos centrales que se reiteran en las obras de Arístides Vargas, paraísos cifrados desde la nostalgia y, como decía otro amigo novelista, a la nostalgia solo la podemos comprender como “el amor por lo perdido”. Estos paraísos perdidos, sin embargo, tienen el tufo a naftalina o francamente se hallan en estado de putrefacción como si de ratas muertas guardadas en un ropero se tratara. La patria es una rata podrida, la familia como núcleo constitutivo de una sociedad y, por tanto, nación, es el embrión de lo mismo.

En el estupendo libro Forma dramática y representación del mundo, el italiano Davide Carnevalli hace una comparación de tres fábulas narrativas y sus estructuras haciendo un paralelo dramático: el mito de Teseo y Ariadna en el laberinto del Minotauro, el cuento Pulgarcito y la novela Alicia en el país de las maravillas. En la primera, los autores del relato (dramaturgos) fijan un hilo (de Ariadna) del que pueda asirse en todo momento el espectador para no perderse en una estructura diáfana y en la línea cronológica. En la segunda, dado que los pajarillos le han comido a Pulgarcito las migas de pan, la historia se vuelve fragmentaria, a saltos, por tanto, exige del espectador un trabajo mayor de reconstrucción de la fábula, de desvelación de huecos y partes no dichas. La tercera no posee una estructura con pistas claras del devenir de la historia, sino que es una constante sorpresa y despista al receptor, sin perderlo. Ahí, el propósito del personaje, volver a casa, es el único elemento que lo mantiene andando, y nosotros, lector-espectador, con él (ella). No se pretende una lógica causal y la figuratividad (realismo) está torcida, dislocada. Al segundo y tercer tipo de estructuras Humberto Eco las llama “obras abiertas”.

En estas páginas, el lector hallará un recorrido similar al del cuento de Pulgarcito, con un camino de difícil reconstrucción porque las aves se han comido algunas migas de pan; sin embargo, hay un camino. Inicia este viaje por Jardín de pulpos de 1993, seguida por La edad de la ciruela y Pluma y la tempestad de 1996, Nuestra Señora de las Nubes de 1998, La razón blindada de 2005, Flores arrancadas a la niebla de 2008 y cierra el periplo El corazón de la Cebolla de 2017.

Arístides Vargas, nuestro querido Negro, transita en sus poderosas obras entre Pulgarcito y Alicia, nos pierde y, no obstante, nos da herramientas para que hagamos el esfuerzo de reconstruir sus universos o su gran universo. Por ello, es un autor disruptivo o, mejor, intempestivo.

* Prólogo al libro Teatro al borde de la mesa del gran dramaturgo argentino-ecuatoriano Arístides Vargas (1954), uno de los autores más relevantes de la escena latinoamericana actual, publicado por la editorial colombiana Fundación Mulato en 2024.

Arístides Vargas. Foto: quitoinforma.gob.ec

JAIME CHABAUD MAGNUS