

Crónica del cansancio adulto
¿Es posible que el cumpleaños de alguien te recuerde todo lo que ya no eres?
A mí me pasó esta semana. Fue el cumpleaños de una de mis mejores amigas, de esas que te acompañan desde antes de saber quién ibas a ser.
Estoy lejos y no pude estar con ella. Hace años—muchísimos—que no celebramos juntas, porque yo emigré y enero siempre me agarra fuera de México, fuera de su mesa, fuera de esa foto con pastel y alguien gritando “¡mordida, mordida!” mientras sopla las velas.
No sé si es la famosa “cuesta emocional de enero”, pero cada vez que llega su cumpleaños me pasa lo mismo, el presente se hace a un lado y regresan, sin pedir permiso, los recuerdos intrusivos.
Éramos cuatro amigas y unos ocho chicos que siempre se unían al desmadre. Todos juntos éramos ese grupo de locos que creía que la vida era una fiesta mal organizada, pero infinita. Nuestro plan favorito era saltarnos clases e irnos al lago de Tequesquitengo a perder el tiempo. Perderlo de verdad. Bebíamos tequila barato porque era para lo que alcanzaba. Nos sentábamos a ver pasar las horas como si fueran inagotables. Nos sentíamos adultos solo porque, durante unas horas, nadie nos estaba mirando. Y a los dieciséis, eso ya parecía libertad.

Nos urgía crecer, irnos a la universidad, salir de casa, graduarnos. Nos urgía no pedir permiso. Queríamos tener coche propio, llaves propias, espacio propio. Queríamos andar con el chacal de turno sin dar explicaciones, volver tarde sin justificar, vivir como viven los adultos… sin saber lo que eso implicaba.
Si alguien me hubiera explicado entonces lo que era ser adulta, me habría reído. Porque en ese momento mis preocupaciones tenían forma y límite. Me preocupaba si íbamos a desayunar tacos o quesadillas después de la clase de filosofía. Si iba a aprobar el examen de biología. Si mi coach me iba a castigar por haber llegado tarde a la clase de Taekwondo. Si el chico que me gustaba me iba a mirar. O, con suerte, si su mano iba a rozar la mía al pasar.
Ese era el tamaño de mi mundo adolescente.
Hoy, muchos años después, pagaría por estar, aunque fuera una semana, en los zapatos de esa chica. No por nostalgia barata, sino por descanso mental. Por vivir con una cabeza que no tenía que sostener nada más que el presente.
Porque ahora el peso es otro. Ahora pienso en los quinientos correos que recibo a diario, en las catorce juntas diarias que tengo. Pienso en el “menú” de la cena que voy a preparar, en si tengo calzones limpios en el cajón o si tengo que lavar, en si la adolescente que vive en mi casa está triste y no lo dice. Si alguien le está haciendo bullying. Si la voy a encontrar colgada de una lámpara sin haber tenido idea de que estaba deprimida. Pienso si hay gas. Si viene tormenta. Si hay que palear la nieve para que los coches puedan salir en caso de emergencia. Pienso si vamos a llegar a fin de mes. Eso es la adultez.
No hacer muchas cosas, sino pensarlas todo el tiempo. Y quizá por eso, ayer, mientras volvíamos de una cena con mi esposo, le pregunté si a veces no se cansaba de vivir. Así, sin contexto. Me miró preocupado, me tomó la mano y me preguntó si me había pasado algo. Yo me reí rápido, como si quisiera apagar la alarma que había disparado sin querer. Le dije que no se preocupara, que había sido una pregunta demasiado fatalista.
Pero la pregunta iba en serio. No hablaba de morirme, hablaba de estar cansada. De ese cansancio que no se quita durmiendo. De tener la cabeza llena incluso cuando no está pasando nada grave. De sentir que, aunque el día esté tranquilo, tu mente no lo está nunca.
Y últimamente, no es que la vida duela, es que, la jodida, no se calla. Siempre hay algo corriendo en segundo plano. Recordatorios invisibles, responsabilidades que nadie te asignó oficialmente, pero que alguien tenía que “cargar”.
Y si tienes una mente catastrófica como la mía, siempre hay escenarios que imaginas por si acaso… y, muy seguramente, en alguno alguien muere. No es drama ni problemas de primer mundo. Es acumulación mental.
Por eso este año entré, sin mucho preámbulo, en mi era MVM (me vale madre). No para abandonar nada, sino para sobrevivir mejor. Porque la carga, a veces, es demasiada. Nadie me exige darlo todo, todo el tiempo y, precisamente, nadie lo agradece. Y seguir intentando llegar a la perfección, cumplir todo sin delegar, no me hace más fuerte, solo me deja más cansada.
No quiero dejar de vivir. Solo quiero, de vez en cuando, volver a esa cabeza adolescente que podía perder el tiempo sin culpa.
Y cada vez que mi amiga cumple años y yo no estoy, vuelvo a ese lago, a ese grupo, a esa versión mía que creía que ser adulta era no pedir permiso. Vuelvo a cuando el tiempo no pesaba y la cabeza no estaba llena.
Mientras escribo esto, con un nudo en la garganta, entiendo que no sabíamos nada de la vida… pero tampoco cargábamos todo.
Y eso, ahora lo sé, también era una forma de libertad.

Foto: Redes sociales

