

Anoche fuimos nosotros, pero antes que nosotros fueron otros, muchos más que encontraron su casa saqueada, todo en desorden, faltando todo lo de valor. Por eso no escribo esto como reclamo personal, lo hago como la voz de muchos, de tantos que han pasado por lo mismo.
Esto sucedió en Cuernavaca, mi ciudad, donde crecí, donde vivo, y les ha pasado a tantos que ya sería difícil decir cuántos son. Cuernavaca se ha vuelto un infierno, no solo son nuestras casas saqueadas, son los robos de automóviles, de motocicletas, los asaltos, los robos a mano armada, la violencia galopante que nos embarga y cada día hace que nos sentimos más indefensos, más vulnerables; lo viví en carne propia -como lo han vivido decenas de personas más- con mi esposa temblando de miedo al ver a su casa saqueada.
Nos sentimos vulnerables, indefensos, abandonados por quienes gobiernan la ciudad, frustrados por que no cumplen con su deber, nos han abandonado y la impunidad con que la delincuencia actúa en Cuernavaca es total. El gobierno de la ciudad no ha podido cumplir con una de sus obligaciones principales: mantener segura nuestra ciudad.
En mi caso, es la tercera vez que me roban, pero así están por toda la ciudad los casos; la violencia y la inseguridad nos avasallan, Cuernavaca, la idílica Cuernavaca, es hoy un infierno donde la delincuencia actual tiene dominada a la sociedad y no es con dulces palabras y huecas palabras como se va a acabar con la violencia.

